Las cuentas están bien hechas: 1,01 elevado a 100 da 2,70, y dividido entre 1,05 elevado a 100 se queda en unos 20.500 millones de hoy. El problema no está en la aritmética, está en el supuesto de partida: que alguien te preste a perpetuidad al 1% sabiendo que la inflación va al 5%. Eso es aceptar perder un 4% real cada año para siempre, y ningún inversor lo hace voluntariamente.
Ha pasado, pero solo de una manera: con lo que Reinhart y Sbrancia llamaron represión financiera. Entre 1945 y 1980, Estados Unidos y Reino Unido mantuvieron los tipos reales negativos con techos a los tipos de los depósitos, controles de capitales y obligando a bancos y fondos de pensiones a comprar deuda pública. Según su estudio, así se liquidaron cada año entre un 3 y un 4% del PIB de deuda. Funcionó porque el ahorrador no tenía adónde huir.
Hoy, con libre movimiento de capitales, la mecánica va al revés: con un 5% de inflación, la próxima subasta se paga a tipos más altos. La vida media de la deuda española ronda los ocho años, así que la inflación solo erosiona el stock antiguo a tipo fijo, y cada vencimiento que se refinancia sale más caro. Para que tu modelo funcione hace falta que el BCE compre todo lo que haga falta, o volver a obligar a bancos y aseguradoras a tragárselo. Y eso ya no es una previsión, es una decisión política, y bastante visible.
Por cierto, la deuda perpetua existió de verdad: los consols británicos, algunos del siglo XVIII. Reino Unido los amortizó en 2015, en cuanto pudo refinanciarlos más barato.