Abascal «entiende y respeta» los aranceles de Trump a Europa
Hay una forma muy sencilla de saber si un dirigente europeo ha entendido el tablero o sigue jugando al parchís: preguntarle por los aranceles de Trump. Santiago Abascal ha respondido con un «entiendo y respeto» que, traducido al castellano de la calle, significa que el líder de VOX no piensa ponerse del lado de Bruselas cuando Washington aprieta. La frase, corta y sin matices, ha encendido la mecha de una discusión que va mucho más allá del personaje: ¿defiende un político español los intereses de España cuando se alinea con quien nos grava las exportaciones?
La respuesta no es unánime ni mucho menos. Y ahí empieza lo interesante.
Qué ha dicho exactamente Abascal y por qué importa
El líder de VOX ha expresado que «entiende y respeta» la política arancelaria de la administración estadounidense contra los productos europeos. No es una condena, no es una reserva, no es un «pero». Es una aceptación. Y en un contexto en el que la UE se enfrenta a un paquete de gravámenes sobre sus exportaciones, esa posición coloca a VOX en un lugar incómodo para el relato patriótico que el partido suele vender.
Porque aquí está la trampa: defender los intereses de España y aplaudir los aranceles que castigan a los productores españoles son dos cosas que no encajan bien en la misma frase. El sector del aceite de oliva, por ejemplo, exporta a EEUU un volumen que no se compensa con producción interna estadounidense. Un gravamen del 20% sobre ese producto no protege a ningún agricultor de Iowa: simplemente encarece la botella en el lineal y la hace menos competitiva frente a otros aceites.
El argumento de la realpolitik: cada uno defiende lo suyo
Hay una corriente de análisis que sostiene que Trump hace lo que haría cualquier presidente: defender los intereses de quienes le votaron. No le debe nada a España, no le debe nada a la UE, y actúa en consecuencia. Bajo esa lógica, el rey de Marruecos defiende los intereses de Marruecos y Trump defiende los de EEUU. Nadie se escandaliza por lo primero.
El problema de ese razonamiento es que confunde describir con justificar. Que Trump actúe según sus intereses no convierte automáticamente en acertado que un dirigente español lo aplauda. La pregunta pertinente no es qué quiere Trump, sino qué gana España cuando su clase política se divide entre los que negocian con Bruselas y los que hacen la ola desde la grada.
El coste real para los exportadores españoles
Los aranceles no son un gesto diplomático: son un impuesto que paga el importador y repercute en el consumidor final. Cuando EEUU grava un producto europeo, el exportador español tiene tres opciones: absorber el margen, subir el precio o buscar otro mercado. Ninguna es gratis.
En el caso del aceite de oliva, según un cálculo que circula en el debate, EEUU consume cientos de miles de toneladas al año y produce una fracción mínima de lo que necesita. El arancel no va a sustituir ese consumo por producción local: va a encarecer el producto un 20% para el comprador estadounidense. Quien sale perdiendo, en primera instancia, es el consumidor de allí. Pero el exportador español también pierde volumen si el precio se vuelve disuasorio.
La grieta entre el patriotismo de salón y la política comercial
Una parte del electorado de VOX ha expresado su desencanto con esta deriva. No por los aranceles en sí, sino por lo que revelan: un partido que se presenta como defensor de lo nacional y que, llegado el momento de la verdad comercial, se pone de perfil o directamente aplaude al que nos grava. La crítica no es nueva. Ya hubo quien dejó de votarles tras comprobar que las promesas de impugnar resultados electorales se quedaron en nada.
El argumento de la dirección del partido es que solicitar las actas y revisarlas era una tarea titánica que requería meses de dedicación exclusiva. Puede ser cierto. Pero el votante que se siente engañado no suele distinguir entre imposibilidad logística y falta de voluntad.
Qué defiende realmente VOX en política comercial
Si se repasa el programa, VOX defiende bajadas de impuestos, eliminación de subvenciones, control de fronteras y simplificación burocrática. En política comercial, la línea es más difusa. Alinearse con Trump en un momento de guerra arancelaria no es una posición liberal: es una posición geopolítica que prioriza la sintonía ideológica sobre el interés exportador.
Y ahí está el nudo: ¿puede un partido patriota aplaudir medidas que perjudican a los productores patrios? La respuesta depende de qué se entienda por patria. Si es un constructo cultural, cabe todo. Si es una economía real con empresas que venden fuera, el margen se estrecha.
La UE como chivo expiatorio y la autarquía como fantasía
En la discusión ha aparecido también el viejo fantasma de la autarquía. Hay quien sostiene que el periodo autárquico propició el posterior milagro económico y que España debería mirar menos a Bruselas y más a sí misma. El problema de ese relato es que confunde causa con coincidencia: el desarrollismo de los sesenta no vino del aislamiento, sino de la apertura y de los acuerdos con organismos internacionales.
Otros han señalado que salir del euro para volver a la peseta convertiría a España en un país con la relevancia monetaria de un pagaré de provincia. No es una exageración: el tamaño del mercado y la credibilidad de la moneda determinan el coste de financiación. Jugar a la autarquía en un mundo de cadenas globales es como apagar el router para ahorrar luz.
El elefante en la habitación: ¿a quién beneficia el arancel?
La pregunta que nadie responde del todo es a quién beneficia realmente este pulso. Trump dice proteger a su industria. Bruselas dice defender a la suya. Los exportadores españoles, mientras, miran el calendario. Y VOX, que podría haber usado la tribuna para exigir compensaciones o negociación, ha optado por el «entiendo y respeto».
Puede que sea coherencia ideológica. Puede que sea cálculo electoral. Puede que sea simple pereza intelectual. Lo que no es, desde luego, es una defensa cerrada de los intereses españoles en un conflicto comercial que nos afecta directamente. Y eso, en un partido que ha construido su marca sobre la defensa de lo nacional, es una contradicción que no se tapa con una pulserita.
¿Aguantará el relato patriótico el próximo arancel?