Cuatro detenidos por matar a tiros a un vecino de Benetússer
¿Qué hace falta deber para recibir dos balazos por la espalda a cien metros de tu propio portal? La pregunta quedó flotando la noche en que
David Giménez, de 32 años, vecino de Benetússer y conocido como
el Zobe, salía de casa camino de la discoteca Spook, en Pinedo, para ver pinchar al DJ Richie Hawtin. No llegó. Le abatieron de al menos dos disparos en plena calle, junto a su domicilio y a un paso del retén de la Policía Local. Lo que empezó como un suceso de madrugada terminó con cuatro detenidos.
Quién era David Giménez, el joven asesinado en Benetússer
Trabajaba como carpintero en la empresa de su padre y había desempeñado también labores de chef de cocina. Entre sus aficiones, la música electrónica y los grafitis: hay rastro de piezas suyas en vagones de tren de
2008, cuando tendría 17 o 18 años. Quienes le conocían insistían en que atravesaba una buena época y estaba ilusionado con proyectos nuevos, y se acercaron esa misma noche al lugar de los hechos, incrédulos. La Guardia Civil, en cambio, miraba en otra dirección desde el primer día: un posible
ajuste de cuentas por una deuda de drogas, porque el fallecido era consumidor.
Esa doble versión nunca llegó a cerrarse. El entorno hablaba de un chaval que intentaba recomponerse; la investigación, de un consumidor con deudas en un mercado que no concede tregua. Entre ambas, un dato incómodo: la víctima había pasado por las dos orillas del mismo negocio.
El móvil del crimen: una mochila con pastillas de éxtasis
La hipótesis inicial —cobrar lo que se debía— se fue desdibujando conforme avanzó la instrucción. Según las informaciones publicadas, los presuntos autores del homicidio
pretendían apoderarse de las pastillas de éxtasis que la víctima llevaba en una mochila. No era, por tanto, el ajuste de cuentas clásico, sino un atraco que acabó a tiros por la espalda.
El matiz no es menor. Un traficante ejecutado por impago es una historia previsible; un consumidor con una mochila de drogas que acaba muerto en la calle es otra cosa. Si alguien recibe dos disparos por unas pastillas, la pregunta inevitable es cuánto cargaba encima para que mereciera la pena matarlo. La respuesta no está en el sumario, pero la escena —de espaldas, sin margen de reacción— dice bastante.
¿Por qué se mata a un consumidor por una deuda de drogas?
Porque en el mercado negro no existen tribunales de cobro y el impago se resuelve con criterios propios. Es el razonamiento que repiten quienes analizan estos sucesos: la ilegalidad elimina cualquier vía de reclamación y deja la fuerza como único contrato. De ahí que las deudas pequeñas no suelan acabar a tiros, y que cuando acaban así se dé por hecho que la cantidad no era pequeña, o que simplemente había algo que robar.
Alrededor de esta lógica aparecen dos lecturas opuestas. Una sostiene que quien entra en ese mundo acepta sus reglas y sus consecuencias. La contraria subraya que ninguna deuda justifica una ejecución y que el problema de fondo es un mercado clandestino que reparte beneficios y cadáveres. Entre una y otra no hay término medio: o se mira a la víctima o se mira al sistema.
De la hipótesis inicial a los cuatro detenidos
La investigación avanzó rápido. El caso dejó de ser especulación cuando se anunció la detención de
cuatro personas por el crimen. Uno de los arrestados reconoció ante el juez que fueron a robarle droga, según los medios que siguieron el expediente. La descripción —ir a por la mochila, no a saldar una cuenta pendiente— encaja con la escena: un hombre abatido a las puertas de su casa, de espaldas, sin opción de defenderse.
Aquí sigue abierto el desencuentro entre el relato oficial y el del entorno de la víctima. Unos ven un ajuste de cuentas en toda regla; otros, un robo que se torció. El sumario, en desarrollo, mantiene vivas ambas hipótesis mientras los detenidos aguardan el avance de la causa.
Del suceso al debate sobre la seguridad nocturna en Valencia
El crimen no se quedó en suceso aislado. Alimentó una conversación más amplia sobre la seguridad de noche en Valencia y su área metropolitana, avivada por otras agresiones con arma blanca registradas en la calle Eugenia Viñes y en el Pont 9 d'Octubre, con heridos trasladados a distintos hospitales. Hay quien sostiene que la capital se ha vuelto más peligrosa al caer la noche; otros recuerdan que el Carmen y las zonas de marcha llevan décadas siendo lo que son.
El cinismo como respuesta: la sociedad del bienestar
No faltaron las lecturas ácidas. Una parte del comentario usó el caso para ironizar sobre el relato de
la sociedad del bienestar, como si un homicidio callejero desmintiera cualquier discurso oficial sobre seguridad y progreso. Otra corriente, más fría, lo redujo a contabilidad: deuda no pagada, consecuencia esperada. Frente a los mensajes de condolencia aparecen los del
se lo buscó y el «uno menos», que tratan la muerte violenta como un ajuste contable. Y en medio, la zona gris:
Spook, escenario de la noche truncada, sigue abierta.
Al final, David nunca llegó a ver a Richie Hawtin. La justicia dirá si le mataron por una deuda o por una mochila llena de pastillas. Lo único comprobable es que, en Benetússer, cruzar el portal de casa costó más que cualquier entrada de discoteca.