Nos dicen que la economía va como un cohete, que la inflación está controlada... Pero tú no llegas a fin de mes. El problema no es que gestiones mal tus gastos domésticos, es que las autoridades no te dicen toda la verdad cuando te cuentan las estadísticas. Los datos que manejan tienen un...
www.abc.es
¿La economía va bien y tú no llegas a fin de mes? Así nos engañan con la inflación
Nos dicen que la economía va como un cohete, que la inflación está controlada... Pero tú no llegas a fin de mes. El problema no es que gestiones mal tus gastos domésticos, es que las autoridades no te dicen toda la verdad cuando te cuentan las estadísticas. Los datos que manejan tienen un agujero, más bien un socavón, por donde se te cuela la vivienda. Te lo contamos.
el IPC mide la inflación, es decir, el mordisco que se le da al valor de tu dinero, a tu poder adquisitivo. Eso ya lo sabías. Pero lo que quizá no asocias inmediatamente es que ese índice no es solo una referencia técnica. Es la herramienta que determina cosas muy concretas de tu vida: cuánto suben las pensiones; el punto de partida en las negociaciones salariales; si el Banco Central Europeo (BCE) sube o baja los tipos de interés (y, por tanto, si tu hipoteca se encarece o se abarata). En España, muchos contratos de alquiler se actualizan automáticamente según esta cifra. Los salarios de los funcionarios también. Y las ayudas y prestaciones sociales.
Y ese índice tan importante
no incluye el mayor gasto de las familias españolas. El 80 por ciento de los hogares está representado por propietarios o gente que está pagando una hipoteca. Pero para las estadísticas oficiales solo cuentan los inquilinos, que son el 20 por ciento. Y ni siquiera ese 20 por ciento está bien representado. En el IPC español, el grupo «Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles» representa entre el 12 y el 15 por ciento de la cesta.
Pero dentro de ese bloque, el «alquiler efectivo de la vivienda» tiene un peso mucho menor que la energía y los suministros: no llega al 10 por ciento sobre el total del gasto mensual. Mientras tanto, según la Encuesta de presupuestos familiares, del propio INE, los hogares que alquilan gastan de media entre el 30 y el 40 por ciento de sus ingresos en vivienda. Más en Madrid o Barcelona, donde hay quien se deja la mitad del sueldo.
El resultado: cuando los alquileres se disparan, el IPC apenas se mueve. Y cuando el IPC apenas se mueve, los salarios no suben, las pensiones no se ajustan, y el Banco Central Europeo no ve motivo para actuar. Mientras, millones de personas ven cómo su mayor gasto les devora el sueldo.
Pero el asunto (y el mosqueo) va más allá de España y Europa. En febrero de 2024, un equipo de economistas liderado por Larry Summers –exsecretario del Tesoro de Estados Unidos, probablemente el economista con más influencia política de las últimas décadas– publicó un estudio en el Fondo Monetario Internacional con un título sugerente:
El verdadero coste de vivir. Su hallazgo es demoledor: si Estados Unidos midiera la inflación como lo hacía antes de 1983 –es decir, incluyendo los precios de la vivienda y los costes de los préstamos hipotecarios–, la inflación de 2022 no habría sido del 9 por ciento. Habría sido del 18 por ciento. El doble. Y eso explica, según Summers, por qué la gente piensa que la están engañando mientras los datos oficiales dicen que todo va bien.
Porque, además, el agujero del calcetín no es solo la vivienda. Hay otro que está relacionado: cuando te suben la hipoteca o los intereses del préstamo del coche, o cuando la tarjeta de crédito te sangra, tu coste de vida también sube. Pero tampoco se refleja en el IPC. Porque el coste del dinero –los intereses que pagas– no se considera parte del coste de vida. En fin, es otro de esos pequeños trucos contables que hacen que la realidad y las estadísticas vivan en universos paralelos.
Las consecuencias de esta trampa estadística son brutales. Durante la última década, los bancos centrales han mantenido los tipos de interés en mínimos históricos, muchas veces en territorio negativo, para «estimular la economía».
El resultado: los precios de los activos –vivienda, bienes, acciones…– se han disparado. La inflación oficial baja beneficia a una minoría: los que ya tienen activos. Grandes propietarios, herederos, arrendadores... Y perjudica a la mayoría: los que viven de su trabajo.
Como explica el sociólogo Simon Bienstman, de la Universidad Goethe de Fráncfort, que ha estudiado cómo la desigualdad persistente mina la confianza democrática: «Cuando la promesa de pogre compartido se rompe, muchos ciudadanos dejan de ver a las instituciones como garantes de sus derechos y empiezan a percibirlas como parte del problema». No es casualidad que el auge de los populismos en Europa y Estados Unidos haya coincidido con la década en la que más se ha ensanchado esta brecha entre la realidad vivida y las estadísticas oficiales.