Sevilla entra en el top mundial y su parque hotelero se queda corto
Un domingo de otoño, las playas de Cádiz se llenan de bañistas en chanclas y pantalón corto. Suena raro para la época, pero forma parte del mismo fenómeno que deja Sevilla
doblemente petada: el turismo ha dejado de respetar la temporada baja en el sur. Los cruceros siguen siendo el
maná de Cádiz, y Sevilla, en esa misma estela, acaba de sumar un reclamo que ninguna oficina de promoción puede comprar.
La lista
Best in Travel 2018 de Lonely Planet situó a Sevilla entre las
diez mejores ciudades del mundo para visitar. El reconocimiento llega en un momento delicado: con el conflicto catalán como ruido de fondo, parte del turismo urbano que antes aterrizaba en Barcelona busca destinos sustitutos en Madrid o Sevilla. Buena noticia para los hoteleros. Mala, quizá, para quien vive en la ciudad.
El premio llega con la ciudad ya en máximos
Sevilla no es novata en esto. Ya en el siglo XIX tenía tirón entre los extranjeros, cuando el turismo como sector estaba en pañales y en el norte de Europa aún no se habían generalizado las vacaciones pagadas. Lo que ha cambiado no es la notoriedad, sino el volumen. El turismo sevillano
ha crecido a gran ritmo en los últimos años, sobre todo el de extranjeros, y esa presión ya se nota en un recurso que no se improvisa: las camas.
El diagnóstico que circula es que el parque hotelero está al límite. La consecuencia lógica, si se confirma la demanda del próximo año, es levantar nuevas infraestructuras hoteleras en tiempo récord. Y ahí asoma la duda que da título al asunto:
nadie sabe si este tirón se mantiene o es una burbuja que se infla un ejercicio y revienta al siguiente.
¿Se acaba Sevilla en día y medio?
Una de las críticas más repetidas es que Sevilla es bonita, pero pequeña, y que con
día y medio uno ya ha visto lo esencial. El argumento se cae solo al mirar el listado: catedral, Giralda, Torre del Oro, Alcázar, Archivo de Indias, parque de María Luisa, Itálica, Santa Cruz, Casa de Pilatos, Plaza de España. La ciudad conserva
22 de las 25 parroquias medievales y, de los más de cien edificios religiosos que existían en el siglo XVIII, sobreviven unos 75, además de una veintena larga de casas palacio.
Su casco histórico intramuros es
el mayor de España y uno de los mayores de Europa, con tres monumentos Patrimonio de la Humanidad. El Museo de Bellas Artes, con Velázquez y Murillo, sigue siendo el gran desconocido del turismo masivo. No falta patrimonio: falta promoción. Ahí queda el hueco que ni el premio de Lonely Planet tapa.
Pisos turísticos, alquileres y precios de hostelería
El reverso de la medalla lo sufren los residentes. El temor más citado no es la turismofobia, que casi nadie espera en Sevilla, sino que
se disparen los precios de la hostelería: quien vive en la ciudad pagaría la fiesta del visitante. A eso se suma el efecto de los pisos turísticos sobre el alquiler residencial, un mecanismo que empuja a los vecinos fuera de los barrios más céntricos.
El asunto se enreda. Hay quien sostiene que los alquileres vacacionales se concentran en zonas turísticas donde nadie querría vivir de todos modos, y que la presión real viene de la falta de construcción. El argumento opuesto señala que la oferta no crece porque
los ayuntamientos no liberan suelo. Se añade otro factor que va más allá del turismo: la llegada de población extranjera a las ciudades. Dos causas, un mismo resultado: menos vivienda disponible y precios que suben.
En cuanto a la contestación social, la comparación se hace sola. En poblaciones costeras que se desbordan en verano han aparecido protestas, pero ante el ayuntamiento y sin incidentes con visitantes. El malestar existe; no apunta al turista. Que la convivencia aguante dependerá de que el beneficio se reparta.
Cruceros, Málaga y el eje andaluz
Sevilla no juega sola. Los cruceros han convertido Cádiz y Sevilla en parada obligatoria, y Málaga vive una fiebre parecida, con tanto museo, tanta historia y tan buenas infraestructuras que los hoteles se frotan las manos. Los aeropuertos reparten juego:
el de Málaga, a un tiro de piedra, aporta las conexiones internacionales que el sevillano no cubre. Todo lo que beneficia al turismo malagueño acaba beneficiando al sevillano, y al revés.
El aeropuerto que sobraba y hoy casi no basta
Hace tres décadas, el aeropuerto de Sevilla se levantó entre voces que lo tildaban de
disparate megalómano para la Expo del 92. Hoy, con el tráfico en máximos, la ciudad vuelve a discutir qué infraestructuras necesita. La lección no es menor: el sobredimensionamiento de infraestructuras no crea demanda por sí solo.
El calor extremo y el agua que falta
Hay un límite que ninguna campaña de marketing corrige: el clima. Los
cinco meses de calor extremo convierten el verano sevillano en un problema para el visitante, y el termómetro ya se dispara incluso en marzo. La costa atlántica, con su brisa, se lleva la mejor parte. Y sobrevuela una pregunta que la sequía hace cada vez más urgente:
de dónde van a sacar el agua si sigue sin llover. Mientras el grifo siga dando, el turista seguirá viniendo. El día que no, ni Lonely Planet salva la temporada.
Mientras tanto, Sevilla se cuelga la medalla y a la vez ha sido
superada en habitantes por Zaragoza. Su término municipal está topado, el alquiler expulsa vecinos y hay quien la acusa de vivir de cuatro rincones y dos fábricas. Otros, con treinta años de residencia a la espalda, juran que nunca la vieron mejor. El premio ya está en la vitrina. La burbuja, de momento, solo se intuye.