Riazor vacío en un partido de fútbol femenino
El equipo femenino del Deportivo juega en Primera División y su campo, Riazor, presenta una imagen de graderíos casi desiertos, según el material del debate. La paradoja que se señala es que ese mismo estadio, con el equipo masculino en Segunda B, registraba entradas mucho mayores. La escena, captada en un partido contra el Athletic Club Femenino, ha reabierto el debate sobre la sostenibilidad económica del
fútbol femenino y su dependencia de la taquilla.
La taquilla que no cubre ni la luz
El primer mensaje del debate lo resume sin rodeos: «No da ni para pagar la luz con la taquilla». La afirmación, que puede sonar exagerada, se apoya en una realidad incómoda: mantener un estadio como Riazor encendido, con sus focos, su personal y sus gastos corrientes, exige un volumen de asistentes que la Primera División Femenina no está generando.
Cientos de personas trabajando para un evento que, según varios análisis, podría celebrarse en un campo de alevines sin perder nada esencial. La pregunta que sobrevuela es quién paga la diferencia.
¿Quién asume el coste de jugar en Riazor?
La respuesta, según el convenio citado en el debate, es el propio club. El Real Club Deportivo de La Coruña asume los costes de conservación y mantenimiento de las instalaciones, incluyendo césped, graderíos, vestuarios y oficinas, con la excepción del mantenimiento de las estructuras metálicas y las cubiertas. Es decir, el fútbol femenino no paga el alquiler de Riazor: lo subsidia la estructura del club. Eso no impide que la taquilla sea irrelevante para cuadrar cuentas, pero desmonta la idea de que cada partido femenino genera pérdidas directas por alquiler. El agujero está en otro sitio: en la diferencia entre lo que cuesta operar el estadio y lo que se recauda.
El fútbol femenino y la televisión pública
Uno de los argumentos más repetidos en el debate apunta a los derechos de emisión. Se sostiene que la televisión pública ha pagado por el fútbol femenino una cantidad muy superior a su valor de mercado, y que esas pérdidas acaban socializándose. La comparación con el fútbol masculino es inevitable: si la audiencia del femenino es una fracción de la del masculino, ¿por qué los derechos no reflejan esa diferencia? La respuesta que se da en el debate es que no se trata de mercado, sino de
agenda. Y que la factura la acaba pagando el contribuyente.
El argumento de la igualdad salarial
La discusión deriva rápidamente hacia la equiparación de salarios. Hay quien sostiene que las futbolistas deberían cobrar lo mismo que los hombres, y quien responde con una pregunta simple: si cobraran lo mismo, ¿estarían los estadios llenos? La conclusión que se extrae de los mensajes es que la igualdad salarial no puede sostenerse sobre una taquilla que no existe. El fútbol masculino genera ingresos por derechos, patrocinios y entradas que el femenino, hoy, no alcanza. La brecha no es una opinión: es una cuenta de resultados.
La comparación con Segunda B
El dato más repetido es el contraste con el equipo masculino. Cuando el Deportivo jugaba en Segunda B, Riazor registraba entradas notablemente superiores a las del equipo femenino en Primera. La paradoja es doble: el femenino compite en una categoría superior, pero convoca a menos público que el masculino en una categoría inferior. Eso alimenta la tesis de que el producto, hoy, no interesa. Y de que ninguna campaña de visibilización ha conseguido revertir esa realidad.
El debate sobre la imposición institucional
Una parte del análisis sostiene que el fútbol femenino se mantiene por imposición institucional, no por demanda real. Se argumenta que si un producto no convence al público, debería desaparecer o reestructurarse, en lugar de ser sostenido con dinero público. La contraargumentación, menos presente en el debate, sería que el fútbol masculino también recibe subvenciones indirectas y que la comparación de taquillas ignora décadas de inversión en el deporte masculino. El punto muerto es evidente: unos hablan de mercado, otros de igualdad, y nadie mueve su posición.
La escena de Riazor vacío no es un accidente. Es el resultado de una ecuación que no cierra: estadio grande, público pequeño, coste fijo alto y una taquilla que no cubre ni los focos. Mientras la brecha entre discurso y taquilla siga siendo esta, el debate no se apagará. Y el dato que descoloca no es cuánta gente va, sino cuánta gente iba cuando el equipo masculino jugaba en Segunda B.