Navidad y turrón: la guerra entre Suchard, Vicens y la chistorra
Nochebuena a base de chistorra, dos huevos fritos y patatas. La escena la describe sin rubor uno de los contertulios, y otro participante llega a preguntarle si aprovecha la grasa del embutido para freír el resto. En la acera de enfrente, un participante enumera cinco clases de turrón como favoritas y otro confiesa comer los suyos «en pequeñas dosis... cada hora». La Navidad española no admite término medio: se ama con fervor o se detesta con argumentos, y el terreno donde se libra la batalla es siempre la mesa. El menú se convierte así en termómetro del ánimo y en declaración de intenciones.
Los turrones favoritos: Suchard, Vicens y Jijona
Hay quien no concibe estas fechas sin el turrón Suchard, ese producto industrial que sabe a infancia y que muchos compran pese a reconocerle la categoría de cutre. Enfrente, los que prefieren el chocolate negro auténtico de Vicens, el blando de Jijona o los artesanos de yema tostada y pistacho adquiridos en pastelería. El de nata y nueces cierra la lista de los más citados, un dulce que lleva décadas en los supermercados y que ya compraban los padres de algunos de los que ahora lo reivindican.
El propio Suchard arrastra una reputación ambigua: se le conceptúa socialmente mal, pero quien lo defiende lo eleva a
la auténtica salud, el bienestar, la alegría. La elección, en cualquier caso, no es inocente. En torno al turrón se ha levantado una discusión casi doctrinal sobre qué merece llamarse así.
¿Qué es turrón y qué no lo es?
Para una parte del análisis, el Suchard no es turrón. Se describe como una barra gruesa de chocolate con almendra y avellana molida, entre otros ingredientes, y se subraya que no lleva miel, el componente que a juicio de los puristas define el producto. «Dime dónde lleva el Suchard la miel», se exige. La respuesta desde el otro lado es que se trata de un purismo interesado: «Eso sí es turrón, otra cosa es que a ti no te guste, pero no arruines la ilusión de los que nos gusta».
El choque ilustra un patrón recurrente del consumo navideño: el bloque industrial masivo contra el dulce artesano de toda la vida. Se citan mazapanes de Toledo, polvorones de Estepa y roscos de vino de Málaga como alternativas al chocolate. El dulce deja de ser un capricho puntual y se convierte en identidad.
La cara amarga: gasto, trabajadores y regalos obligatorios
No todo el mundo vive estas fechas como fiesta. Una corriente las rechaza de plano por su factura: comprar cientos de detalles a gente a la que no sabes qué regalar, sortear el amigo invisible del trabajo, repetir el desembolso con Papá Noel y con los Reyes Magos. El colofón son las colas, los precios hinchados y los centros comerciales abarrotados de quien lo deja todo para el último día.
A eso se suma el relato de quienes trabajan mientras otros cenan. Hay quien recuerda que su empresa reparte pedidos el día 24 y el 31, y que a nadie le importa si esos trabajadores pueden celebrar. La crítica apunta a que la fiesta marca diferencias sociales: los que descansan contra los que se reventan sea el día que sea.
Los que ya no celebran: luto, hastío y rutina alterada
Hay testimonios donde la Navidad pesa de otra manera. Uno describe la pérdida de la familia hace más de una década: la fecha se ha vuelto un día triste de recuerdos, con una comida y un homenaje a los ausentes. Otro confiesa que el año pasado no celebró nada y que la Nochevieja se resolvió con una película y en la cama antes de las doce. Hay quien la resume como una farsa decadente, que solo tiene sentido cuando hay niños en casa.
Para otro, el problema no es el gasto, sino la ruptura de la rutina: todo lo que altere su día a día le incomoda y estas fechas le sobran. Hay incluso quien confiesa que se deja trabajo a propósito para no estar en casa más de lo necesario.
Pero también hay roscón y belenes
Frente al hastío, otro bloque defiende la celebración sin complejos: el frío, las luces, los belenes, la Nochevieja con el salón convertido en pista de baile y los regalos el Día de Reyes, como está mandado y no el día de Navidad. Aquí el turrón importa menos que la compañía, y el deseo se resume en ver a quienes apenas se cruzan durante el resto del año. En esa defensa la liturgia religiosa importa poco: lo que se reivindica es la comida, el roscón y la sobremesa junto al horno de leña, no el misterio que se conmemora.
Y entre tanta postura hay un detalle que descoloca. Quien más arremete contra el consumismo navideño no lo hace desde el ahorro, sino desde la certeza de que acabará comprándose un regalo a sí mismo para que sus hijos no piensen que se ha portado mal.