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Yo podría contar historias de bootcamp... Igual algún día escribo mis memorias.

Son todos unos chiringuitos de querida progenitora. Los dueños de esas empresas se están forrando.


Esto es como la fiebre del.oro, no se hicieron ricos los que fueron a buscarlo, si no los que vendían los materiales.

Los bootcamps son los que venden los materiales.


Por cierto y esto lo digo de primera mano, en algunos bootcamps lo que interesa es que los estudiantes no se estresesn, ni se frusten... Al final se baja el nivel y los alumnos salen sabiendo una guano.

Esa gente busca trabajo y claro no saben hacer la o con un cigarrillo de hierba y como van a encontrar un trabajo???


También he conocido gente de países como india, y Sudamérica que supuestamente tienen su carrera en computer science y sinceramente un fpero español posiblemente tenga más nivel que ellos. Es que no saben usar la logica
¿Cómo pretendes que sepan usarla? ¿Has visto sus países? Si ya en España se vive en un plano paralelo a la lógica, en especial todas las instancias oficiales (vas a sacarte el DNI que es obligatorio y te lo hacen pagar, etc) y eso nos penaliza respecto a otros que la tienen interiorizada porque no es algo que haya que estudiar sin aplicación alguna, sino que es "cómo funcionan las cosas".
 
Y yo soy de los que pienso que es más importante para un junior alguien que le eche agallas, dispuesto a aprender que la edad que tenga.

Anda que no hay mucho niñato llorón últimamente.

También mucho de 36 llorón, pero también he conocido a alguno con 50 que encontró curro de programador. Aunque no en España

Estoy de acuerdo contigo, por eso decía en otro post que si fuera reclutador haría si o si una prueba práctica, con eso ves lo que contratas, si resuelve activamente los problemas o sólo se queja... etc.
 
Tal vez tengan una parte de culpa indirecta los puro influencers de la programación tipo midudev por ejemplo y otros, que presumen en Linkedin de ir en ocasiones a letrinoamérica a conferencias de desarrollo de JavaScript y guano de estas y van de coleguitas de los desarrolladores.
¿Quien no me dice que los influencers de programación también van a las conferencias del letrinoamérica a promocionar las bondades de irse a España a trabajar en IT y de nuestro sistema de seguridad social tan generoso?

A mí hay algo de los influencers de programación que me da mal rollo que ya me empiezan a caer un poco rellenitos... 🙄

Es que lo hacen

Midudev en particular tiene un público principalmente letrino y sus consejos suelen ir orientados a la letrinada

Son los nuevos traficantes de esclavos del siglo XXI
 
Yo entre con 38 ya llevo 12 años viviendo cómodamente

El que ha escrito el artículo no tiene ni fruta idea

Empresas de guano edadistas tipo start up chupiguay no te cogerán con 35, pero tampoco quieres estar en esa guano de empresas
 
Es que lo hacen

Midudev en particular tiene un público principalmente letrino y sus consejos suelen ir orientados a la letrinada

Son los nuevos traficantes de esclavos del siglo XXI
Ya me parecia a mi....

En linkedin pública sus fotos de viajes cada 2x3, esta mucho por letrinoamerica de conferencias ... Posando en el aeropuerto, en los "breafing" o como se diga y en los desayunos letrinoamericanos...

Además creo que ha debido de dejar su trabajo de desarrollador en empresa... debe de vivir exclusivamente del influencismo picateclero.

El que me cae mejor es Victor Robles.
 
Última edición:
Leche, pero hace 12 años era el momento, incluso hace 8 años se colocaba uno con un Bootcamp. Parece que ahora está estropead la cosa para los juniors...
Puede ser, los bootcamps han hecho mucho daño, mucha gente que hay que filtrar, pero de todas formas yo partía con desventaja, todos mis compañeros eran jóvenes, hice un estudio rápido del mercado y vi que todos pedían 2 años de experiencia así que cuando acabe ese se convirtió en mi objetivo, además mire que frameworks estaban más de moda y cuales tenian la curva de aprendizaje más larga, con esto pretendía tener menos competencia, así que me vendí como fruta barata durante dos años, quien iba a rechazar a alguien por 500 euros al mes , a partir de los dos años ya eran ellos los que .e llamaban a mí, y cada años o dos años cambio de empresa y aumento de sueldo, ahora llevo de teletrabajo desde la esa época en el 2020 de la que yo le hablo metiéndome en la buchaca 3k limpios de pole y una manola con horario de 8 a 16.30 me ha dado tiempo a hacerme por las tardes un chalet con piscina , así que si lo buscas lo consigues pero tienes que moverte
 
Felicidades, te lo has currado, ¿qué tecnologías tocas para 3k limpios?

