Melusina, la coincidencia que la estadística ayuda a explicar
Una mañana cualquiera, un lector consulta en el metro reseñas de una edición bilingüe de la historia medieval francesa de Melusina. Una obra poco conocida, con una ilustración concreta. Una hora después, ya en el trabajo, un cliente le envía fotografías de un problema que prefiere no detallar. Entre ellas, la misma ilustración. El asombro está servido. La pregunta que sigue —¿es esto la simulación?— es la que cualquier cerebro humano formula antes de hacer la cuenta que toca.
El caso lo cuenta el propio protagonista con una honestidad que merece respeto: no habla de milagro, habla de probabilidad. Y ahí empieza el problema, porque la intuición humana calcula mal. Siempre.
Por qué la pregunta «¿qué probabilidad hay de que me pase esto?» está mal planteada
Según un cálculo que circula en el hilo, el cálculo correcto no es la probabilidad de que ocurra la coincidencia concreta de Melusina. Es la probabilidad de que ocurra
alguna coincidencia llamativa en un día, en un mes, en una vida. El matemático John Littlewood lo formuló hace décadas: a cualquier persona le toca un «milagro» de una entre un millón aproximadamente una vez al mes. No porque el universo conspire, sino porque acumulamos miles de estímulos diarios y las combinaciones posibles son astronómicas.
A eso se suma la ilusión de frecuencia, conocida como fenómeno de Baader-Meinhof: cuando algo entra en tu radar, empiezas a verlo por todas partes. El cerebro no registra los miles de días en que Melusina no aparece. Solo guarda el día en que sí.
El coche nuevo, la guardería y el busto de Zaragoza: la coincidencia como experiencia universal
El patrón se repite. Quien compra un coche de 2018 y empieza a verlo por todas partes. Quien apunta a su hijo a una guardería y se cruza con la dueña en el parque justo antes. Quien pasea por Zaragoza y encuentra un busto de Mauricio Aznar, el de Más Birras, y dos días después su pareja ve sin avisar
La estrella azul, la película que lo tiene por protagonista. Son casos distintos con la misma estructura: un estímulo previo, una aparición posterior, un cerebro que conecta.
La tentación de llamarlo simulación es vieja. También lo es la de llamarlo sincronicidad, el concepto junguiano que relaciona hechos sin causalidad aparente. La diferencia entre ambas lecturas no es de datos: es de marco mental.
¿Existe una explicación estadística para la coincidencia de Melusina?
Sí, y no requiere nada sobrenatural. Requiere tres ingredientes: un cerebro que selecciona lo llamativo, un entorno saturado de imágenes y un cálculo mal enfocado. La coincidencia de Melusina es rara. Pero lo raro no es imposible: es lo esperable cuando se acumulan millones de personas y millones de días. La probabilidad de que
alguien, en algún sitio, viva una coincidencia así es prácticamente uno.
Lo que no se puede calcular con precisión es cuánto pesa la subjetividad. El propio protagonista lo admite: si hubiera leído sobre Dickens, la sorpresa habría sido menor. La rareza no está solo en el hecho, está en la percepción del hecho.
La estadística explica el mecanismo. No explica la sensación. Y ahí, exactamente ahí, es donde el análisis se atasca: entre el cálculo que dice «esto pasa» y la certeza íntima de que a ti no te había pasado nunca.