Europa empuja el plan privado mientras el relato de las pensiones se agrieta
La comisaria europea de Servicios Financieros,
Albuquerque, presentó el nuevo plan de la UE para prestaciones complementarias y soltó la frase que ha removido el avispero: depender solo de la pensión pública «puede exponer a una situación de vulnerabilidad financiera en la vejez». Traducido: el sistema que llevas décadas financiando con tu nómina no te va a bastar. Y la baja contratación de planes privados en España, añadió, «aumenta el riesgo de una caída de ingresos en la jubilación». O sea, que la solución que te ofrecen es pagar dos veces.
El eco de aquel mantra —los millones de trabajadores que iban a llegar para sostener las pensiones— resuena ahora con otro tono. La conclusión que se impone en buena parte del análisis económico es incómoda: si el sistema ya no da, ¿para qué se trajo tanta mano de obra?
La inmigración como supuesto pagapensiones: de dónde sale el relato
Durante años, el argumento oficial fue mecánico: cada trabajador que entra al sistema cotiza, y esas cotizaciones sostienen a los jubilados. El problema, señalan las voces más críticas, es que la ecuación nunca cuadró. Para pagar pensiones hacen falta
trabajadores y salarios, y en España los salarios llevan estancados desde hace décadas. Un asalariado mileurista apenas aporta al sistema, y si además su empleo es temporal, precario y a tiempo parcial, la aportación neta puede ser negativa cuando se suman sanidad, educación y ayudas.
Hay quien sostiene que el verdadero efecto de la llegada masiva de mano de obra fue otro:
diluir el crecimiento económico y presionar los salarios a la baja. Con un mercado laboral más abundante, el poder negociador del trabajador autóctono se desploma. Es el argumento del dumping salarial que se repite en los análisis más duros: la inmigración no vino a pagar pensiones, vino a abaratar el coste del trabajo.
¿Cuánto aporta realmente un repartidor en bicicleta al PIB?
El debate sobre las cifras tiene un protagonista inesperado: el reparto a domicilio. Se argumenta que buena parte del empleo creado en la última década es de bajísima productividad. Un mensajero en bicicleta que lleva un bocadillo a casa de otro no crea riqueza, solo traslada el consumo de un sitio a otro. El que crea riqueza es el que cría el trigo, el panadero, el matadero. El reparto, en cambio, engorda el
PIB sin añadir valor real.
Ese es el núcleo del escepticismo: medir el crecimiento por el número de transacciones es engañoso. Si antes se comían veinte millones de barras de pan al día y ahora treinta, el PIB sube, pero la productividad por habitante puede caer. Y con ella, la capacidad de sostener un sistema de pensiones que depende de la masa salarial, no del número de habitantes.
Los planes privados, el nuevo mantra: ¿quién gana con el cambio de relato?
La recomendación europea de contratar planes privados tiene su propia letra pequeña. Los planes de pensiones individuales están avalados por nadie, tienen comisiones que se comen la rentabilidad y su rendimiento depende de mercados que no controlas. Hay quien compara su riesgo con el de las criptomonedas, y no del todo en broma. La diferencia es que las criptomonedas no te las vende un banco con el respaldo de Bruselas.
El beneficiario evidente del cambio de relato es la banca. Si el mensaje oficial pasa de «tu pensión está garantizada» a «tendrás que complementarla», el negocio de los fondos de pensiones privados se multiplica. No es una conspiración: es aritmética comercial. El problema es que el ahorrador medio español no tiene margen para aportar a un plan privado después de pagar hipoteca, comida y facturas.
El envejecimiento y la trampa del sistema de reparto
El sistema español es de reparto: los cotizantes de hoy pagan las pensiones de hoy. Funciona mientras la base de cotizantes crezca más rápido que la de pensionistas. En España, la pirámide demográfica lleva décadas invertida. La tasa de natalidad está por los suelos y la esperanza de vida sube. El resultado es una ecuación que solo cuadra con más cotizantes o con pensiones más bajas.
La vía de los más cotizantes ya se intentó. La vía de las pensiones más bajas es la que nadie quiere decir en voz alta. Y la tercera vía, la que ahora se abre paso desde Bruselas, es que cada uno se busque la vida con un plan privado. Es decir, socializar la pérdida y privatizar la solución.
¿Qué pasa si el sistema quiebra? El escenario que nadie quiere nombrar
En los análisis más pesimistas se baraja un escenario que hace unos años sonaba a ciencia ficción: que el sistema no pueda pagar las pensiones prometidas y que el ajuste se haga por la vía de los hechos, con pensiones congeladas o recortadas. La vivienda pagada se convierte entonces en el último colchón. Quien no la tenga, lo tiene crudo.
La pregunta que sobrevuela todo el asunto es la más simple y la más incómoda: si el sistema ya no da para pagar las pensiones, si los salarios no suben, si la vivienda es inalcanzable y si el trabajo disponible es precario, ¿en qué exactamente hemos ganado con esta década de crecimiento poblacional? La respuesta, por ahora, no la tiene nadie.