Por cierto, ¿hiciste FP?
Si hice dam, en front me metí nada más salir Angular 2 ,ahora creo que va por la 19 y en back empecé con symfony , en angular me he mantenido en back he tocado más , laravel, Python, Go Node y más que no recuerdo, ahora mismo solo toco front
 
Eso son chorradas. Por inducción, cualquier profesión "mental" debería caducar a los 30-35, cuando médicos, letrados, etc. banana viejas son muchas veces los más solicitados. De hecho, las profesiones mentales suelen ser las que precisamente, la experiencia y la edad suele contar más.

La realidad? Ha habido tal burbuja de desarrolladores que tienen oferta de sobras, y para coger un señor mayor, pillan a yogurines que traigan más y cobran menos, tan simple como esto.

Por lo visto de peña que se dedica al software, los desarrollos de los señor mayor suelen maltratar a los chavalines. Otra cosa es el "zuckerbergismo" del sector, donde los inversores quieren guapitos de 20 años para vender su porquería de start up (y a poco que se investigue, todas esas empresas chupi guays usabas han sido proyectos o empresas paraestatales que han colocado a un nerd post-adolescente para que colarse como triunfo del libeggqlismo GUSAno).
 

EL ESTIGMA DEL PROGRAMADOR

La profesión en la que caducas joven: "La regla no escrita es no contratar a mayores de 35"​

Una nueva investigación realizada con trabajadores de Barcelona, Silicon Valley o India muestra la percepción que existe sobre los empleados mayores en el sector tecnológico​


“Según nuestros entrevistados, los trabajadores de más de 35 se consideran ‘viejos’ en la industria tecnológica”, concluyen. “Se espera que sean jefes, se piensa que van a estar menos interesados en las nuevas tecnologías y que van a tener más problemas a la hora de aprender nuevo ‘software”. Esta discriminación por edad es una herencia oscura de la cultura juvenil de Silicon Valley. “Hemos hablado con trabajadores de todo el mundo, de grandes empresas y ‘startups’, y la regla nunca escrita es que no se contrata a un programador mayor de 35”.
en cualquier empresa hay esa regla, a partir de los 35 en España eres un cadaver para las empresas
 
Encuentro nocturno en La Sagra.



Antes de continuar su camino, Tomás Gómez se detuvo en la solitaria estación de gasolina.

-Aquí se sentirá usted bastante solo -le dijo al viejo.

El viejo pasó un trapo por el parabrisas de la camioneta.

-No me quejo.

-¿Le gusta La Sagra?

-Muchísimo. Siempre hay algo nuevo. Cuando llegué aquí el año pasado, decidí no esperar nada, no preguntar nada, no sorprenderme por nada. Tenemos que mirar las cosas de aquí, y qué diferentes son. El tiempo, por ejemplo, me divierte muchísimo. Es un tiempo sagreño. Un calor de mil malos en verano y un frío de mil malos en invierno. Y las escasas plantas y la lluvia, tan diferentes. Es asombroso. Vine a La Sagra a retirarme, y busqué un sitio donde todo fuera diferente. Un viejo necesita una vida diferente. Los jóvenes no quieren hablar con él, y con los otros viejos se aburre de un modo atroz. Así que pensé: lo mejor será buscar un sitio tan diferente que uno abre los ojos y ya se entretiene. Conseguí esta estación de gasolina. Si los negocios marchan demasiado bien, me instalaré en una vieja carretera menos bulliciosa, donde pueda ganar lo suficiente para vivir y me quede tiempo para sentir estas cosas tan diferentes.

