La campeona de veteranas que quiere separar el ajedrez por sexos
El titular decía «campeona de España de ajedrez». El titular estaba mal. Mónica Calzetta es campeona del mundo femenina en categoría +50 —veteranas, entre mujeres— y quien ostenta el título nacional es Sara Khadem, que es iraní. El detalle no es una errata sin consecuencias: resume la confusión que arrastra el debate sobre por qué las mujeres rinden menos en el tablero, y que reaparece cada vez que alguien reclama competiciones separadas.
Calzetta lo ha reclamado. Su frase, tal como se ha difundido: «Me hacen el vacío». Reclama que los torneos no sean mixtos y pide campeonatos femeninos, al estilo del que ya existe en otros países europeos.
¿Por qué las mujeres tienen peores resultados en el ajedrez?
La pregunta no admite una respuesta única. Una de las explicaciones más repetidas pone el foco en la base:
muchas chicas abandonan el ajedrez en edad escolar y, simplemente, hay menos mujeres jugando. La consecuencia es aritmética. Menos base, menos probabilidad de que aparezca una élite. Y menos élite, menos referentes: si nunca ves a una jugadora ganando, ¿a quién quieres parecerte?
El contraargumento usa el mismo material. Hay quien sostiene que en toda la historia ha habido un solo caso de una mujer compitiendo de tú a tú en la cima absoluta, y eso sirve en las dos direcciones: como prueba de que es posible y como prueba de que es excepcional. Ahí la discusión se atasca.
Una mujer entre los 100 mejores de España, y no es española
Los números son tozudos. En el ranking de los cien primeros ajedrecistas de España hay
una sola mujer, y no tiene nacionalidad española. Cero españolas. La presencia internacional arriba no es un fenómeno menor: el segundo clasificado nacional es un ruso nacionalizado, el cuarto es argentino, y el quinto y el octavo también son rusos.
Hay además un dato incómodo sobre la propia protagonista: su
ELO nunca ha superado los 2400 puntos. Con ese nivel, se sostiene, un jugador varón no habría representado a España ni habría viajado por medio mundo a costa de federaciones y torneos. En categoría femenina ha disputado olimpiadas por equipos, europeos e individuales. Es el argumento más duro que circula: que la segregación no solo existe, sino que lleva décadas sosteniendo a jugadoras de nivel medio.
El paralelismo con el baloncesto: la altura no juega torneos aparte
La comparación más citada no es biológica, es estructural. En baloncesto, un jugador bajo lo tiene más difícil no por inferioridad alguna, sino porque el juego premia la estatura. Nadie organiza ligas separadas por altura. Trasladado al tablero: si las mujeres son menos y arrancan con desventaja de base, separar por sexo garantiza medallas a quien no las ganaría en igualdad.
Frente a eso, otra corriente insiste en que la división por sexos en el deporte siempre se justificó por diferencias físicas, y que en un juego de pura lógica esa excusa no existe. Si se separa, es por otra cosa. Y si no se separa, también se acusa de lo mismo.
Separar es machista; no separar, también.Silencio, concentración y cinco horas de partida
Aparece también el clásico argumento sobre la resistencia mental: aguantar horas de concentración sin abrir la boca. La versión seria apunta al entrenamiento físico residual que necesita un ajedrecista de élite y a que los preparadores personales no se pagan por gusto. La versión burra atribuye la diferencia a la capacidad de permanecer callada durante la partida, y hay quien recuerda en esa línea una respuesta de Vassily Smyslov, campeón mundial en los años cincuenta. La broma ha envejecido regular.
En sentido contrario circula una anécdota doméstica: una pareja juega al ajedrez gigante en un hotel caribeño, gana él y la relación empieza a resentirse justo ahí. La conclusión que se extrae, medio en serio, es que el problema no era el tablero.
La federación, el vacío y el interés que se desinfló
En el trasfondo hay algo menos noble que la epistemología. Se apunta a un conflicto con la federación: la petición de torneos femeninos serviría, entre otras cosas, para mandar en casa y ser la número uno del circuito. En deportes con pocas practicantes —artes marciales, por ejemplo— separar por sexos multiplica las opciones de medalla sin necesidad de ser la mejor en términos absolutos.
Y luego está la moda. Según el relato de algunos participantes, hace unos años una serie de televisión sobre una ajedrecista genial disparó las ventas de tableros y piezas. Duró lo que duran estas cosas: los juegos acabaron en las tiendas de segunda mano y el interés se apagó con ellos.
El ajedrez sigue siendo uno de los pocos juegos donde la pieza más poderosa del tablero es la dama. Empieza a moverse cuando todo lo demás ya está colocado. Gana partidas enteras. Y nunca ha necesitado cuotas para hacerlo.