Dejar Windows por Linux sin licencia: Mint gana el pulso
Un portátil MSI GP60 2PE Leopard, un disco que el usuario cree que no es un SSD —con hueco mSATA libre para meter uno— y un hartazgo concreto: pagar por Windows y tragarse sus actualizaciones. Con ese punto de partida, la pregunta de qué sistema operativo instalar tiene una respuesta que se repite hasta el cansancio:
Linux Mint. La alternativa se plantea como un cambio de chip, no como una carrera técnica.
El consenso no es total, y ahí está el interés. Frente a la idea de que Linux exige aprender comandos, programar y pelearse con controladores, media conversación sostiene lo contrario: que Mint es
más fácil que Windows, que no hace falta tocar la terminal para nada y que el software de oficina funciona. La otra mitad responde con experiencias de dolor de cabeza, nunca mejor dicho, y con una defensa cerrada de Windows activado por otras vías.
¿Qué distribución de Linux elegir para un principiante?
La lista de candidatas es larga y desordenada: Ubuntu, Fedora, Debian, Manjaro, Zorin, elementary OS, Pop!_OS, Lubuntu, Antix. Casi ninguna se libra de la crítica. Ubuntu, la más popular en escritorio, aparece descrita como un dolor de cabeza a la hora de instalar programas, con el matiz de que su versión de 64 bits «viene preparada para empezar con nada de experiencia». Debian se propone como escuela —quien la recomienda sugiere leerse antes un manual entero—, y Manjaro aparece sin más argumento que el nombre propio.
Mint, en cambio, se lleva los elogios más concretos:
soporte y actualizaciones hasta 2023 en la versión 19.3, entorno XFCE por ligero y la posibilidad de probarlo desde un pendrive sin instalar nada. También hay quien apunta a Pop!_OS, hecha por un fabricante de portátiles y con drivers de Nvidia ya incluidos, y quien avisa de que elementary OS es una copia barata de macOS. Para equipos con 2 GB de RAM, la receta es Antix.
El consejo de hardware se cuela en todas las respuestas: cambiar el disco por un SSD. El ordenador, dicen, tiene procesador de sobra; el cuello de botella es el disco. Es la única recomendación en la que nadie pone una pega, y el hueco mSATA del MSI lo permite.
¿Se puede usar Microsoft Office en Linux?
Aquí se junta el mito con el dato. La respuesta corta: el paquete de Microsoft no tiene versión nativa para Linux, pero hay tres caminos. El primero es
LibreOffice, instalado de serie en Mint, que cubre hoja de cálculo, texto y presentaciones; hay quien lo usa con tablas de varios millones de filas, aunque estéticamente no sea lo mismo. El segundo es la versión web de Office, que funciona en el navegador.
El tercero pasa por Wine. Conviene aclararlo porque se repite mal: Wine no es un emulador ni una máquina virtual, es una capa de compatibilidad. Con Wine, Winetricks, Winbind y PlayOnLinux hay quien tiene funcionando
Office 2013 en Linux Mint «y funciona todo». La instalación se hace desde el gestor de software, sin bucear entre páginas de descargas ni aplicar cracks. Otros avisan de que no todo el software de Windows está soportado y de que la experiencia no siempre es buena.
¿Hace falta saber comandos para manejarse con Linux?
El miedo clásico. La respuesta más repetida es que no. Hay quien lleva cuatro años con Mint sin haber tocado un solo comando ni haber programado nada: navegar, películas, música, contabilidad con Office, retoque de fotos y audio, banca online, escáner, impresora y Telegram. Y quien asegura que lo más difícil de Linux es cambiar el chip, no el software.
El contraargumento es de experiencia, no de teoría: quien dice haber probado Linux varias veces y haberse topado siempre con «problemas absurdos». Se suma el argumento de que virtualizar Windows permite seguir usando cualquier programa, con la ventaja de que Office es justo lo más integrado y apenas requeriría esa virtualización.
Pagar Windows o activarlo por otras vías: el punto que enciende la discusión
Aquí el tono sube. El uso de copias de Windows activadas por vías alternativas tiene defensores: pasar de una versión antigua a Windows 10 sin pagar, tirar de activadores y elegir si se instalan actualizaciones o no. Frente a eso, el aviso de que los cracks son un coladero de virus: «
900.000.000 de virus esparcidos en los cracks de los programas que no quieres pagar». La cifra circula como advertencia y no viene acompañada de auditoría alguna.
Sobre la mesa quedan dos acusaciones sin prueba: que Windows recoge datos de sus usuarios por defecto y que el sistema lleva camino de integrar componentes ajenos. El motivo real del cambio, en todo caso, es económico y de control: dejar de pagar licencia y decidir uno mismo cuándo se actualiza la máquina.
El cierre donde el análisis se atasca
El pulso queda abierto. Puede que Linux sea hoy fácil, estable y gratuito, pero hay quien sostiene que quien cambia de sistema se arriesga a perder una tarde si algo no arranca, y que esa incertidumbre pesa más que cualquier argumento técnico. Nadie ha discutido, sin embargo, el SSD: la máquina aguantará Mint o Ubuntu, lo que ya no aguanta es seguir esperando a que el disco termine.