Solidario García
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Mónica Ramos, geroantropóloga: “La pensión media de los hombres está entre los 1.400 y los 1.500 euros, mientras que en las mujeres oscila entre los 900 y 1.000”
El género sigue siendo una asignatura pendiente en el estudio del envejecimiento, y Ramos analiza cómo los cuidados, las pensiones y la salud marcan la vejez de las mujeres
Durante mucho tiempo, el envejecimiento se ha estudiado sin prestar suficiente atención a las diferencias entre hombres y mujeres. Aunque el enfoque de género ha ido ganando terreno en las últimas décadas, todavía queda mucho por investigar sobre cómo las desigualdades acumuladas a lo largo de la vida condicionan la salud, la autonomía y las oportunidades en la vejez. Los cuidados asumidos, las trayectorias laborales, los ingresos o el acceso a los recursos sociales dibujan realidades distintas que no pueden explicarse únicamente por la biología.
Pero, además, tampoco todas las mujeres envejecen en las mismas condiciones: la edad, la situación económica, el estado civil, el nivel educativo o la trayectoria profesional influyen en las oportunidades con las que cada una afronta esta etapa. Y reconocer esta diversidad es fundamental para comprender mejor la longevidad y avanzar hacia una vejez más saludable y justa.
Una de las voces que lleva décadas trabajando para visibilizar estas diferencias es Mónica Ramos, geroantropóloga feminista y coordinadora técnica del Grupo Social UNATE, integrado por UNATE y la Fundación PEM. Doctora en Antropología Social por la Universidad Autónoma de Madrid, su investigación sobre las necesidades, contribuciones y participación social de las mujeres mayores fue reconocida en 2016 con el Premio de Investigación en Estudios de Género del Grupo 9 de Universidades a la mejor tesis doctoral. Su trayectoria se centra en comprender cómo influyen el género y las circunstancias sociales en la manera de envejecer, una labor que también ha plasmado en su libro Envejecer siendo mujer, dificultades, oportunidades y retos (Bellaterra Edicions, 2017).
Ramos analiza por qué las mujeres viven más años, pero no necesariamente con mejor salud, y cómo la precariedad económica, la brecha en las pensiones y una vida dedicada al cuidado de los demás pueden pasar factura en la vejez. También cuestiona la idea de que la soledad sea siempre el principal problema de las mujeres mayores y señala la falta de recursos comunitarios, la sobrecarga de responsabilidades y la sobremedicación como cuestiones que merecen mayor atención. Su propuesta invita a revisar las expectativas sociales sobre las abuelas, reivindicar su derecho a disfrutar de una vida propia y desterrar la imagen negativa de la vejez. Porque, como recuerda, el envejecimiento no se improvisa: las condiciones para vivir mejor en la madurez y en la vejez comienzan a construirse mucho antes.
Dejando a un lado las diferencias biológicas, más o menos evidentes, ¿envejecemos igual hombres y mujeres?
Teniendo en cuenta que vivimos en una sociedad hombrista y edadista, la respuesta es claramente que no.
¿Se tiene en cuenta el género a la hora de estudiar el envejecimiento?
Hasta ahora, muy poco. En los años 60 y 70 del siglo pasado se hicieron algunas investigaciones, pero eran las excepciones a la regla. Desde entonces, este enfoque ha ido cobrando importancia, y cada vez se le presta más atención. Yo misma llevo más de 30 años dedicada al estudio de la geroantropología feminista, pero no es lo habitual. Esta falta de género en el ámbito del envejecimiento se debe sobre todo a que la gerontología todavía no es lo suficientemente feminista, es decir, no tiene en cuenta las diferencias que nos atraviesan a hombres y a mujeres en este ámbito.
¿Por qué, desde una perspectiva feminista, da la sensación de que se ha avanzado más en otros ámbitos?
Probablemente, este retrat se deba en parte a que los feminismos se han ocupado de cuestiones como, por ejemplo, el derecho al voto, la corresponsabilidad de los cuidados, la igualdad de oportunidades en el mercado laboral, el autocontrol sobre la reproducción, etc. De modo que la cuestión del envejecimiento se ha aparcado durante mucho tiempo. Sin embargo, esto está cambiando. Entre otras razones, porque las propias feministas se están haciendo mayores, y eso está poniendo en la agenda qué pasa con el envejecimiento de las mujeres. En definitiva, hay grandes diferencias en el envejecimiento de hombres y mujeres, y entre ellas, por supuesto, también las hay biológicas. Pero también hay factores sociales que afectan al modo en que nos hacemos mayores y que son los que más hay que investigar.
La vida de muchas mujeres mayores, está marcada por los cuidados a las personas de su entorno, los empleos precarios o interrumpidos y una menor independencia económica. ¿En qué medida esas diferencias respecto a los hombres se traducen en desigualdades en la vejez?
