Richard Coker: «He acortado la vida de decenas de pacientes»
El doctor Richard Coker ha culminado casi 45 años de ejercicio con una confesión que le puede costar la cárcel: administró altas dosis de morfina a decenas de enfermos terminales para acelerar su muerte. Tenía 26 años cuando lo hizo por primera vez, en una noche de invierno con el hospital St. Mary's de Londres desbordado de ingresos por gripe. Su libro, escrito ya jubilado, persigue un cambio en la forma de tratar el dolor y la muerte asistida.
La reacción no se ha hecho esperar. Hay quien lo acusa de «jugar a ser Dios», subrayando que no consultó a los familiares de sus pacientes. Otros recuerdan que la sedación paliativa siempre ha estado al filo de la
eutanasia, y que el sistema prefiere no mirar. Un testimonio real lo confirma: una familia describe cómo los médicos insistían en subir la dosis de morfina a una paciente terminal de cáncer, dejándola dormida, mientras las hijas se debatían entre alargar la agonía o dejar que muriese por sí sola. No hay respuesta fácil desde el otro lado de la cama.
Coker trabajaba 120 horas semanales. En esas condiciones, la frontera entre aliviar el dolor y decidir el final se desdibuja. El caso ha destapado además cierta hipocresía: el mismo médico que aceleraba muertes se mostraba en contra de los suplementos vitamínicos por peligrosos. La ironía no se le escapa a nadie. La discusión sobre la eutanasia vuelve a quedar en punto muerto: mientras el marco legal no cambie, la decisión seguirá dependiendo del criterio del médico de turno y de la presión silenciosa de las urgencias.