Lo que el código de barras no dice sobre el origen de la comida
¿De dónde viene lo que compras? La pregunta parece ingenua hasta que uno se para en el pasillo de las conservas y lee la letra pequeña. Código de barras español, marca de toda la vida y, según relatan varios participantes,
un «producto de Marruecos» troquelado en la lata que no se ve hasta sacarla de la caja. En el mismo hilo se citan espárragos de marca nacional fabricados en China y caballa en aceite con sello español y enlatada en Colombia. El mapa de la cesta de la compra se ha movido sin avisar, y la sospecha que recorre la conversación es que el etiquetado colabora en que no se note.
¿El código de barras indica dónde se ha fabricado un producto?
No, y ahí arranca casi todo el desconcierto. El código de barras identifica a la empresa que comercializa, no el país donde se elaboró el alimento, de modo que conviven latas con prefijo español y origen extranjero sin que ninguna norma se incumpla. Para los productos de origen animal —leche, yogur, quesos, carne fresca, embutidos y huevos— la normativa europea sí obliga a mostrar un
sello ovalado con el país arriba, el número de fabricante en el centro y las siglas CE. Es el único atajo realmente fiable. Se advierte, además, de que algunas cadenas colocan distintivos de fabricación propia que imitan ese óvalo y confunden al comprador, así que conviene desconfiar de todo lo que no sea el sello oficial.
Por qué una conservera gallega acaba produciendo en Marruecos
Según sostiene un participante, la factura energética pesa más que el salario. El argumento que más se repite es que la electricidad cuesta menos, que las figuras fiscales ligadas a emisiones son más livianas y que la burocracia tiene menos capas. Varias conserveras gallegas atraviesan dificultades y algunas han optado por producir al otro lado del Estrecho para no cerrar, según se asegura desde el propio sector industrial. La mano de obra cuenta, pero menos de lo que sugiere el tópico.
Sobre todo el conjunto planea otra cifra que aparece en la conversación para explicar el atasco:
8.132 ayuntamientos, 38 diputaciones provinciales y 17 comunidades autónomas con sus parlamentos y gobiernos. Es una forma tosca de decir que producir aquí sale caro por acumulación de capas, no por una sola.
No es solo Mercadona: DIA, Ahorramas, Lidl o Carrefour
El reproche apunta a la cadena con más cuota de mercado porque es la más visible, pero la queja se extiende a toda la distribución. Varios participantes sostienen que en DIA, Ahorramas, Alcampo, Lidl y Carrefour el patrón se repite, y hay quien afirma que en alguna de esas cadenas
más de la mitad del surtido es de origen marroquí aunque el código de barras sea español. Ese tipo de afirmaciones se lanzan en el intercambio sin verificación posible, así que tómense como lo que son: percepciones de comprador, no auditorías.
El contraste con otros países se usa como espejo. En Francia, se asegura, el consumidor comprueba de forma casi automática si el producto es francés antes de meterlo en el carro. Aquí, la costumbre sería la contraria.
El campo pide que se aclare el origen en la etiqueta
La reclamación no llega solo de los pasillos. La patronal agraria de Córdoba, a través de su presidente Ignacio Fernández de Mesa, dirigió una carta a Juan Roig pidiendo mayor claridad en las etiquetas de los productos. El resumen de su argumento cabe en una frase:
«el consumidor piensa que compra producto español». Ahí está el nudo del asunto, más en la percepción que en la procedencia legal.
Los kilómetros que no salen en la etiqueta
Hay un coste invisible que nadie repercute en el ticket: el transporte. Un producto que recorre media Europa en camión o cruza el Mediterráneo en barco suma emisiones y consumo que no aparecen en ningún lineal. Se comenta con retintín que la mercancía lleva más viaje que muchos compradores y que, sin embargo, el discurso climático se reserva para el coche particular.
Hay quien encuadra todo esto en una tendencia mayor: llenar el campo español de placas solares mientras la agricultura se traslada al sur. Suena exagerado. No tanto como para dejar de mirar la etiqueta la próxima vez.
Al final, el dato que descoloca no es que haya producto marroquí, chino o colombiano en el carro. Es que
muchos compradores dicen no saberlo y el etiquetado tampoco parecía tener prisa en contarlo. Cuando alguien pregunte por qué se compra a ciegas, la respuesta estará en la letra pequeña. Y esa, por diseño, sigue siendo pequeña.