Feria de Abril: peleas, caballos muertos y reggaeton
Un caballo agonizando en el albero mientras la multitud mira como si nada. Un vídeo de una reyerta a puñetazo limpio en el real. Y, de fondo, un hilo de reggaeton que suena igual en todas partes. La Feria de Abril, ese escaparate que cada primavera se vende como seña de identidad de Sevilla, aparece en las imágenes que circulan estos días como lo que muchos sospechaban desde hace años: una fiesta que ha cambiado de público, de música y de maneras, y que ya no sabe qué es.
La discusión arranca con un tuit que sentencia, sin matices, que «la Feria ha muerto» y que todo está dispuesto para los no sevillanos. A partir de ahí, el retrato se vuelve coral y bastante menos amable.
Qué se ve en los vídeos que circulan
Las imágenes que se comparten muestran una pelea multitudinaria en la zona de casetas, con gente corriendo y empujones, y un caballo tendido en el suelo al que nadie parece atender. Sobre el segundo caso, las crónicas que se citan apuntan a que los servicios veterinarios municipales atribuyeron la muerte a un infarto, aunque en un primer momento se manejó otra hipótesis. Es el tipo de detalle que conviene leer entero antes de sacar conclusiones.
El resto del material es un catálogo de incomodidades: cortes de pelo que provocan estupefacción, música de reggaeton machacona, suciedad, y la sensación repetida de que el recinto se ha convertido en un botellón gigante con farolillos. Hay quien sostiene que la explanada de albero de una caseta pública lleva años funcionando como zona de botellón y que de ahí salen estas trifulcas. Otros apuntan que la Feria siempre tuvo su porcentaje de gentuza y que la mayoría sigue yendo a pasarlo bien. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez.
El reggaeton como síntoma, no como causa
Uno de los argumentos más repetidos no va de la pelea, sino de la banda sonora. El reggaeton suena en todas partes, en cualquier feria, en cualquier verbena, y hay quien lo lee como una señal de que la gente ya no escucha música, solo consume un ritmo de fondo. La queja es estética, pero también generacional: la sevillana como marcador de clase y de origen, el reggaeton como marcador de todo lo contrario.
Ese choque explica por qué la conversación deriva tan rápido hacia el público. Se habla de canis con traje y corbata, de gente que no sabe vestir el traje, de guiris que se lo pasan bien sin enterarse de nada. La Feria, que se presume local, se ha llenado de visitantes que la consumen como parque temático. Y los locales, dicen, han empezado a irse.
¿Es la Feria de Sevilla o es cualquier feria de España?
Aquí está el giro interesante. Varios mensajes sostienen que esto no es un problema de Sevilla, sino del modelo: cualquier aglomeración de gente joven, alcohol y música acaba igual. Las ferias de otras ciudades, las verbenas, los carnavales, los botellones de barrio. La conclusión que se repite es que la Feria de Abril no se ha degradado sola, sino que se ha homogeneizado con el resto.
Frente a esa tesis, otra corriente defiende que la Feria siempre fue un poco paleta, un poco sucia y un poco excesiva, y que quien va esperando otra cosa se equivoca de fiesta. Hay incluso quien recuerda haber aguantado tres sevillanas antes de marcharse. La nostalgia, aquí, funciona en las dos direcciones.
El negocio de la queja
Mientras tanto, el asunto tiene una pata económica que casi nadie discute: la Feria mueve casetas, hostelería, transporte, alquileres y empleo temporal. Si el público cambia, cambia el negocio. Si el negocio cambia, cambia el barrio. Y si el barrio cambia, la queja se convierte en un lamento por una ciudad que ya no es la que era.
Lo que estos vídeos muestran, en el fondo, es una pelea por el relato. Unos ven decadencia. Otros ven una fiesta que siempre fue así. Y unos terceros ven, simplemente, el fin de semana de cualquier ciudad española con farolillos.