Dos generalas del Ejército del Aire chocan por medallas sin justificar
El Ejército del Aire tiene un problema de proporciones. No es operativo. Es de papeleo, medallas y jerarquía. Una generala ha abierto un expediente disciplinario a otra generala por conceder condecoraciones sin acreditar debidamente su justificación. La expedientada sostiene que da las medallas a quien le da la gana y que no tiene que explicar nada. La que abre el expediente es su superior jerárquica. El choque no es nuevo: cuando se convocó el puesto de generala jefa había dos candidatas, la actual jefa y la actual subordinada, y hubo amenazas de dimisión si la segunda ocupaba el mando.
Lo que en teoría es un conflicto interno de disciplina militar se ha convertido en un espejo incómodo de algo más grande: la estructura de mando de las Fuerzas Armadas españolas.
227 generales para 150.000 militares, según un cálculo que circula en el debate. Un general por cada 660 efectivos. La proporción, según esos mismos cálculos, es de las más altas de Europa. Y mientras tanto, hay quien sostiene que en la DANA de Valencia no había militares.
¿Cuántos generales tiene el Ejército español y para qué sirven?
El dato que descoloca es la ratio.
227 oficiales generales y almirantes para una tropa que ronda los 150.000 efectivos, según un cálculo que circula en el debate. Hay quien afirma que hace cuarenta años había aproximadamente un tercio de esos mandos. La impresora soporta el nivel 30 con estoicismo espartano, ironizan quienes han mirado los números. La pregunta incómoda no es cuántos sobran, sino cuántos de ellos tienen mando real sobre tropa y cuántos ocupan despacho, notaría, banda de música o asesoría jurídica.
El Ejército del Aire, en concreto, no ha derribado un avión enemigo en décadas. No ha hecho incursiones en terreno hostil. No ha evacuado a nadie tras las líneas enemigas. Y sin embargo concede medallas. La amonestación que ha detonado el conflicto viene, precisamente, por no acreditar debidamente la concesión de esas condecoraciones dentro del Ejército del Aire. Hay quien se pregunta, con retranca, si un notario militar o un tambor de fiesta también las recibe.
El choque de las dos generalas: expediente, cuota y poder
La secuencia es sencilla. Una generala subordinada concede medallas a sus subordinados. Su jefa, también generala, le exige varias veces que justifique esas concesiones. La subordinada responde que no tiene que justificar nada y que da las medallas a quien le da la gana. La jefa abre expediente disciplinario. Fin del episodio conocido.
Pero el origen viene de más atrás. Cuando se abrió el concurso para el puesto de generala jefa había dos candidatas: la que finalmente ocupa el mando y la que ahora es su subordinada. Según los relatos que circulan, el mando superior quería colocar de jefa a la que hoy está expedientada. Varios mandos amenazaron con dimitir si eso ocurría. Se impuso la candidata alternativa. El expediente actual es la continuación de aquella guerra interna por el poder, ahora con medallas de por medio.
Hay quien sostiene que esto no es más que un síntoma de algo estructural: ascensos por motivos de oficina, cupos y cuotas ajenos a la actividad militar real. Otros apuntan que los generales varones también están ahí para complacer al gobierno de turno y mantener su despacho, y que al retirarse pasan al consejo de administración de Indra. La crítica no distingue sexos: distingue incentivos.
La DANA de Valencia y el Ejército que no estaba
El contraste duele. Hay quien sostiene que en la DANA de Valencia no había militares, o no los suficientes, o no a tiempo. La discusión sobre si estaban preparados pero no les dejaron salir queda abierta. Lo que no se discute es que el mismo Ejército que tarda en llegar al barro concede medallas por cursos de PowerPoint y por editar bien un PDF, según las críticas que circulan. La imagen de dos generalas peleándose por condecoraciones mientras la tropa espera órdenes es el resumen más eficiente de un problema de prioridades.
La cuestión de fondo es si las Fuerzas Armadas españolas están dimensionadas para el combate o para la administración.
Más mandos que tropa, resume el cálculo más repetido. Azaña ya intentó reformar esto en su momento. No le fue bien. La estructura sigue ahí, con más estrellas que fusiles.
¿Qué se juega España con esta pelea de medallas?
Nada y todo. Nada, porque un expediente disciplinario entre dos generalas no cambia el equilibrio militar europeo. Todo, porque expone el mecanismo: ascensos por cuota, condecoraciones sin justificar, mandos que se multiplican mientras la capacidad operativa se cuestiona. Si esta señora tuviese un mínimo de vergüenza y sentido común, ironizan algunos, metía un puro de la hostia a esas dos y las degradaba a un secarral. Si Eisenhower pudo degradar a un general, la ministra también.
El problema no es que haya mujeres generalas. El problema es que el sistema que las ha ascendido es el mismo que asciende a los generales varones que luego fichan por Indra. La crítica al cupo no es una crítica al género: es una crítica al método. Y el método produce estos episodios.
Queda por ver si el expediente acaba en sanción, en archivo o en ascenso. Con estos precedentes, cualquiera de las tres es posible. La estructura de mando española tiene 227 razones para no reformarse sola.