El Retiro cierra por viento y Madrid se parte en dos
El viento no avisa. Tampoco avisó el último cierre de El Retiro, que ha vuelto a dejar las verjas del parque madrileño echadas por rachas que una parte de la ciudad considera inexistentes. La orden municipal de activar el protocolo de seguridad reabre de golpe el pulso de siempre: prevención de riesgos contra derecho a pasear.
El protocolo que unos ven lógico y otros ven excusa
La defensa del cierre es sencilla: un golpe de viento puede tumbar una rama y el ayuntamiento prefiere no cargar con una desgracia. Pero el escepticismo apunta a que, cuando la calle está en calma, el cartel cobra una deriva paternalista. Hay quien ironiza con que, a este paso, habrá que pedir permiso para salir a la calle. Y quien replica que eso ya pasa con los refugios climáticos, convertidos en símbolo de una ciudad obsesionada con protegernos de todo.
La alternativa de la España vaciada
Entre tanta ordenanza, la respuesta más radical es irse. La conexión entre el cierre del Retiro y el refugio en la España vaciada no es casual: en la mitad del país vacío nadie discute si puedes caminar bajo un árbol. El problema, para muchos, no es el viento; es la gestión del miedo.
La lógica municipal juega en corto y la del paseante en largo. Mientras el anemómetro decida, El Retiro seguirá abriendo y cerrando al capricho de una racha. La pregunta sigue sin respuesta: ¿hasta dónde debe llegar la protección de un espacio público?