-Ha dado usted en el clavo -dijo Tomás. Sus manos le descansaban sobre el volante. Estaba contento. Había trabajado casi dos semanas ayudando a establecerse a varios okupas en Lominchar y ahora tenía dos días libres e iba a una fiesta.


-Ya nada me sorprende -prosiguió el viejo-. Miro y observo, nada más. Si uno no acepta a La Sagra como es, puede volverse a Madrid. En esta comarca todo es raro; el suelo, el aire, los arroyos, los lugareños y los relojes. Hasta mi reloj anda de un modo gracioso. Hasta el tiempo es raro en La Sagra. A veces me siento muy solo, como si yo fuese el único habitante de esta comarca; apostaría la cabeza. Otras veces me siento como si me hubiera encogido y todo lo demás se hubiera agrandado. ¡Dios! ¡No hay sitio como éste para un viejo! Estoy siempre alegre y animado. ¿Sabe usted cómo es La Sagra? Es como un juguete que me regalaron en Navidad, hace setenta años. No sé si usted lo conoce. Lo llamaban calidoscopio: trocitos de vidrio o de tela de muchos colores. Se levanta hacia la luz y se mira y se queda uno sin aliento. ¡Cuántos dibujos! Bueno, pues así es La Sagra. Disfrútelo. Tómelo como es. ¡Dios! ¿Sabe que esas ruinas de Carranque tienen dieciséis siglos y aún están en buenas condiciones? Son veinte euros.. Gracias. Buenas noches.

Tomás se alejó por la carretera, riendo entre dientes.

Era un largo camino que se internaba en la oscuridad y la desolación. Tomás, con una sola mano en el volante, sacaba con la otra, de cuando en cuando, un caramelo de la bolsa del almuerzo. Había viajado toda una hora sin encontrar en el camino ningún otro automóvil, ninguna luz. La carretera solitaria se deslizaba bajo las ruedas y sólo se oía el zumbido del motor. La Sagra era una comarca silenciosa, pero aquella noche el silencio era mayor que nunca. Los secarrales giraban a su paso y el monte de Magán se alzaba contra las estrellas.




Esta noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del pole, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva, y una voz muy triste y unas gotas sucias que caen sobre cajas vacías y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? A la nieve que cae calladamente en una habitación oscura, a una película muda en un cine muy viejo, a cien millones de rostros que descienden como esos globitos de Año Nuevo, que descienden y descienden en la nada. Eso era el tiempo, su sonido, su olor. Y esta noche (y Tomás sacó una mano fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo.

La camioneta se internó en las colinas del tiempo. Tomás sintió unas punzadas en la nuca y se sentó rígidamente, con la mirada fija en el camino.

Entró en una perecid aldea sagreña; paró el motor y se abandonó al silencio de la noche. Maravillado y absorto contempló los edificios blanqueados por las lunas. Deshabitados desde hacía siglos. Perfectos. En ruinas, pero perfectos.

Puso en marcha el motor, recorrió algo más de un kilómetro y se detuvo nuevamente. Dejó la camioneta y echó a andar llevando la bolsa de comestibles en la mano, hacia una loma desde donde aún se veía la aldea pole. Abrió el termo y se sirvió una taza de café. Un pájaro nocturno pasó volando. La noche era hermosa y apacible.

Unos cinco minutos después se oyó un ruido. Entre las ondulaciones, sobre la curva de la antigua carretera, hubo un movimiento, una luz mortecina y luego un murmullo.

Tomás se volvió lentamente, con la taza de café en la mano derecha.

Y asomó en las ondulaciones una extraña aparición.
Era una máquina que parecía un insecto de tonalidad verde jade, una mantis religiosa que saltaba suavemente en el aire frío de la noche, con diamantes verdes que parpadeaban sobre su cuerpo, indistintos, innumerables, y rubíes que centelleaban con ojos multifacéticos. Sus seis patas se posaron en la carretera, como las últimas gotas de una lluvia, y desde el lomo de la máquina un sagreño antediluviano de ojos de oro fundido miró a Tomás como si mirara el fondo de un pozo.