Esas diferencias que marcan el recorrido vital de muchas mujeres son la causa directa de las desigualdades en la vejez. Ahora bien, es fundamental no meter a todas en el mismo saco y poner la mirada en las diferencias que hay entre ellas, ya que, por ejemplo, no es lo mismo envejecer habiéndote casado o no. Piensa que las mujeres que se casaron durante el régimen franquista estaban sometidas a un código civil que dejaba muy claro que debían dedicarse principalmente a las labores del hogar, de modo que, si en algún momento accedían al mundo laboral, lo hacían de un modo muy precario. Por ello, nos encontramos con que han tenido un menor nivel de estudios y peor situación económica, y todo ello les ha impedido disfrutar de una vejez con más recursos económicos. De hecho, sabemos que la pobreza es mucho mayor entre las mujeres que entre los hombres mayores. Esto se debe, en gran medida, a sus trayectorias vitales. Pero, insisto, no es lo mismo ser una mujer que ahora tiene 90 años que tener 60, haberse casado o haber permanecido soltera; haber tenido una trayectoria profesional exitosa, que no haber trabajado. Es fundamental tener presente que ni todas las personas mayores son iguales, ni a todas las mujeres mayores les acompañan las mismas circunstancias.
Una de las situaciones donde más se evidencian estas desigualdades es la jubilación. ¿Existe brecha de género también en las pensiones?
Así es. De hecho, ronda el 32 % en el conjunto del sistema. Los hombres suelen tener una pensión media que va entre los 1.400 y los 1.500 euros, mientras que en el caso de las mujeres oscila entre los 900 y 1.000 euros. Por otro lado, si nos fijamos en las mujeres que ahora se están empezando a jubilar, esa brecha se reduce al 18 %. Esto es así debido a que las siguientes generaciones han tenido acceso a nivel de educación más elevado, mejores trabajos y, por tanto, a mejores pensiones. Esta tendencia nos hace pensar que quizá dentro de 50 años la diferencia se reduzca aún más.
La pobreza es mucho mayor entre las mujeres que entre los hombres mayores, debido en gran medida a sus trayectorias vitales
Mónica Ramos
¿Hasta desaparecer?
Seguramente, la brecha no desaparezca nunca. Por otro lado, los casos más preocupantes son los de las mujeres viudas que se casaron y no cotizaron a la seguridad social lo suficiente para tener su propia pensión. Estas mujeres cobran la pensión de viudedad, que es el 50 % de lo que cobraría su marido en el caso de estar vivo. Teniendo en cuenta que la pensión mínima son 936 euros, si estas mujeres necesitaran recurrir al mercado privado para contratar servicios para su cuidado, resultaría prácticamente imposible. Por eso, desde la gerontropología feminista defendemos que el estado del bienestar debe incluirnos a todos y a todas, pero especialmente a las mujeres mayores, para que puedan acceder a servicios de salud públicos y de calidad.
¿Hasta qué punto las dificultades económicas que sufren estas mujeres condicionan su salud?
Mucho. Cada vez hay más investigación que demuestra que nosotras tenemos una mayor esperanza de vida en comparación con los hombres. En concreto, en España, se sitúa en los 86 años para las mujeres y en 81 años para los hombres. Sin embargo, aunque ellos viven menos, lo hacen con más salud. Las estadísticas dicen que el 77 % del tiempo de la vida de los hombres es con salud, mientras que el de las mujeres se reduce hasta el 71 %. Por tanto, nosotras vivimos más tiempo, pero esos años de más los vivimos con peor salud. Y esto no es solo por una cuestión biológica; esto está ligado a cuestiones educativas, a las desigualdades socioeconómicas y las trayectorias de cuidados que hemos tenido durante toda la vida y que nos han pasado mucha factura.
Las tareas domésticas o los cuidados siguen recayendo sobre las mujeres, algo que impacta en su salud.
Las tareas domésticas o los cuidados siguen recayendo sobre las mujeres, algo que impacta en su salud. feliks szewczyk
A las dificultades económicas se suma, en muchos casos, la pérdida de la pareja. ¿Cómo afecta la soledad no deseada a las mujeres mayores?
Hemos observado que las mujeres gestionan mucho mejor que los hombres la falta de compañía. De hecho, las mujeres que se quedan viudas viven solas, pero cuando hablas con ellas, te das cuenta de que, en un porcentaje muy elevado, han aprendido a gestionar esa soledad. Eso sí, siempre y cuando tengan opciones para poder hacer cosas fuera de casa. Lo peor que puede pasar es que te hayas pasado toda la vida cuidando de los demás mientras pierdes tu red social de proximidad o de vecindad, y que cuando llegues a una edad avanzada, estés sola. Sin embargo, una de las fortalezas más importantes de las mujeres es que tienen redes de apoyo más fuertes, ya sea en el entorno rural o urbano. Además, tienen más ganas que los hombres de seguir aprendiendo, utilizan mejor su tiempo y tienen una enorme capacidad para seguir viviendo solas en su casa, ya que lo doméstico lo controlan perfectamente, porque de una manera o de otra, siempre se han ocupado de ello.
