La paz social, o cómo se cuida un jardín (Jesús Cacho en Vozpópuli)

La paz social, o cómo se cuida un jardín (Jesús Cacho en Vozpópuli)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

CCOO y UGT percibieron **38,56 millones** y **30,67 millones** respectivamente en subvenciones públicas en 2024, según la Intervención General del Estado. Los dos sindicatos mayoritarios han convocado una huelga general para el **11 de noviembre**, después de ocho años sin convocar ninguna.

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CCOO y UGT percibieron 38,56 millones y 30,67 millones respectivamente en subvenciones públicas en 2024, según la Intervención General del Estado. Los dos sindicatos mayoritarios han convocado una huelga general para el 11 de noviembre, después de ocho años sin convocar ninguna.

Hay una expresión que se repite en las conversaciones de empresa cuando nadie levanta la voz: aquí reina la paz social. Suena bien. Suena a estabilidad, a madurez, a que las cosas funcionan. Pero conviene preguntarse de qué está hecha esa paz, quién la paga y quién se beneficia de que nadie diga nada.

Un caso concreto: 5.000 trabajadores y ningún conflicto

En una empresa del cinturón industrial madrileño, con 5.000 personas en nómina, sector competitivo y márgenes estrechos, el responsable de recursos humanos lo cuenta sin rodeos: hay paz social, sí, y no es casualidad. Lleva años así. Ni un ruido, ni una queja formal, ni un conflicto colectivo. La clave, dice, está en la relación con los sindicatos mayoritarios, CCOO y UGT, cuyos delegados hacen la vista gorda ante las irregularidades que comete la empresa. Horas extras que se trabajan y no se pagan. Servicios que no se cubren. Un cúmulo de incumplimientos que se comentan por lo bajo pero que nunca se concretan en una denuncia.

El mecanismo es sencillo de describir y difícil de probar: los representantes de los grandes sindicatos pactan con la dirección la aplicación del convenio del sector al margen de la plantilla. Los acuerdos se cierran en despachos, no en asambleas. Después, cada parte recoge los frutos de ese entendimiento. La mayoría de los trabajadores, según este relato, detesta esa dinámica, pero la aguanta por una razón práctica: si tienes un conflicto con tu jefe y acabas en el Juzgado de lo Social, esos mismos sindicatos te ponen un abogado. Los minoritarios no pueden.

El resultado es un ecosistema donde los delegados liberados viven sin pisar el puesto de trabajo. Uno de ellos le dijo a este responsable de recursos humanos, sin tapujos, que tenía tantas horas sindicales acumuladas sin consumir que no volvería por la empresa hasta enero. En los cuadrantes su nombre aparece. En la realidad, sus turnos los cubren esas horas.

La elección que la dirección no esperaba

En junio de ese mismo año se celebraron elecciones sindicales en ese grupo. Y pasó lo que la planta noble temía: un sindicato minoritario, muy reivindicativo, muy incómodo para la dirección, se llevó la mayoría de los votos. Los trabajadores se habían cansado de pagar cuotas a los grandes para que se acordaran de ellos una vez cada cuatro años.

La reacción de la empresa, con la colaboración de CCOO y UGT, fue un despliegue impropio de una cita electoral interna. Coches de empresa para quien no quisiera gastar el suyo, mandos intermedios convertidos en chóferes para llevar a la gente a votar. Todo con tal de que la papeleta elegida fuera la recomendada. No funcionó. El sindicato minoritario ganó.

Ese resultado anunciaba tiempos distintos. El modelo de entendimiento entre directivos y cúpulas sindicales, vigente durante años, parecía tener fecha de caducidad. La presidencia del comité iba a cambiar de manos y con ella la capacidad de denunciar lo que hasta entonces se callaba.

La maniobra que devolvió el control a las cúpulas

Pero la historia no termina con una victoria electoral. Meses después, en noviembre, CCOO y UGT lograron unir a otros sindicatos minoritarios para formar una mayoría que les devolvió el control de la representación sindical. La presidencia del comité de empresa recayó en la representante de uno de esos grupos menores que se sumaron a la operación. Los trabajadores que habían votado al sindicato reivindicativo, que eran mayoría, vieron cómo su elección quedaba neutralizada por una suma de siglas.

