Airbnb no cierra restaurantes en Mallorca: los cierra el precio
¿De verdad Airbnb está matando a los restaurantes de Mallorca? La noticia que ha encendido el debate asegura que este año cerrarán centenares de restaurantes en la isla y señala al alquiler vacacional como culpable. Pero el sector hostelero lleva meses dando otra explicación: los costes. El presidente de Mallorca CAEB Restauración, Juanmi Ferrer, apunta a zonas como el Port de Sóller, Sant Elm o el Port d'Alcúdia donde la ocupación no llega al 40%. Y mientras, Airbnb ha retirado cerca de 65.000 anuncios de alojamientos turísticos sin licencia en toda España tras los requerimientos del Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, que además ha denunciado otros 54.728 anuncios sin número de registro oficial.
El negocio del alquiler vacacional frente al restaurante tradicional
El argumento que recorre toda la discusión es sencillo: si el turista se aloja en un piso con cocina, come menos fuera. Y no es una hipótesis descabellada. Un cálculo que circula en el debate pone cifras al asunto: una familia de cuatro personas puede gastar más de 300 euros al día solo en dos habitaciones de hotel, a los que se suman unos 150 euros entre comida y cena. Total, más de 450 euros diarios. En un apartamento con supermercado, ese mismo día se reduce por debajo de 150 euros. La diferencia no es menor.
Hay quien sostiene que el problema no es el alojamiento, sino el precio de la restauración. Cuatro euros por una caña en una terraza, menús con producto precocinado a precio de estrella Michelin y raciones que encogen cada temporada. La queja se repite: el restaurante se ha convertido en un lujo y el supermercado, en la alternativa racional. No es que el turista no quiera gastar; es que ya no puede.
La competencia entre pisos turísticos y hoteles
El alquiler vacacional no solo compite con el hotel. Compite consigo mismo. La oferta es tan amplia que los propietarios han entrado en una carrera por diferenciarse: televisiones de 65 pulgadas, plataformas digitales, botella de cava en la nevera y reposición de almohadas a la una de la madrugada si hace falta. Las reseñas lo son todo y una mala crítica hunde el anuncio. Esa presión por el detalle ha convertido al piso turístico en un producto que, en muchos casos, supera en comodidad al hotel de gama media.
El resultado es una paradoja: el mismo turista que antes se alojaba en un hotel y comía en el buffet ahora alquila un piso, compra en el supermercado y cocina. El gasto por visita cae, pero el número de visitantes se mantiene. Los hoteles, según se argumenta, no se quejan porque siguen llenos. Los restaurantes, en cambio, notan el descenso de tickets medios.
¿Por qué cierran los restaurantes en Mallorca?
Porque el modelo se ha encarecido por los dos lados. Los costes laborales y de producto suben, y el cliente dispone de menos margen. La inflación no perdona: el aceite, el pan y la energía han escalado posiciones en la cuenta de resultados. Y el turista que antes venía con presupuesto holgado ahora reserva con menos antelación, se queda menos días y elige destinos más baratos. Cuatro días en una isla no rentabilizan el viaje, así que muchos optan por la montaña y el bocadillo.
En paralelo, la regulación aprieta. La retirada de 65.000 anuncios sin licencia y la denuncia de otros 54.728 sin número de registro obligan a los propietarios a formalizar su situación. El objetivo declarado es ordenar el mercado, pero el efecto sobre la
hostelería es indirecto: menos pisos legales no significa más comensales en los restaurantes, solo menos competencia desleal en el alojamiento.
El turismo de calidad y la familia que ya no veranea
El perfil del visitante ha cambiado. El turismo de pulsera y todo incluido que se concentraba en zonas concretas se ha dispersado hacia pisos urbanos donde el gasto se controla mejor. La familia media española, con dos hijos, ya no se plantea dos semanas de hotel con desayuno, comida y cena incluidos. No le salen las cuentas. Y el turista extranjero que venía a gastar sin mirar también ha reducido su presupuesto.
El sector lo resume con crudeza: o se adaptan los precios o se pierden clientes. Los que aguantan son los restaurantes que ofrecen algo distinto, los que cocinan de verdad. El resto, los que abren un saco de precocinado y lo sirven a precio de lujo, tienen los días contados. No por Airbnb, sino por el sentido común del consumidor.
Al final, la pregunta no es si Airbnb cierra restaurantes. La pregunta es cuánto tiempo más se puede culpar al vecino del quinto mientras la cuenta de resultados se desangra por la puerta de la cocina.