La Séptima no es una cadena generalista al uso: es un canal temático de infoentretenimiento continuado, de las 12:00 a la 13:00, que difumina los límites entre información, opinión y entretenimiento. Su dirección y sus presentadores estrella comparten afinidad con el Gobierno de Pedro Sánchez, lo que hace chirriar el discurso de rigor periodístico.
El estreno de La Séptima se vendió como un acontecimiento histórico: la primera cadena generalista con licencia propia en España en veinte años, desde que lo hiciera La Sexta. Un canal llamado a cambiar el periodismo. Lo que emite, en realidad, es un único programa de infoentretenimiento continuado, de las 12:00 a la 13:00, sin vocación de generalista ni de aconfesional.
De la licencia generalista al canal temático
La parrilla no engaña. No hay informativos, ni debates, ni magazines variados. Hay un bloque único que arranca a mediodía y termina cuando Javier Ruiz se despide diciendo «ha sido un placer servirles en esta trinchera». Esa frase, pronunciada por el director editorial, resume mejor que cualquier memoria corporativa el proyecto: un canal temático, indisimuladamente temático, dedicado a una sola cosa.
El accionista mayoritario es Andrés Varela Entrecanales, hijo de Manuel Varela Uña, consejero de Prisa durante décadas que abandonó ese consejo por conflicto de intereses. Varela Entrecanales es directivo de Imagina, la empresa de Jaume Roures, y accionista de la productora que hizo la serie sobre Pedro Sánchez. El asesoramiento mediático del proyecto lo impulsa José Miguel Contreras, que asumió esa función para Sánchez tras la salida de Iván Redondo.
Los nombres que definen la línea editorial
Entre las presentadoras estrella está Sarah Santaolalla, conocida por afirmar que «hay que ser muy idiota o tener muy poca información para seguir creyéndote al PP y a Vox». El emblema del humor es Héctor de Miguel, condenado por intromisión ilegítima en el derecho al honor y pendiente de juicio oral por un delito de coacciones. Con esa plantilla, la orientación del canal no es una sospecha: es una deducción razonable.
El problema no es que exista un medio con línea editorial. El problema es que se presente como lo contrario. Cuando Santaolalla afirma que lo suyo es periodismo riguroso y de calidad, con datos objetivos, la incomodidad es inevitable. No por lo que dice, sino por el contraste entre el discurso y la programación.
El difuminado de la frontera entre información y opinión
El propio director editorial anunció que vienen «a combatir y a cambiar las cosas». Lo hacen desde las doce hasta la una, poniendo empeño en escurrir los límites, ya de por sí borrosos, entre lo cierto y lo interpretable, la información y la opinión, el entretenimiento y la noticia. Ese es el producto: no un informativo con sesgo, sino un formato que hace del sesgo su razón de ser.
La consecuencia práctica es que el espectador no sabe cuándo le informan y cuándo le opinan. Y eso, en un país donde la televisión sigue siendo la principal fuente de información para amplios sectores de la población, no es un detalle menor. Es el núcleo del asunto.
Un modelo de negocio, no un accidente
La Séptima no es un error de cálculo ni una torpeza de programación. Es un modelo: bajo coste de producción, un solo plató, una sola línea, un público cautivo que busca confirmación. El infoentretenimiento continuado es rentable y fideliza. La pregunta no es si el canal es ideológico, sino si el ecosistema audiovisual español necesita otro actor que confunda el periodismo con la militancia.
Las licencias de televisión son concesiones públicas. Quien las recibe asume una responsabilidad: no la de ser neutral, que es imposible, sino la de no disfrazar la opinión de información. La Séptima, por lo que se ha visto en su primera emisión, ha elegido el camino contrario.