Voyager 1 enciende motores a 24.000 millones de km con 23 vatios
La sonda Voyager 1, lanzada en 1977 y hoy a unos
24.000 millones de kilómetros de la Tierra, ha encendido propulsores que llevaban décadas sin usarse. El objetivo no es avanzar más rápido, sino algo mucho más prosaico: mantener la antena apuntada hacia nosotros. La noticia, difundida por
CNN en Español, se ha recibido con más ceño fruncido que entusiasmo. Y ahí empieza el lío.
Qué ha encendido la Voyager 1 y para qué
La nave lleva tres conjuntos de propulsores: dos de actitud y uno dedicado a maniobras de corrección de trayectoria. Eso es lo que hace que algunos se echen las manos a la cabeza al leer «propulsores» y pensar en un motor cohete de película. No es eso. El control de actitud es la maniobra que orienta un objeto respecto a un sistema de referencia, y en una sonda significa, básicamente, girar la parábola para que la Tierra caiga dentro del haz.
De ahí la pregunta más repetida: si la sonda alcanzó su velocidad hace años y en el vacío no hay rozamiento que la frene, ¿para qué encender nada? La respuesta corta es que no se enciende para acelerar, sino para recolocar. Y ahí está el detalle fino: hay quien sostiene que mover una antena con precisión de fracciones de milímetro exige mecanismos sin rozamiento real, tolerancias imposibles y márgenes de temperatura que la electrónica de hace medio siglo no debería aguantar. El desglose del enlace, con ganancia de antena y densidad de señal, da para un cuaderno entero.
Cómo se recibe una señal de 23 vatios a 24.000 millones de km
El transmisor de la Voyager 1 trabaja en torno a los
23 vatios, la potencia de una bombilla modesta. Al llegar aquí, la señal es
inferior a un attovatio, es decir, una milmillonésima de una milmillonésima de vatio. La recibimos con la Red de Espacio Profundo, antenas de
70 metros que llevan décadas escuchando al mismo punto del cielo. La señal se concentra en un lóbulo principal y se transmite con ancho de banda mínimo para mejorar la relación entre señal y ruido.
Ese es el argumento que desactiva parte del escepticismo y alimenta el resto. Porque si la física cuadra sobre el papel, la experiencia cotidiana dice otra cosa: a la mínima, el móvil se queda sin cobertura. La comparación que más circula es la de los enlaces terrestres, capaces de cubrir unos 200 kilómetros con antenas enormes y electricidad de sobra; hacerlo a 24.000 millones de kilómetros con dos objetos en movimiento relativo se antoja
otra liga. Frente a eso, la defensa técnica es simple: la tecnología de radiofrecuencia no ha cambiado tanto, lo que cambia es la ganancia, la paciencia y la relación señal-ruido.
El combustible, los giróscopos y la memoria que falla
Conviene recordar que la sonda no lleva paneles solares: su energía viene de un
generador nuclear de plutonio, y su ordenador ya ha dado sustos, con memoria corrompida que obligó a resetear sistemas y a enviar datos sin sentido durante un tiempo. Hay quien apunta que los giróscopos no funcionan de forma permanente y dependen de lubricantes que llevan medio siglo en un entorno de radiación. Que la orientación se apoye en la observación del Sol y las estrellas es, en ese contexto,
casi artesanal.
Aquí aparece una curiosidad que suele caer en el olvido: el término control de actitud no nació en la carrera espacial, sino en la aviación, con el horizonte artificial que permitía a los pilotos saber si iban derechos o boca abajo sin ver el suelo. Uno de sus impulsores fue el comandante
James H. Doolittle, el mismo del primer bombardeo sobre suelo japonés en la Segunda Guerra Mundial. Medio siglo antes de que una sonda a 24.000 millones de kilómetros necesitara girar la cabeza.
De la duda técnica al «todo es un montaje»
La conversación se divide en tres corrientes muy distintas. Una duda desde la experiencia profesional: quien ha montado enlaces de microondas o parabólicas de satélite sabe que orientar bien una antena es endemoniado, y traslada esa intuición a un escenario mil veces mayor. Otra sostiene que el asunto es física elemental mal explicada por los medios, empezando por las traducciones y los términos que nadie se molesta en aclarar. Y una tercera salta directamente al escepticismo total: si aquello es imposible, entonces el programa espacial entero es un decorado, incluido el alunizaje de 1969.
El choque tiene una capa que casi nadie discute: todos somos legos en casi todo y acabamos creyendo o no creyendo, que no es lo mismo que conocer. La pregunta incómoda es cuántos de los que firman la condena serían capaces de verificar un solo dato. Y la simétrica: cuántos de los que asienten podrían explicar cómo se discrimina una señal de un attovatio del ruido de fondo.
Lo cierto es que la sonda sigue ahí, con su antena de
1,4 metros, sus 23 vatios y una señal que tarda unas
23 horas en llegar. Funcionando con recambios de 1977 y una dosis de suerte que, para más de uno en el hilo, roza lo irracional. ¿Cuánto de lo que llamamos certeza científica es, en realidad, confianza en quien nos lo cuenta?