11-S, 2008 y COVID: los años en que se rompió el relato
En 2014, un incendio retransmitido en directo por internet desde Odessa —con víctimas mortales— sirvió a un forero para romper con la versión oficial de casi todo. Hasta ese momento, cuenta, casi defendía el Maidán. Lo que vio en la pantalla y lo que publicaron después las cabeceras le llevó a perder la fe en la especie. Ese fue, según su propia cronología, el momento en que salió de
Matrix.
La expresión viene de la película de 1999 y aquí significa algo muy concreto: dejar de dar por bueno lo que cuentan los medios. Sobre cuándo se produce ese corte hay más desacuerdo que certeza, y el calendario que resulta de las respuestas es, en sí mismo, el dato más llamativo.
Las fechas que más se repiten al hablar de salir de Matrix
El repaso devuelve una lista corta y muy concentrada. Llama la atención porque ninguna de esas fechas cae en un año tranquilo.
- Septiembre de 2000: una de las salidas más tempranas, antes de los grandes atentados y de internet masivo.
- 11 de septiembre de 2001: la más citada. Casi nadie la sitúa el día del ataque, sino la semana siguiente, al comprobar que todas las cadenas contaban lo mismo.
- 2005-2006: la alarma por el mal de las vacas locas, con un nivel de alerta mediática que, según varios relatos, no cuadraba con lo que luego ocurrió.
- 2008: la quiebra del sistema financiero. Aquí el despertar es económico antes que geopolítico.
- Marzo de 2009: el quinto aniversario de los atentados del 11-M.
- 2012: dos libros de autoayuda financiera y un cambio de perspectiva sobre el dinero.
- 2014: los sucesos de Odessa.
- 2020: la pandemia y la sensación de que el entorno se movía por consignas del día.
Hay una segunda capa en esas respuestas: el momento exacto importa menos que el proceso. Varios describen el despertar como una grieta que se abre despacio, con cada alarma sanitaria y cada experto televisivo diciendo simplezas sobre un asunto que uno domina. «Es como tocar el decorado, ver que es de cartón piedra, pero seguir en el escenario», resume uno. Alguien niega incluso que exista una salida: solo se toma conciencia de estar dentro.
El 11-S y el 11-M: cuando todas las cadenas cuentan lo mismo
Si existe un patrón común, es la desconfianza ante la uniformidad. Lo que rompe no es el atentado, sino comprobar que medios distintos publican la misma versión con las mismas palabras y en el mismo orden. Ese detalle, repetido en varias respuestas, pesa más que cualquier documento.
De ahí se salta con facilidad a tesis más extremas. Una corriente sostiene que la versión oficial del 11-S no se sostiene y que en las torres hubo explosivos; son afirmaciones que no cuentan con respaldo probatorio y que las investigaciones oficiales descartaron. En algunos relatos el empujón definitivo no fue un atentado, sino un documental,
Zeitgeist, que llegó a las pantallas domésticas y abrió la puerta a otra manera de mirar.
Con el 11-M ocurre algo parecido, con un añadido: quien dudó en voz alta aquella mañana dice haberse llevado insultos. La fecha que uno de ellos elige no es 2004, sino marzo de 2009, el aniversario redondo, cuando ya habían pasado cinco años y la versión seguía sin encajarles.
De las vacas locas al COVID: la desconfianza entra por la sanidad
El mal de las vacas locas se detectó en Reino Unido en 1996 y llegó a España años después, cuando internet aún no era lo que es hoy. La alarma anunciaba centenares de casos; los casos fueron muchos menos. Para una parte de los que hoy escriben sobre esto, aquello quedó grabado como un ejercicio de sensacionalismo preventivo.
La gripe A de 2009 ocupa un lugar central en las cronologías. Hay quien llegó a negar la existencia misma de la epidemia y a sostener que las vacunas perseguían otro fin; ninguna de esas afirmaciones está respaldada por la evidencia disponible. Lo que sí quedó fue el hábito de mirar con recelo cada alerta sanitaria: gripe aviar, ébola, y después el COVID.
La pandemia de 2020 funciona como acelerador final. Uno de ellos describe a familiares y conocidos comportándose como personajes no jugadores, repitiendo consignas del día sin leer un periódico ni encender la televisión. El diagnóstico se vuelve entonces colectivo, y también más incómodo: no saber si lo que rodea a uno son víctimas o cómplices. «Si ahora me dijeran que vivimos en una simulación, no me llevaría las manos a la cabeza», zanja uno de ellos.
2008 y 2010: la crisis y la primera nómina como despertador
Otra vía de salida no pasa por la geopolítica ni por la sanidad, sino por la cuenta corriente. 2008 enseña qué son las finanzas; 2010, con el primer empleo serio, enseña qué es la clase obrera. «Suficiente para ser un descreído», resume alguien que sitúa ahí su punto de no retorno.
El descubrimiento tiene una versión doméstica: trabajar los veranos desde adolescente, pasar por empresas, juzgados y hospitales, tener parientes en Hacienda o en la abogacía. El cálculo más pesimista que circula es que la gran mayoría de la gente no domina su propia profesión y que las nociones morales son aún más escasas que las técnicas.
Y luego está la puerta de entrada más inesperada: la estantería de autoayuda. Un libro sobre la suerte, otro sobre padres ricos y pobres, algún manual de seducción. Lo que se presenta como crecimiento personal acaba funcionando, en varios casos, como primera grieta en el relato: la idea de que las reglas que te contaron sobre el dinero y sobre la vida son justo las contrarias de las que operan en la realidad.
¿Se sale de Matrix o solo se toma conciencia de ella?
Frente al relato del despertar hay dos objeciones que reaparecen. La primera es que no existe salida posible: solo consciencia de estar dentro. La segunda es más incómoda: confundir el cinismo, la rareza o el hedonismo con haber salido. «Hedonismo puro y duro, sigues anclado a ella», se reprocha a quien presume de vida libre mientras solo persigue su propio interés.
Está también la burla hacia el gesto exhibicionista: quien presume de haber coleccionado multas y de no haber pisado nunca ciertos sitios recibe el mismo tratamiento que un personaje de cámara oculta. La sospecha es que la salida de Matrix, como etiqueta, se ha convertido en una forma más de vanidad.
Con las fechas sobre la mesa, el patrón salta a la vista: 2001, 2008, 2009, 2014, 2020. Ninguna en un año tranquilo. El calendario de las salidas de Matrix coincide, punto por punto, con el calendario de las grandes portadas.