Nochevieja de 1988: 5.000 pesetas, barra libre y churros a las 6
El cotillón de una discoteca española en 1988 se anunciaba con papelitos pegados a las farolas. Cinco mil pesetas la entrada, cotillón incluido, barra libre de primeras marcas y chocolate con churros a las seis de la mañana. La escena, rescatada en un vídeo de una Nochevieja en A Coruña, ha reabierto una comparación que no termina de cerrarse.
Qué entraba en un cotillón de 5.000 pesetas
El paquete era cerrado. Se pagaban
5.000 pesetas y el cliente tenía derecho a mesa, cotillón —serpentinas, matasuegras y gorro— y una barra libre anunciada como de primeras marcas, con desayuno a base de chocolate con churros cuando cantaban las seis. La entrada se compraba en taquilla o en la peluquería del barrio, y se presumía de ella durante semanas.
Aquello tenía trampa. El negocio del cotillón vivía del alcohol barato y de la prisa. Los camareros servían cubatas cargados a propósito: cuanto antes se emborrachara el cliente, menos rato había que atenderle y antes se vaciaba la barra. El garrafón era el pan de cada noche.
Barra libre de primeras marcas, decía el cartel. La letra pequeña no venía impresa.
El cubata de 300 pesetas que amaneció costando 3 euros
El precio del combinado es el mejor marcador de la época. Un cubata costaba
300 pesetas. La noche en que España cambió la peseta por el euro, sin comerlo ni beberlo, aquel mismo vaso pasó a costar
3 euros. Con el redondeo perdido, la fiesta se encareció de golpe, aunque el cartel y la barra siguieran siendo los mismos.
La cuenta mental es sencilla y demoledora. Un billete de los de antes valía cada vez menos, y el ocio nocturno lo notó antes que casi cualquier otro sector. El cotillón de 5.000 pesetas empezó a parecer cosa de otro siglo.
¿Por qué ya no hay fiestas como las de los ochenta?
Aquella Nochevieja era, sobre todo, una operación de contacto social. Se iba a bailar, sí, pero también a ver si se ligaba. Hay quien sostiene que el modelo se rompió cuando la noche dejó de ser el único escaparate disponible para conocer gente. Otra corriente apunta a algo más prosaico: las discotecas de los ochenta han desaparecido y las que quedan venden otra cosa.
El resultado, coinciden muchas voces, es una fiesta distinta, más fría y con consumiciones más caras. La nostalgia no ayuda a medir con exactitud, pero la comparación de precios está ahí, escrita en cualquier ticket.
Del «remember» al reggaetón en la pista
El repertorio también cambió. Quien vuelve hoy a una sala se encuentra con la música urbana ocupando toda la cabina y con el pop de los ochenta recluido en sesiones concretas para una quinta concreta. De ahí que sigan apareciendo fiestas anunciadas como en 1988, con el mismo papel pegado a la misma farola y la misma promesa de barra libre.
Un cotillón de 1988 era más barato y más sucio. También más social. Con los precios actuales y las salas convertidas en otra cosa, la vuelta a aquellas noches parece improbable. Improbable no es imposible, y ahí queda el vídeo para comprobarlo.