Octubre no trae el crash: el oro sube y el crédito se tensa
Doce señales de alarma y ninguna explosión. El desplome de las criptomonedas se ha llevado por delante 19.000 millones, el oro cotiza disparado, los bancos medianos estadounidenses caen en bolsa y la morosidad y el gasto a crédito se disparan. Sin embargo, el sistema sigue en pie. La pregunta que recorre los análisis no es si hay grietas, sino cuánto aguanta la fotocopiadora antes de que alguien note que el papel se acaba.
El diagnóstico más repetido apunta a una crisis de liquidez que, a primera vista, suena contradictoria: si los bancos centrales pueden imprimir sin límite, ¿cómo va a faltar dinero? La respuesta que se impone es que la liquidez no desaparece, se atasca. El crédito privado, el
shadow banking y los préstamos opacos entre entidades no reguladas concentran el riesgo donde nadie mira. Fitch cifra en 1,2 billones de dólares los préstamos de bancos tradicionales a instituciones no reguladas en Estados Unidos, casi el 10% del total y creciendo un 11% anual.
Los bancos medianos y el agujero del crédito opaco
Las acciones de entidades como Jefferies Financial Group, Western Alliance y Bank Corporation se han desplomado entre un 10% y un 13%, reavivando el fantasma de Silicon Valley Bank y First Republic. El miedo no es tanto a una quiebra concreta como a la repetición de un patrón: préstamos incobrables que nadie ve hasta que revientan.
La tensión en la liquidez interbancaria se mezcla con bancarrotas sonadas en el crédito privado, como las de Fair Brands y Tricolor Brand. El resultado es un cóctel que algunos analistas leen como alarmismo puntual y otros como la antesala de algo mayor. Los datos positivos, como el bajo
spread en el
high yield, no terminan de compensar la sensación de que el suelo se mueve.
El oro como termómetro del miedo
Mientras la renta variable se tambalea, el oro se dispara. El metal precioso funciona como refugio clásico, pero también como arma geopolítica: China lo acumula para atacar la hegemonía del dólar. Las colas para comprar oro físico en Bangkok, Sídney y Londres no son una anécdota, son una señal de que una parte del dinero prefiere salir del sistema antes que confiar en él.
El dólar, por su parte, se degrada vía impresión y deuda. Quienes defienden la continuidad del mercado sostienen que el petróleo y la energía barata alimentarán los centros de datos de la inteligencia artificial, que las empresas tecnológicas siguen despidiendo para engordar márgenes y que, en cuanto se arreglen los problemas de tierras raras y se recorten los tipos, Estados Unidos saldrá disparado dopado de moneda fiat.
Bitcoin: de inversión a apuesta intervenida
El bitcoin ha dejado de ser un activo libre. La entrada de BlackRock por un lado y del sector Trump MAGA por otro lo ha convertido en un mercado totalmente intervenido, según la tesis más repetida. Grandes posiciones en corto, amenazas arancelarias y anuncios que quedan en nada generan pánico artificial para que los tiburones compren barato.
La ludopatía está bien diagnosticada en psiquiatría, y lo que se hace con bitcoin ya no es invertir, es apostar. El desplome y la liquidación de traders de altcoins dejó una sensación de falta de clemencia. No hay piedad en el mercado, solo peces pequeños engordando para el banquete de los grandes.
España: vivienda, IMV y autónomos en el punto de mira
El cuadro doméstico no ayuda. Acceder a una vivienda a un precio acorde al salario es imposible, el transporte público está saturado y defectuoso, y las cuotas de autónomos suben mientras se extiende la idea de que se gana más con el Ingreso Mínimo Vital que trabajando. Los beneficiarios del IMV se han disparado a 3 millones, según el planteamiento del debate, y la crisis de liquidez se cuela en cada conversación sobre morosidad y gasto a crédito.
La inmigración masiva y las regularizaciones se cuelan en el debate con acusaciones de buscar votantes, un argumento que se lanza sin pruebas y que conviene tratar como lo que es: una opinión política, no un dato. Lo que sí es un dato es que el malestar económico se traduce en tensión social.
¿Cuánto puede aguantar el sistema?
La respuesta más repetida es que aguantará mientras la fotocopiadora eche humo. El día que pare, la función será memorable. Otros recuerdan que en la Guerra Civil, con el frente en Madrid, las terrazas estaban a rebosar mientras moría gente diez manzanas más allá. La normalidad aparente no es señal de salud.
Hay quien sostiene que esto puede reventar en cualquier momento, como en 2018. Otros creen que nunca revienta del todo, que los bancos centrales siempre encuentran margen y que España, en cualquier caso, tardará más en salir que el resto. El pesimismo estructural se ha convertido en una forma de lucidez.
Al final, la pregunta no es si octubre traerá el crash. Es si alguien sabrá distinguir el crash del ruido cuando llegue.