Esto es lo que algunos llaman paz social. Un jardín bien cuidado: sin malas hierbas, sin voces que molesten, con los mismos jardineros de siempre al mando. La metáfora es del periodista Jesús Cacho, que firma el análisis en Vozpópuli del que sale este caso. Su tesis es que los sindicatos mayoritarios se han convertido en estructuras jerarquizadas donde una cúpula vive de componendas ajenas a la defensa real de los trabajadores. Y que esa dinámica explica por qué tienen una imagen tan deteriorada entre la ciudadanía.

El dinero público y la huelga del 11 de noviembre

Los números ayudan a entender la dimensión del asunto. Según datos de la Intervención General del Estado, UGT recibió en 2024 subvenciones públicas por 38,56 millones de euros. CCOO percibió 30,67 millones. En total, 69,23 millones de dinero público en un solo ejercicio.

Con ese respaldo, llama la atención el calendario. CCOO y UGT han convocado una huelga general para el miércoles 11 de noviembre, veinticuatro horas de paro por la vivienda y los salarios. Es la primera que convocan en ocho años. Ocho años en los que, según la misma tesis, no movieron un dedo por la vivienda ni por el poder adquisitivo de los salarios. La convocatoria llega 18 días antes de unas elecciones generales, y la jefa de campaña del PSOE, María Jesús Montero, la ha descrito como una huelga «contra la oposición».

En CCOO, según informó Vozpópuli, la oportunidad de la convocatoria ha provocado división interna. En UGT, su secretario general, Pepe Álvarez, ha decidido no desconvocarla ni siquiera después del accidente de Urda, con 69 víctimas mortales. La decisión de mantener el paro en esas circunstancias ha sido uno de los puntos más criticados de la convocatoria.

La pregunta que sobrevuela todo esto no es si los sindicatos deben existir. El artículo 7 de la Constitución los reconoce como agentes sociales y exige que su estructura interna y funcionamiento sean democráticos. La pregunta es si esa exigencia se cumple cuando una mayoría electoral puede ser revertida mediante una suma de siglas, o cuando los delegados que deberían fiscalizar a la empresa pactan con ella a espaldas de la plantilla.

La paz social no es un problema en sí misma. El problema es cuándo se convierte en el nombre elegante que se le da al silencio comprado. Un jardín sin malas hierbas puede ser un jardín bien cuidado o un jardín donde han arrancado todo lo que crecía. La diferencia está en quién sostiene la podadera y a quién beneficia que el césped esté siempre plano.

Datos clave
  • CCOO y UGT recibieron 30,67 y 38,56 millones de euros en subvenciones públicas en 2024, según la Intervención General del Estado.
  • La huelga general convocada para el 11 de noviembre es la primera de los dos sindicatos mayoritarios en ocho años.
  • En una empresa madrileña de 5.000 trabajadores, un sindicato minoritario ganó las elecciones de junio y meses después perdió el control del comité por una alianza de CCOO y UGT con otros grupos.
  • La convocatoria del 11 de noviembre llega 18 días antes de unas elecciones generales y la jefa de campaña del PSOE la describió como una huelga «contra la oposición».
  • El artículo 7 de la Constitución exige que la estructura y funcionamiento de los sindicatos sean democráticos.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

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La paz social, o cómo se cuida un jardín​

08/11/2026

Jesús Cacho-Voz pópuli​

  • Los sindicatos mayoritarios han perdido buena parte de su credibilidad entre la ciudadanía por su forma de actuar en la iniciativa privada

