El Pentágono admite que China puede hundir sus portaaviones en 20 minutos
El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, ha reconocido que los misiles hipersónicos de Pekín pueden destruir toda la flota de portaaviones estadounidense en apenas 20 minutos. La afirmación, lejos de ser una bravata, procede del propio jefe del Pentágono y coincide con informes militares que sitúan el despliegue del DF-ZF, un vehículo planeador hipersónico capaz de alcanzar Mach 10 (12.348 km/h) y de transportar cargas nucleares. La prueba clave ocurrió en agosto de 2021: un misil circunnavegó la Tierra antes de impactar en un objetivo dentro del territorio chino, confirmando un sistema que, según un oficial de la Marina, «no tenemos capacidad para detectarlo o interceptarlo con la tecnología actual».
Qué son los misiles hipersónicos DF-ZF y por qué preocupan al Pentágono
El DF-ZF no es un misil balístico convencional. Se trata de un vehículo planeador que vuela a velocidad hipersónica siguiendo una trayectoria impredecible, lo que dificulta su detección por los radares de alerta temprana y su interceptación por sistemas como el Aegis o el THAAD estadounidenses. A esto se suma el sistema de ataque orbital fraccionado (FOBS), una tecnología que la URSS abandonó en los años 70 por su complejidad y que
China ha recuperado para lanzar cargas nucleares desde órbita terrestre baja, evitando así los radares tradicionales. «Es un salto cualitativo: combinar hipersónico con FOBS da a China una capacidad de primer golpe nuclear creíble», señala un informe del Congressional Research Service citado por el Pentágono. La ventaja china, según los expertos, se ha consolidado en las dos últimas décadas.
El portaaviones como arma obsoleta: el debate estratégico
La discusión sobre la utilidad del portaaviones en un conflicto moderno no es nueva, pero el reconocimiento de Hegseth le da un peso distinto. Hay quien sostiene que estos buques siguen siendo una herramienta de proyección de fuerza insustituible: una base aérea móvil que permite operar fuera del alcance de bases terrestres y con mayor capacidad de combate que aviones que dependan de cisternas. En contra pesa el argumento de que los misiles antibuque modernos, y en particular los hipersónicos, convierten a estos buques en blancos vulnerables. Según un participante del debate, el propio secretario de Defensa habría reconocido la ventaja táctica china y sugerido que es mejor reemplazarlos por submarinos menos detectables y con capacidad nuclear. La historia reciente avala cierto escepticismo: en las Malvinas, hace más de cuarenta años, cinco misiles Exocet argentinos bastaron para reventar tres buques de la Royal Navy. Si hubiesen tenido una veintena y el software completo, el resultado habría sido catastrófico para la flota británica.
El paralelismo con las Malvinas y el Mar Negro
La comparación con las Malvinas no es gratuita. En 1982, los argentinos demostraron que un país con medios limitados podía infligir daños severos a una marina de primera línea. Cuatro décadas después, en el Mar Negro, la flota rusa se ha visto obligada a retirarse tras perder varios buques ante ataques con misiles y drones, y actores no estatales como los hutíes han amenazado el tráfico marítimo internacional. La lección es clara: la era de los grandes buques como símbolo de poder incontestable está en cuestión. Lo que ha cambiado es la velocidad y la capacidad de penetración de los misiles. Un portaviones puede ser detectado y atacado antes de que sus defensas reaccionen.
¿Es esto propaganda para aumentar el gasto militar?
Una parte del análisis sostiene que el reconocimiento de Hegseth responde a la clásica estrategia de pedir más presupuesto. La secuencia es conocida: se alerta de una amenaza existencial, se filtra un informe, y el Congreso aprueba un aumento del gasto en defensa. El secretario de Defensa ha declarado que la única forma de solucionar la brecha es gastando otro billón de dólares en armas. No es un argumento desdeñable. Sin embargo, la existencia de los DF-ZF y del FOBS no es una invención: los ensayos están documentados y los informes del Pentágono son consistentes. Otra cosa es que la alarma sirva para justificar un rearme que beneficia a la industria militar estadounidense.
Qué puede hacer Estados Unidos ante esta amenaza
La respuesta estadounidense pasa por desarrollar sus propios misiles hipersónicos y por reconfigurar su flota. Los submarinos, menos detectables y con capacidad nuclear, aparecen como la alternativa más lógica a los portaaviones en escenarios de alta intensidad. Pero el problema no es solo tecnológico: es de doctrina. Durante décadas, el poder naval estadounidense se ha basado en la superioridad de sus grupos de combate. Si esa superioridad se erosiona, la estrategia global de Washington necesita una revisión profunda. Mientras tanto, China sigue botando portaaviones, lo que algunos interpretan como una señal de que Pekín no da por muerto el arma, sino que la adapta a sus propios fines.
La pregunta ya no es si un portaaviones puede ser hundido, sino cuánto tiempo tardará en dejar de ser el centro de la estrategia naval.