Parece que la soledad no es un problema para ellas…
Con matices. La soledad no es un problema para ellas, en el sentido de que son muy capaces de manejarla. Pero el problema no es tanto la soledad como la falta de recursos comunitarios y sociales para poder seguir aprendiendo, participando y disfrutando. Una cosa es que tú vivas sola sin estos recursos alrededor, y otra, que tengas cerca un centro de mayores donde poder hacer actividades, un parque, una biblioteca, etc. En estas condiciones, sí, vives sola, pero eso no significa que estés aislada. Por otro lado, en general, los medios de comunicación constantemente están diciendo que la gente mayor se siente sola cuando no es cierto, ya que los estudios así lo demuestran. El problema, insisto, son los factores estructurales. Es decir, si yo quiero salir a la calle a dar un paseo, pero en mi barrio las aceras están en mal estado o no está lo suficientemente iluminado, poco a poco iré reduciendo mis salidas, y me sentiré sola en poco tiempo.
Si la soledad no es el principal problema, ¿cuál es la queja más habitual de las mujeres mayores?
En muchos casos, el cansancio. La mayoría de ellas vive con una importante sobrecarga de trabajo relacionada con los cuidados de los demás, lo que se traduce en un estado de cansancio constante. Es lo que en el año 2000 el cardiólogo Antonio Guijarro llamó el síndrome de la abuela esclava. Además, cuando estas mujeres acuden al médico para explicar este agotamiento, a la mayoría de ellas se les suministra ansiolíticos para que puedan seguir gestionando sus tareas, en lugar de averiguar qué les está pasando. De hecho, las mujeres mayores están sobremedicadas.
A estas alturas, ¿todavía se espera de las mujeres que se ocupen del cuidado de los demás?
Así es. De hecho, en algunos estudios que hemos llevado a cabo desde UNATE, hemos comprobado que hasta la edad de los 80 años las mujeres siguen prestando más cuidados de los que reciben. Teniendo esto en cuenta, ¿cómo no van a llegar en malas condiciones a esa edad? Además, hemos naturalizado esta situación, tanto las familias como la sociedad en su conjunto. Y ha llegado a tal punto que la realidad es que, a día de hoy, las mujeres mayores siguen sosteniendo el mundo, tanto en las ciudades como en los pueblos.
La mayoría de las mujeres vive con una importante sobrecarga de trabajo relacionada con los cuidados de los demás
Mónica Ramos
En este punto, ¿qué se puede hacer para cambiar las cosas?
Lo más importante es dejar de asumir como algo natural el hecho de que las mujeres, tengan la edad que tengan, deban seguir cuidando de los demás por el mero hecho de ser mujer y por haberlo hecho durante toda la vida. También a ellas hay que convencerlas de que dejen de hacerlo, y para ello, muchas veces les digo: “Ya se han hecho clubs de malas madres; quizá sea el momento de hacer clubs de malas abuelas”. Creo que todavía nos falta mucho por hacer para visibilizar la falta de oportunidades de muchas mujeres que quieren aprender inglés o ir a clases de yoga en silla, sin que eso signifique olvidar a la familia, ya que, aunque el cuidado de la familia es importante, no debería ser el centro de sus vidas.
Dice que nos queda mucho por hacer. ¿Por dónde se debería empezar?
En primer lugar, yo destacaría el importante papel que tienen los medios de comunicación en este asunto. La agenda de los medios debería incluir con mayor frecuencia temas relacionados con la longevidad, pero no solo para hablar de alzhéimer y residencias de mayores, sino para explicar qué significa vivir en una sociedad longeva. El problema es que la mayoría de los medios transmiten un imaginario muy negativo sobre la vejez, y esto afecta a las personas mayores en su autoconcepto, ya que, si el mensaje que se difunde es que se sienten solas, esta idea acaba calando de tal modo que, si no se sentían solas, se acaban sintiendo así. Por eso, es importante crear referentes positivos para las personas mayores.
¿Hay algo más que quiera destacar?
Sí. Que en las escuelas hemos introducido temas como el reciclaje o la igualdad, pero no la vejez. Deberíamos hablar más de envejecimiento con los niños y las niñas, porque la vejez no se improvisa. Y es que está muy bien que digamos a una mujer de 70 años que se cuide, que se alimente adecuadamente, que tenga hábitos saludables y que haga ejercicio, pero sería mucho más efectivo si todos estos consejos los diéramos mucho antes y, sobre todo, si se llevaran a cabo mucho antes.