«En mi empresa reina la paz social y no es casualidad», cuenta el responsable de recursos humanos de una empresa del cinturón industrial madrileño, 5.000 en nómina, sector muy competitivo, con fuerte dependencia de las Administraciones, con márgenes estrechos, con serios problemas para contratar nuevos trabajadores. La paz social es el dios al que los gestores de este grupo rinden culto con ejemplar devoción. «Sí, hay paz social, de siempre, porque hay gente muy profesional que se desvive para que así sea. Empezando por los sindicatos mayoritarios. Empezando por los responsables de CCOO y UGT, los de siempre, tipos que velan por ella con una entrega que ya quisieran para sí los guardas de un cementerio. Ni un ruido, ni una queja, ni un conflicto. Nunca. Los chicos de CCOO y de UGT hacen la vista fuerte ante las irregularidades que comete la empresa, callan ante el exceso de horas que se trabajan y no se pagan, ante los servicios que no se cubren, ante el cúmulo de irregularidades que se denuncian por lo bajo pero que nunca se concretan en nada. Los chicos de CCOO y UGT siempre llegan a acuerdos bajo la mesa con la dirección a la hora de aplicar el convenio del sector, todo lo pactan de espaldas a la gente y recogen después los frutos de su entente cordiale con el CEO del grupo. La mayoría de los trabajadores los detesta, pero los aguanta porque a la hora de la verdad, si tienes un conflicto con tu jefe y tienes que ir a Magistratura, ellos te arropan y te ponen un abogado, cosa que no pueden hacer los sindicatos pequeños. Y viven con muchas comodidades, un montón de delegados sindicales, muchos de ellos liberados, que pasan sus días sin dar palo al agua. Ayer mismo me vino uno de ellos para decirme sin tapujos que en la bolsa de horas sindicales que le corresponden tiene tantas sin consumir que no le espere ya hasta el mes de enero».

Por eso las últimas elecciones sindicales en ese grupo, celebradas el pasado mes de junio, se cerraron con una sorpresa mayúscula para todos. Uno de esos sindicatos minoritarios, muy peleón, muy reivindicativo, muy crítico para la dirección, llevaba tiempo distinguiéndose en la defensa genuina de la plantilla, de modo que en la planta noble había miedo a que esa gente tan dura de pelar pudiera sacar un buen resultado. Y la empresa, con la eficaz ayuda de CCOO y UGT, trató por todos los medios de boicotear a ese sindicato e impedir que triunfara. Lo intentó por tierra, mar y aire: coches de empresa para quien no quisiera gastar el suyo, ahorrando tiempo y gasolina, y mandos intermedios convertidos en chóferes de la democracia. Ea, que no sea por falta de medios. Jamás en el entorno del CEO se había visto un despliegue tan generoso en defensa de la libertad de voto, siempre y cuando, claro está, la gente cogiera la papeleta de CCOO o de UGT, que era lo recomendado. Pero, contra todo pronóstico, resultó que ese sindicato minoritario se llevó el gato al agua, se alzó con la mayoría de los votos. Los trabajadores, unos desagradecidos, se habían cansado de pagar cuotas a CCOO y UGT para que se acordaran de ellos una vez cada cuatro años. Desolación en la sala del Consejo de Administración.

Porque la victoria de ese sindicato outsider anunciaba tiempos turbulentos para la dirección del grupo. El modelo de entendimiento entre directivos y líderes sindicales, vigente desde hace tantos años, parecía haber llegado a su fin. «El delegado sindical es ese compañero al que ves una vez por legislatura, cuando aparece sonriente para pedirte, como si fuera tu mejor amigo, tu confianza para los próximos cuatro años en los que de nuevo no le volverás a ver el pelo por el puesto de trabajo. Su nombre figura en los cuadrantes, pero en realidad no le conoces porque sus turnos los ocupan las horas sindicales. En qué las emplea es un secreto a voces: basta ver sus redes sociales para admirar la abnegada defensa que despliega, entre gamba y gamba en los mejores chiringuitos del lugar, por los derechos laborales de sus compañeros. Por eso hay competencia, literalmente competencia, por un puesto en las listas electorales de CCOO y UGT. Nadie está dispuesto a batirse en duelo por algo que implique un verdadero sacrificio por el bienestar de los currantes. Claro que hay que valer. Para ser delegado sindical hacen falta unas buenas dotes de negociación, tragaderas infinitas y una capacidad para mirar hacia otra parte a la hora de negociar con RR. HH.: tú me quitas esta denuncia en Magistratura y yo me encargo de que a ti no te falte de ná, que la cosa está muy mal y entre bomberos no nos pisamos la manguera».

