«Unas a otres»: el lenguaje inclusivo que reabre la polémica
Un tuit y una fórmula. «Nos protegemos, unas a otres, con orgullo». Irene Montero publica el mensaje junto a las banderas del colectivo LGTBI y trans, y en pocas horas la conversación se parte en dos frentes que acaban pisándose: la sintaxis del llamado
lenguaje inclusivo y el juicio —casi siempre sin filtro— sobre quien lo firma. Lo que enciende el texto no es el contenido, sino la palabra que lo atraviesa: «otres». La polémica vuelve al mismo terreno de siempre: ¿cómo se escribe una lengua que todavía no ha fijado sus reglas?
El «unas a otres» y la gramática que no cuadra
Buena parte de las respuestas no discute el fondo político, sino la forma. Se apunta que la fórmula se emplea
según dé el aire, sin sintaxis fija, y que quienes impulsan estas variantes no han acordado aún una ortografía ni una gramática básicas. No es un reproche menor: una lengua se sostiene sobre convenciones compartidas, y las convenciones se construyen con el uso, no por decreto.
En el otro lado del espejo, la defensa es sencilla. El lenguaje cambia, siempre ha cambiado, y quien lo niega suele olvidar que la norma de hoy fue la incorrección de ayer. El problema es el calendario: los cambios lingüísticos tardan generaciones, y las polémicas políticas se resuelven —o no— en horas. Nadie va a zanjar en un tuit lo que un diccionario tarda décadas en admitir.
Lo que sí se repite en las críticas es la sensación de arbitrariedad. La misma terminación aparece unas veces y desaparece otras, y esa irregularidad alimenta la idea de que no hay un criterio, sino una consigna. Aquí el debate deja de ser lingüístico y empieza a ser otra cosa.
Del debate gramatical al retrato de la persona
A medida que avanza la conversación, el argumento se diluye. Una parte notable de las respuestas abandona la gramática y se instala en el aspecto físico: el cansancio, la cara, el gesto. De ahí se salta, sin escala, a la acusación. Circulan afirmaciones sobre
consumo de sustancias y sobre su estado de salud que no cuentan con ninguna prueba y que, aun así, se presentan como certezas. Es el tramo donde la crítica política deja de ser crítica.
Conviene separar los planos, porque mezclarlos sale gratis y no aclara nada. Cuestionar una fórmula, una política pública o un discurso es legítimo y está en el corazón del debate democrático. Atribuir a una persona concreta conductas no probadas es un ejercicio distinto: no aporta al fondo y desvía la discusión hacia el terreno personal.
La línea entre fiscalizar a un cargo público y atacar a la persona no está escrita en ninguna ley, pero se reconoce a simple vista. Y cuando se cruza, el que pierde no es el señalado: es el asunto del que se hablaba.
Una afirmación sobre el VIH sin pruebas que la respalden
En el tramo más extremo del intercambio aparece una tesis recurrente en ciertos círculos: que el VIH no existe y que no hay ninguna prueba que lo demuestre, con un reto lanzado a quien quiera rebatirlo. La afirmación se lanza sin evidencia y contradice el consenso sanitario, que sostiene lo contrario desde hace décadas. Que se cuele en una conversación sobre lenguaje inclusivo da la medida de hasta dónde deriva el asunto.
Lo llamativo no es la tesis —vieja conocida en los márgenes—, sino su función. Sirve para desacreditar por asociación cualquier mención a la prevención o al tratamiento: si el problema no existe, no hay política pública que valga y quien la defienda queda retratado. Ahí el intercambio deja de ser un debate.
¿Suma o resta el discurso identitario?
Hay una crítica que aparece en el debate y que merece algo más que un desprecio rápido: que este tipo de intervenciones generan
más rechazo hacia los colectivos que dice defender que apoyo real. Se sostiene que convertir la orientación sexual o la identidad en bandera revolucionaria transforma en trinchera lo que debería ser normalidad. Es una tesis discutible, pero no gratuita: la política de la identidad moviliza a los convencidos y, casi siempre, también a los contrarios.
La contraargumentación habitual es que la visibilidad incomoda precisamente porque hace falta. Que no se puede medir un avance en derechos por lo agradable del mensaje. Y que culpar de la reacción a quien alza la voz es una forma elegante de cambiar de tema. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez, y ahí está el nudo que nadie termina de desatar.
Un tercer frente, más frío, apunta al desgaste personal: la impresión de que la dirigente está al límite, sostenida por menos gente de la que la rodeaba. Es una impresión, no un dato. Conviene tratarla como lo que es.
Sobre el fondo, en cambio, poco se avanzó. Del mensaje original —una llamada a la protección y al orgullo— queda un rastro de sintaxis discutida, de reproches cruzados y de una discusión que se parece demasiado a la anterior. Llegará la próxima fórmula inclusiva, incomodará a unos y a otros, y volverá a partir la conversación en dos. Y seguiremos sin haber acordado una sola regla.