De Roma a Hastings: seis siglos que parieron Inglaterra
En el año 410 d.C., el emperador Honorio respondió a los romanobritanos que atacados por pictos, escotos y sajones «debían ocuparse de su propia defensa». Ese Rescripto de Honorio es, para buena parte de la historiografía, el certificado formal del fin del control imperial en la isla. La aristocracia romanobritana expulsó a los magistrados que quedaban y se hizo cargo de su propia defensa. Seiscientos años después, en 1066, un duque normando llamado Guillermo cruzaba el canal para reclamar un trono que, decía, le correspondía. Entre ambos momentos cabe una transformación radical: invasiones masivas, siete reinos anglosajones en pugna, cristianización desde Irlanda y Roma, drakkars vikingos remontando cada río y, al final, la última gran invasión exitosa de las islas británicas.
Qué pasó entre el Rescripto de Honorio y la batalla de Hastings
El período arranca con una paradoja administrativa. Roma se va, pero no del todo: se abandona el
Litus Saxonicus, el limes defensivo marítimo contra piratas germanos que constaba de nueve fuertes, varios con guarniciones de cohorte, y que seguía documentado en la
Notitia Dignitatum del 395. Se deja atrás una zona de alto riesgo de invasión. La romanización, además, siempre fue superficial y limitada al sur agrícola: el latín se hablaba sobre todo en las ciudades, mientras el celtobritano seguía siendo común en el campo.
La fecha más citada para el final de la administración romana es 410, pero el siglo V es un vendaval. Las tribus germánicas cruzan el Rin en 406, el autoproclamado emperador Constantino III abandona Britania en 407 y los suevos se asientan en Gallaecia en 411. En la isla, un personaje enigmático llamado
Vortigern aparece por primera vez en el
De Excidio et Conquestu Britanniae de Gildas, en el siglo VI, y con más detalle en la
Historia Brittonum del siglo IX atribuida a Nennio. La tradición le atribuye la idea de invitar a jutos, anglos y sajones para repeler a pictos y escotos. El resultado, como se sabe, no fue el previsto.
La heptarquía, el escudo de Aragón y otras confusiones modernas
Uno de los primeros hallazgos del recorrido es que buena parte de los símbolos que se atribuyen a la heptarquía anglosajona son invenciones muy posteriores. El escudo de Northumbria que aparece en algunos mapas se parece sospechosamente al de Aragón o Cataluña, lo que ha disparado teorías sobre un origen nórdico común de las cuatro barras. La explicación más sobria es otra: la heráldica usa un repertorio cromático limitado —rojo, oro, azul, blanco— y la probabilidad de convergencias accidentales entre tradiciones lejanas no es tan exótica. Nuestra mente detecta patrones donde no hay genealogía alguna.
La propia idea de heptarquía está cuestionada. Kent proviene de los cantiacos, Sussex significa «sajones del sur», Essex «sajones del este» y Wessex «sajones del oeste». Eran, en muchos casos, bandas tribales en un territorio colapsado más que reinos con instituciones. Eso no impide que tuvieran estandartes: Beda el Venerable, en su
Historia Ecclesiastica Gentis Anglorum, describe el de Oswald de Northumbria, hecho de oro y púrpura y colgado sobre su monumento. Una fuente casi contemporánea que no conviene ignorar.
Mercia, Offa y la muralla que imitaba a Adriano
El liderazgo de la heptarquía no recayó de forma estable en un solo reino. La supremacía rotó en los siglos VI y VII: Kent y sobre todo Northumbria, con Edwin y Oswaldo, ejercieron hegemonía antes de que Mercia cuajara como potencia a mediados del siglo VII con Penda. El punto álgido mercio llegó con
Offa (757-796), que a punto estuvo de emparentar dinásticamente con Carlomagno y que construyó una gran muralla imitando el muro de Adriano, solo que esta vez los enemigos a controlar eran los galeses. Tras su muerte, Mercia inicia su decadencia.
El siglo VI, mientras tanto, tiene un aire de reorganización. Se conservan muy pocas fuentes britanas coetáneas: la
Confessio de San Patricio, el
De Excidio de Gildas, el poema «Y Gododdin» del Libro de Aneirin y los
Gwarchanau de Taliesin. Cuatro textos para un siglo entero. Con ese material, la arqueología y la filología hacen más trabajo que las crónicas.