Tomás levantó una mano y pensó automáticamente:
¡Hola!, aunque no movió los labios. Era un sagreño. Pero Tomás había nadado en Navacerrada en arroyos azules mientras los desconocidos pasaban por la carretera, y había comido en casas extrañas con gente extraña y su sonrisa había sido siempre su única defensa. No llevaba armas de fuego. Ni aun ahora advertía esa falta aunque un cierto temor le oprimía el pecho.

También el sagreño tenía las manos vacías. Durante unos instantes, ambos se miraron en el aire frío de la noche.

Tomás dio el primer paso.

-¡Hola! -gritó.

-¡Hola! -contesto el sagreño en su propia lengua. No se entendieron.

-¿Has dicho hola? -dijeron los dos.

-¿Qué has dicho? -preguntaron, cada uno en su habla.

Los dos fruncieron el ceño.

-¿Quién eres? -dijo Tomás en .

-¿Qué haces aquí -dijo el otro en sagreño.

-¿A dónde vas? -dijeron los dos al mismo tiempo, confundidos.

-Yo soy Tomás Gómez,

-Yo soy Pompa de Mingo.

No entendieron las palabras, pero se señalaron a sí mismos, golpeándose el pecho, y entonces el sagreño se echó a reír.
-¡Espera!

Tomás sintió que le rozaban la cabeza, aunque ninguna mano lo había tocado.

-Ya está -dijo el sagreño en español-. Así es mejor.

-¡Qué pronto has aprendido mi idioma!

-No es nada.

Turbados por el nuevo silencio, ambos miraron el humeante café que Tomás tenía en la mano.

-¿Algo distinto? -dijo el sagreño mirándolo y mirando el café, y tal vez refiriéndose a ambos.

-¿Puedo ofrecerte una taza? -dijo Tomás.

-Por favor.

El sagreño descendió de su máquina.

Tomás sacó otra taza, la llenó de café y se la ofreció.

La mano de Tomás y la mano del sagreño se confundieron, como manos de niebla.

-¡Dios mío! -gritó Tomás, y soltó la taza.

-¡En nombre de los Dioses! -dijo el sagreño en su propio idioma.

-¿Viste lo que pasó? – murmuraron ambos, helados por el terror.

El sagreño se inclinó para tocar la taza, pero no pudo tocarla.

-¡Señor! -dijo Tomás.

-Realmente… -comenzó a decir el sagreño. Se enderezó, meditó un momento, y luego sacó un cuchillo de su cinturón.

-¡Eh! -gritó Tomás.

-Has entendido mal. ¡Tómalo!

El sagreño tiró al aire el cuchillo. Tomás juntó las manos. El cuchillo le pasó a través de la carne. Se inclinó para recogerlo, pero no lo pudo tocar y retrocedió, estremeciéndose.

Miró luego al sagreño que se perfilaba contra el cielo.
-¡Las estrellas! -dijo.

-¡Las estrellas! -respondió el sagreño mirando a Tomás.

Las estrellas eran blancas y claras más allá del cuerpo del sagreño, y lucían dentro de su carne como centellas incrustadas en la tenue y fosforescente membrana de un pez gelatinoso; parpadeaban como ojos de tonalidad violeta en el estómago y en el pecho del sagreño, y le brillaban como joyas en los brazos.

-¡Eres tras*parente! -dijo Tomás.

-¡Y tú también! -replicó el sagreño retrocediendo.

Tomás se tocó el cuerpo, sintió su calor y se tranquilizó. «Yo soy real», pensó.

El sagreño se tocó la nariz y los labios.

-Yo tengo carne -murmuró-. Yo estoy vivo.

Tomás miró fijamente al fío.

-Y si yo soy real, tú debes de estar perecid.

-¡No! ¡Tú!

-¡Un espectro!

-¡Un fantasma!

Se señalaron el uno al otro y la luz de las estrellas les brillaba en los miembros como dagas, como trozos de hielo, como luciérnagas, y se tocaron otra vez y se descubrieron intactos, calientes, animados, asombrados, despavoridos, y el otro, ah, si, ese otro, era sólo un prisma espectral que reflejaba la acumulada luz de unos mundos distantes.