Es este espíritu el que explica los muchos años de paz social que viene registrando el grupo en cuestión, años de pactos firmados con una sonrisa y una buena comilona posterior, de miles de horas extras trabajadas que nadie recuerda haber denunciado, de liberados sindicales que nunca nadie ha visto por la empresa y de traición a los principios constitucionales que enmarcan la razón de ser de los sindicatos en nuestro país (art. 7 CE), cuya existencia defiende de forma explícita, pero a los que también exige que «su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos». Nada más lejos de la realidad. Los sindicatos, en particular los mayoritarios, se han convertido en estructuras férreamente jerarquizadas en las que manda una cúpula muy alejada de la defensa de los intereses de los trabajadores. Unos sindicatos con protagonismo menguante en la Administración y la empresa pública, y con casi nula incidencia en el sector privado de la Economía. Unos sindicatos que hoy disfrutan de algo que se han ganado a pulso: una pésima imagen entre la ciudadanía. Unos sindicatos que, según datos de la Intervención General del Estado, recibieron en 2024 subvenciones públicas por importe de 38,56 millones (UGT) y 30,67 (CCOO). Y aquí llega la sorpresa: ocho años han estado CCOO y UGT sin hacer una huelga general, viviendo la paz de los cementerios por no quebrar la tranquilidad del gran chamán de la izquierda, y de repente se han acordado de convocar, milagro, una huelga general para este miércoles 11 de noviembre.

Veinticuatro horas de paro por la vivienda y los salarios para ayudar a Pedro Sánchez en la contienda electoral que se avecina, después de ocho años en los que Sánchez no ha movido un dedo por la vivienda y en los que ha destruido el poder adquisitivo de los salarios. Ello a 18 días justos de unas elecciones generales trascendentales para el futuro de España. Una huelga convocada «contra la oposición», como literalmente ha reconocido la jefa de campaña del PSOE, Marisú’ Montero. Una huelga para echar una mano a Pedro. Parece que en CCOO, como el jueves informaba este diario, la oportunidad de esta escandalosa convocatoria ha provocado alguna que otra división interna, pero el líder de UGT, Pepe Álvarez, distinguido comegambas barcelonés de ascendencia asturiana, está dispuesto a ligar la suerte de su sindicato a la de Sánchez, presto a servir a su señor hasta el final, ha dicho que por sus bemoles la huelga no se desconvoca a pesar de los 69 cadáveres aún calientes del accidente de Urda. Sánchez, que tiene su Tribunal Constitucional propio, sus Jueces (y Juezas) para la Democracia, sus medios de comunicación públicos (RTVE) y privados (Grupo Prisa), y tiene, en definitiva, el entero aparato del Estado a su servicio, ya tiene también su sindicato, la Unión General de Trabajadores. No hace falta ser un lince para adivinar que Pepe Álvarez y la UGT pagarán el precio que merecen por esta traición a una clase trabajadora que hace tiempo dejó de votar a la izquierda. Y no hará falta que de ello se encargue el nuevo Gobierno de centroderecha, metiéndoles el rejón de castigo dinerario (el dinero público de las subvenciones) que merecen: serán los propios trabajadores españoles quienes lo hagan.

Y bien, volvamos al grupo empresarial protagonista de esta pieza. ¿Qué ha ocurrido con la victoria electoral del sindicato minoritario al que tanto temía y teme la dirección y los sindicatos mayoritarios? Pues que los trabajadores que lo eligieron como su representante tras haberlo visto luchar de verdad por sus intereses, que fueron mayoría, han sido burlados de forma torticera. En efecto, tras mil maniobras orquestales, y con las bendiciones de los directivos del grupo, CCOO y UGT han logrado unir a otros sindicatos minoritarios para formar una mayoría que, este mismo mes de noviembre, les ha otorgado el control de la representación sindical. La presidencia del comité de empresa ha recaído en la representante de uno de esos minoritarios aliados con UGT y CCOO. Es la forma de que el poder no cambie de barrio. Es la paz social o cómo se cuida un jardín. Es corrupción. Algo parecido a lo que hizo Sánchez en julio de 2023, juntándose con lo mejor de cada casa para poder formar Gobierno repartiendo dádivas por doquier y pagando los 7 votos de Junts con la amnistía a los golpistas catalanes. Este es Unai Sordo, líder de Comisiones, y este es Pepe Álvarez, un asturiano de Alvariza convertido al independentismo catalán, cuya trayectoria ideológica le ha llevado a viajar a Waterloo para rendir pleitesía a Puigdemont. Una joya de hombre. Si Marcelino Camacho Abad y Nicolás Redondo Urbieta levantaran la cabeza, se volverían a morir de pura vergüenza. La España que trabaja tiene la oportunidad el día 29 de pasar la cuenta a estos dos. También a estos.
 

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