El BOE agota el cambio de hora en 2026 y el reloj se queda en invierno
El último cambio de hora confirmado no deja a España en verano. La madrugada del
26 al 27 de octubre de 2024 los relojes retroceden de las tres a las dos, y el calendario oficial se agota en 2026. A partir de ahí, nada publicado. Eso significa una cosa muy concreta: el último estado del reloj sería el de
invierno, no el de verano. La primera vez que España movió la aguja fue en
1918; la práctica no quedó instalada de forma definitiva hasta
1974.
La confusión viene de serie. Se repite que 2026 es el último año con cambio de hora y que eso equivale a quedarse en horario de verano todo el año. No. El BOE solo ha confirmado los finales de horario de verano de los tres próximos ejercicios: octubre de 2024, octubre de 2025 y octubre de 2026. Quien lea de ahí hacia delante está apostando, no informando.
Qué fechas hay ya en el BOE y qué pasa después
El calendario publicado es corto y sin sorpresas. Tres cambios de octubre —2024, 2025 y 2026— y ninguna fecha más. Lo que ocurra en 2027 depende de que alguien decida publicarlo, y de momento nadie lo ha decidido. No es que se haya fijado un horario único por ley: es que el calendario se queda sin hojas y el reloj se detiene donde lo dejó la última orden.
De ahí salen dos lecturas enfrentadas del mismo documento. Una sostiene que el fin del cambio de hora está cantado y que media Europa lleva años dándole vueltas al asunto. Otra avisa de que este tipo de anuncios reaparecen cada temporada y que hasta ver la fecha impresa, nada. Las dos caben en el texto. Solo una cabrá en la realidad.
Por qué el final del calendario apunta al horario de invierno
El cambio de octubre es el que devuelve los relojes al horario de invierno. Si ese es el último movimiento que autoriza el BOE, el punto de llegada es el de invierno. Es el argumento más repetido: el elegido es el de invierno y no hay mucho más que discutir, porque sería el estado en que quedarían las manecillas por pura inercia administrativa.
La otra mitad de la balanza no lo ve igual. Fijar el horario de invierno implicaría que en verano amanecería una hora antes y anochecería una hora antes. Para quien sale de trabajar a media tarde y aún quiere rascar luz, eso suena a condena. Para quien madruga de verdad, a sentido común.
El reloj solar y las dos horas de desfase sobre el mapa
Aquí está el fondo del asunto. Con el horario de verano, España circula con más de dos horas de adelanto respecto a su hora solar. El ejemplo que más se repite es el de la distancia entre
Sevilla y
Moscú: una sola hora de diferencia entre dos puntos separados por medio continente.
Aberrante, dicen, para un país cuyo huso solo encaja con la hostelería y las terrazas.
El caso gallego remata la faena. Con horario de verano, en junio anochece a las once de la noche; con el de invierno, a las diez. Y no es lo mismo tener la tarde entera por delante que ver cómo se apaga el cielo justo cuando suena el timbre de salida. Ahí el debate deja de ser abstracto y se convierte en algo que se nota en la piel.
Amanecer a las 9:30 en Madrid si todo el año fuera verano
Si se fijara el horario de verano, a principios de enero en Madrid amanecería pasadas las
9:30 y en La Coruña pasadas las
10:00. Eso significa turnos de campo, obra y reparto que no pueden arrancar hasta media mañana durante buena parte del invierno. En la Comunidad Valenciana, a mitad de diciembre ya es de noche a las
17:30.
El contraargumento llega por la tarde. Con el horario de invierno, quien termina a las cinco se encuentra todo oscuro y sin margen para nada que no sea sofá. Y quien coge la bicicleta después de cenar en verano sabe lo que pierde. No hay horario que contente a los dos, y de ahí que la discusión se encone tanto como para discutir una vez al año.
Quién defiende cada horario y por qué
El reparto es bastante previsible. El horario de verano tiene su núcleo en la hostelería, el
turismo y quien no madruga: más luz al salir del trabajo, terrazas llenas hasta tarde, paseos y bici al final del día. El de invierno lo defienden quienes madrugan por obligación y quienes creen que el ritmo biológico debe ir pegado al sol.
En medio queda mucha gente que pide algo intermedio: mantener el cambio de hora, pero invertido —invierno en verano y verano en invierno— para no llevarse lo peor de cada versión. Y una corriente minoritaria propone lo más sencillo de todo: dejar el reloj quieto y que cada cual madrugue lo que le convenga. Menos decretos y más despertador.
La hora de Franco y el huso que arrastra España
Una parte del análisis sostiene que el huso horario español no responde a la geografía, sino a una decisión administrativa de
1940, adoptada en sintonía con una Europa que apostaba por la industria del ocio y el turismo de masas. De ahí que cada vez que se toca el tema reaparezca la etiqueta de
«la hora de Franco».
Conviene separar historia de ley: el horario que rija en 2027 no lo decide un decreto de hace ocho décadas. Pero el marco mental sí viene de ahí, y explica por qué medio país mira el reloj con la sensación de que va adelantado respecto al sol.
Con estos mimbres, lo razonable es esperar un calendario nuevo antes de que el actual se agote: desmontar el cambio de hora exige una decisión política que Europa lleva años sin tomar. También puede ocurrir lo contrario, que el silencio del BOE haga el trabajo solo. Si nadie publica nada, el horario de invierno se queda por defecto. Y nadie ha firmado todavía que sea esa la última hora del país.