Estoy borracho, pensó Tomás. No se lo contaré mañana a nadie. No, no.

Se miraron un tiempo, de pie, inmóviles, en la antigua carretera.

-¿De dónde eres? -preguntó al fin el sagreño.

-De Madrid.

-¿Qué es eso?

Tomás señaló al norte.

-¿Cuándo llegaste?

-Hace más de un año.

-Jamás habíamos visto a nadie como tú.

-Ni yo a alguien como usted.

-Escúcheme. En La Sagra no vive nadie como usted hace casi dieciséis siglos. Así lo dicen las viejas leyendas que cuentan las viejas con olor a meado de lechón, diente torcido e descendiente petulante.

-No entiendo lo que dice. Voy a una fiesta en el Palatium, a orillas del Aquae Divergia . Allí estuve anoche. ¿No ve la villa?

Tomás miró hacia donde indicaba el sagreño y vio las ruinas.

-Pero cómo, esa ciudad está perecid desde hace siglos.

El sagreño o se echó a reír.

-¡Perecid! Dormí allí anoche.

-Y yo estuve allí la semana anterior y la otra, y hace un rato, y es un montón de escombros. ¿No ve las columnas rotas?

-¿Rotas? Las veo perfectamente a la luz de la luna. Intactas.

-Hay pole en las calles -dijo Tomás.

-¡Las calles están limpias!

-Los estanques están vacíos.

-¡Los estanques están llenos de vino de lavándula!

-Está perecid.

-¡Está viva! -protestó el sagreño riéndose cada vez más-. Oh, está muy equivocado ¿No ve las luces de la fiesta? Hay barcas hermosas esbeltas como muyer, y muyer hermosas esbeltas como barcas; muyer del tonalidad de la arena, muyer con flores de fuego en las manos. Las veo desde aquí, pequeñas, corriendo por las calles. Allá voy, a la fiesta. Flotaremos en las aguas toda la noche, cantaremos, beberemos, haremos el amor. ¿No las ve?

-Su ciudad está perecid como un lagarto seco. Voy a las urbanizaciones de Chozas de Canales. Es una colonia de madrileños desterrados por la burbuja. No puede ignorarlo. Las constructoras trajeron muchas toneladas de ladrillo y cemento y construyeron las dos urbanizaciones más espantosas que pueda imaginar. Esta noche festejaremos la okupación de un chalet. Llegan de Lavapiés un par de fragonetas que traen a nuestras muyer y a nuestras amigas. Habrá bailes, kalimotxo y Dyc…

El sagreño estaba inquieto.

-¿Dónde está todo eso?

Tomás señaló a lo lejos en varias direcciones.

-Allá están las luces nocturnas de los diferentes pueblos ¿Los ve?

-No.

-¡Maldita sea! ¡Ahí están! ¡El resplandor de Madrid se ve claramente!

-No.

Tomás se echó a reír.

-¡Está ciego!

-Veo perfectamente. ¡Es usted el que no ve!

-Pero ve el resplandor nocturno, ¿no es así?

-Yo veo una laguna, y con abundante agua.

-Señor, esa agua se evaporó hace siglos.

-¡Vamos, vamos! ¡Basta ya!

-Es cierto, se lo aseguro.

El sagreño se puso muy serio.

-Dígame otra vez. ¿No ve la ciudad que le describo? Las columnas muy blanca, las barcas muy finas, las luces de la fiesta… ¡Oh, lo veo todo tan claramente! Y escuche… Oigo los cantos. ¡No están tan lejos!

Tomás escuchó y sacudió la cabeza.

-No.

-Y yo, en cambio, no puedo ver lo que usted me describe -dijo el sagreño.

Volvieron a estremecerse. Sintieron frío.

-¿Podría ser?

-¿Qué?

-¿Dijo que «del Norte»?

-De Madrid.

-Madrid, ese nombre nada me dice -dijo el sagreño-. Pero… al subir por el camino hace una hora… sentí…



Se llevó una mano a la nuca.

-¿Frío?

-Sí.

-¿Y ahora?