Vikingos, daneses y el imperio del Mar del Norte
La presencia danesa en Britania fue relevante entre el 750 y el 1050.
Knut el Grande (Canuto) fue rey de Inglaterra (1016-1035), Dinamarca (1018-1035) y Noruega (1028-1035), creando un imperio nórdico del Mar del Norte. Conquistó Inglaterra tras la muerte de Etelredo II el Indeciso, derrotó a Edmundo II Ironside en la batalla de Assandun en 1016 y consolidó el dominio vikingo mediante alianzas políticas. Se casó con Emma de Normandía, viuda de Etelredo II, dando origen al derecho normando sobre Inglaterra que esgrimiría Guillermo el Conquistador.
Hay un detalle que sorprende: durante trescientos años, los vikingos vivieron de correrías y saqueos en el Báltico, el sur de Alemania y el norte de Jutlandia, y sus víctimas favoritas eran precisamente jutos, anglos y sajones. Si esas tribus emigraron a Britania fue, en parte, para escapar del flagelo vikingo. La secuencia temporal importa: los anglosajones llegan en los siglos V y VI, los vikingos son un fenómeno posterior.
Dumnonia, Cadbury y la resistencia britana
En el año 500, el panorama político era otro. Los anglos se habían extendido por la actual Inglaterra, pero la zona que producía más estaño era el suroeste, donde estaba el reino de Dumnonia, posiblemente el estado más poderoso militarmente de Gran Bretaña en esa fecha. Habrían sido quienes detuvieron la expansión anglosajona a principios del siglo VI y hasta 530-540. El castillo de Cadbury es de esta época post-romana y tiene una envergadura que no se vería hasta muchos siglos después.
En ese contexto aparece
Ambrosio Aureliano, figura histórica y mítica del siglo V. Gildas lo presenta como un «caballero» sobreviviente de una familia poderosa que organizó la resistencia contra los invasores germanos. Los sobrevivientes se unieron bajo su mando tras la devastadora invasión anglosajona. Es el candidato histórico más citado detrás de la leyenda artúrica, y el material del que tiran tanto las crónicas como la cultura popular.
De Beowulf a Hal Foster: cómo se cuenta la Edad Oscura
Este período es, para los británicos, una cantera de mitos. El más famoso es Arturo, pero antes está
Beowulf, desarrollado también en esa época y considerado relato épico-mítico-histórico nacional a la altura del Cantar del Mío Cid o la Chanson de Roland. La cultura popular posterior bebió de aquí sin pudor. La saga de
El Príncipe Valiente, de Hal Foster, ambienta su acción en la Britania post-romana y sitúa el nacimiento de su protagonista en Thule, el lugar enigmático que mencionó por primera vez el navegante griego Piteas de Masalia alrededor del 325 a.C., a seis días de navegación al norte de Gran Bretaña y cerca del mar congelado. Islandia, Noruega, la isla de Smøla: los candidatos siguen discutiéndose.
La discusión sobre los orígenes genéticos de los primeros pobladores de las islas tras la última glaciación también ha tenido su hueco. La llamada conexión genética atlántica es real, pero no debe confundirse con una colonización vasca en sentido cultural o lingüístico, ni significa que los grupos paleolíticos fueran equivalentes a los vascos históricos. Lo que revela es la existencia de raíces profundas compartidas entre diversas poblaciones del occidente europeo. El haplogrupo R1b, por cierto, es de origen estepario.
La bibliografía que sostiene todo esto
Para quien quiera profundizar, la síntesis del período se apoya en obras como
The Emergence of the English, de Susan Oosthuizen (ARC Humanities, 2019), centrada en el período anglosajón temprano, y
Britain after Rome: The Fall and Rise 400 to 1070, de Robin Fleming (Penguin, 2010/2011), que cubre el arco completo. La serie Penguin Monarchs ha ido añadiendo volúmenes sobre gobernantes medievales individuales con calidad académica variable pero generalmente decente.
Queda el dato que descoloca: seiscientos años de historia británica se sostienen sobre cuatro textos coetáneos del siglo VI, un puñado de crónicas posteriores y lo que saque la arqueología. Cada hallazgo puede reescribir lo que creíamos saber. No es una edad dorada ni un simple preludio. Es el laboratorio donde se cocinó Inglaterra.