Conquistar Andalucía: una bravata con la economía en contra
¿Conquistar Andalucía? La sola idea provoca sonrisas, pero el eslogan ha recorrido un sector de la esfera pública como un dardo envenenado. La historia, además, juega malas pasadas: fue un rey castellano quien proyectó la invasión del norte de África, no al revés. Fernando III, tras tomar Sevilla en 1248, preparó una expedición para cruzar el Estrecho y cortar el flujo de guerreros que llegaban del Magreb. La muerte le sorprendió el 30 de mayo de 1252, con el plan sobre la mesa. Ocho siglos después, la supuesta intención marroquí de hacer el camino inverso suena a caricatura.
Los datos económicos desmontan cualquier fantasía: la economía marroquí es una fracción de la andaluza, su tejido productivo depende de los acuerdos con la Unión Europea y España, y ningún país inicia una invasión contra su principal socio comercial. La interdependencia es tal que una crisis bilateral ya cuesta miles de millones en exportaciones, turismo y energía. Quien habla de conquista debería primero explicar cómo piensa pagarla.
La lección de la historia para las bravatas actuales
La ironía histórica, sin embargo, deja una lección: los imperios se evaporan, y las rutas del Estrecho han visto pasar ejércitos en ambas direcciones. Por ahora, el único cruce masivo real es de migrantes en pateras, un drama que ninguna retórica conquistadora va a resolver. Con estas premisas, la bravata se desinfla sola. Pero conviene vigilar cómo se alimenta de tensiones reales en las relaciones bilaterales, porque lo que empieza como un chiste puede acabar condicionando políticas.