El 23S, el día del juicio final que nadie se cree
Cada cierto tiempo, una profecía apocalíptica se fija una fecha y un lugar. La última ronda sitúa un ataque nuclear sobre Nueva York el 23 de septiembre. La reacción, lejos de la alarma, ha sido una cascada de ironía: hay quien pide que se traslade a octubre porque «es más auténtico», quien recuerda que septiembre se solapa con octubre, y quien pregunta por qué no Londres.
El origen de la fecha es difuso. Las interpretaciones van desde lecturas bíblicas hasta bulos virales, pero ninguna fuente fiable respalda el augurio. En el ámbito económico, estos vaticinios suelen ignorarse: ni los índices de miedo ni los refugios de valor muestran movimiento por estas fechas. La historia demuestra que las profecías de fin del mundo fallan siempre, y que el único efecto tangible es el consumo cultural del desastre.
Lo curioso es que, en esta ocasión, la comunidad de analistas ha reaccionado con más humor que pánico. Las respuestas son un ejercicio de escepticismo práctico: se desmonta el día con argumentos de calendario y se cuestiona la geografía del ataque. Nadie parece dispuesto a cambiar su cartera por una amenaza sin respaldo.
El 24 de septiembre, como siempre, todo seguirá igual. La profecía se sumará a la lista de falsas alarmas, y los agoreros buscarán una nueva fecha. Mientras tanto, el único juicio final cierto es el de las audiencias de quienes viven de predecir el apocalipsis.