-Vuelvo a sentir frío. ¡Qué raro! Había algo en la luz, en las ondulaciones, en el camino… -dijo el sagreño-. Una sensación extraña… El camino, la luz… Durante unos instante creí ser el único sobreviviente de este mundo.

-Lo mismo me pasó a mí -dijo Tomás, y le pareció estar hablando con un amigo muy íntimo de algo secreto y apasionante.

El sagreño meditó unos instantes con los ojos cerrados.

-Sólo hay una explicación. El tiempo. Sí. Usted es una sombra del pasado.

-No. Usted, usted es del pasado -dijo el madrileño.

-¡Qué seguro está! ¿Cómo es posible afirmar quién pertenece al pasado y quién al futuro? ¿En qué año estamos?

-En el año dos mil veinte.

-¿Qué significa eso para mí?

Tomás reflexionó y se encogió de hombros.

-Nada.

-Es como si le dijera que estamos en el año 1.123 Ab urbe condita. No significa nada. Menos que nada. Si algún reloj nos indicase la posición de las estrellas…

-¡Pero las ruinas lo demuestran! Demuestran que yo soy el futuro, que yo estoy vivo, que usted está perecid.

-Todo en mí lo desmiente. Me late el corazón, mi estómago siente hambre, mi garganta sed. No, no. Ni perecid, ni vivos, más vivos que nadie, quizá. Mejor, entre la vida y la fin. Dos extraños cruzan en la noche. Nada más. Dos extraños que pasan. ¿Ruinas dijo?

-Sí. ¿Tiene miedo?

-¿Quién desea ver el futuro? ¿Quién ha podido desearlo alguna vez? Un hombre puede enfrentarse con el pasado, pero pensar… ¿Ha dicho que las columnas se han segarro? ¿Y que la laguna está vacía y la acequias, secas y las doncellas perecid y las flores marchitas? -El sagreño calló y miró hacia la ciudad lejana. -Pero están ahí. Las veo. ¿No me basta? Me aguardan ahora, y no importa lo que diga.

Y a Tomás también lo esperaban los podemita, allá a lo lejos, y las urbanizaciones, y las muyer de Madrid.

-Jamás nos pondremos de acuerdo -dijo.

-Admitamos nuestro desacuerdo -dijo el sagreño-. ¿Qué importa quién es el pasado o el futuro, si ambos estamos vivos? Lo que ha de suceder sucederá, mañana o dentro de diez mil años. ¿Cómo sabe que esos templos no son los de su propia civilización, dentro de cien siglos, desplomados y en ruinas? ¿No lo sabe? No pregunte entonces. La noche es muy breve. Allá van por el cielo los fuegos de la fiesta, y los pájaros.

Tomás tendió la mano. El sagreño lo imitó. Sus manos no se tocaron, se fundieron atravesándose.

-¿Volveremos a encontrarnos?

-¡Quién sabe! Tal vez otra noche.

-Me gustaría ir con usted a la fiesta.

-Y a mí me gustaría ir a su urbanización y ver esas gentes de las que me habla, y oír todo lo que sucedió.

-Adiós -dijo Tomás.

-Buenas noches.

El sagreño voló serenamente hacia las ondulaciones en su vehículo de metal verde. El madrileño se metió en su camioneta y partió en silencio en dirección contraria.

-¡Dios mío! ¡Qué pesadillas! -suspiró Tomás, con las manos en el volante, pensando en los cohetes, en las muyer, en el Dyc, en las noticias del el bichito, en la fiesta.

-¡Qué extraña visión! -se dijo el sagreño, y se alejó rápidamente, pensando en el festival, en los canales, en las barcas, en las muyer de ojos dorados, y en las canciones.

La noche era oscura. La luna se había puesto. La luz de las estrellas parpadeaba sobre la carretera ahora desierta y silenciosa. Y así siguió, sin un ruido, sin un automóvil, sin nadie, sin nada, durante toda la noche oscura y fresca.
 
En España... En todas. Razón muy simple. A una edad estás de vuelta de todo. Te han dolido, engañado, explotado... Y vas a trabajar e irte. Nada de proactividad, entusiasmo y calabacines. Sabes que te van a exprimir y los compañeros herir con arma. Por eso quieren a gente joven.
 

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