Vox promete un IRPF del 15% hasta los 70.000 euros y el cálculo no cuadra
La propuesta fiscal que el Grupo Parlamentario de Vox ha presentado en el Congreso —un mínimo exento de 22.000 euros, un tipo único del 15% hasta los 70.000 euros y un 25% a partir de ahí— ha aterrizado en plena resaca de los Presupuestos y con la economía española en modo piloto automático. El diputado José María Figaredo la defendió en televisión con la solemnidad de quien reparte caramelos: menos impuestos, más consumo, más actividad. Hasta ahí, el guion de siempre. El problema aparece cuando alguien saca la calculadora y suma los tres agujeros que la propia propuesta abre: el IRPF, las cotizaciones y el gasto público que nadie quiere tocar.
La aritmética del 15%: dos precipicios y una recaudación que se despeña
Según un cálculo que circula en el foro, la rebaja del IRPF dejaría de ingresar entre
30.000 y 45.000 millones de euros al año. Una cifra que, puesta en contexto, equivale a la mitad del gasto en pensiones contributivas o a todo el presupuesto de Sanidad. Hay quien sostiene que la activación económica compensaría el golpe vía IVA, Sociedades e Impuestos Especiales. El cálculo más optimista asume que ese dinero circularía por la economía real y volvería por la puerta de atrás. El escenario pesimista parte de una realidad incómoda:
un tercio de los asalariados y casi dos tercios de los pensionistas no pagan IRPF, así que la rebaja beneficia sobre todo a quien ya tributa, no a quien no llega a fin de mes.
El detalle técnico que nadie discute es que la propuesta, tal cual está redactada, genera dos
precipicios fiscales. Un contribuyente que gane 22.000 euros no paga nada; uno que gane 22.001 paga 3.300 y se queda con 18.701. Y entre 70.000 y 70.001 euros el salto es aún más brutal: de 10.500 a 17.500 euros de cuota. Es decir, trabajar un euro más puede costarte 1.300 euros netos. Ese tipo de trampa no la diseña ni el peor enemigo del contribuyente.
El elefante en la habitación: pensiones, deuda y gasto público
La discusión sobre la bajada de impuestos se topa siempre con el mismo muro.
El gasto público consolidado ronda los 600.000 millones de euros y las pensiones se llevan la mayor tajada. Cualquier rebaja fiscal que no venga acompañada de un recorte equivalente en el gasto se financia con deuda, y la deuda ya está en niveles que hacen temblar al BCE. El ejemplo de Liz Truss en Reino Unido planea sobre la conversación: su intento de bajar impuestos sin cuadrar las cuentas tumbó la libra y la mandó a casa en 49 días. Aquí nadie parece haber aprendido la lección.
Hay quien apunta que el gasto político —sueldos, asesores, chiringuitos— es una fracción mínima del total. Cierto. Pero también es cierto que
los intereses de la deuda ya se comen más presupuesto que muchos ministerios y que nadie pone encima de la mesa qué partidas se recortan. La propuesta de Vox, en la práctica, es un programa de máximos: sabe que no gobernará sola y que Bruselas exige subir impuestos a cualquier país intervenido.
¿Es Vox o es el PP con otro traje?
La sospecha que recorre los mentideros es que la propuesta no busca aplicarse, sino marcar perfil. Vox necesita diferenciarse del PP por la derecha y la bajada de impuestos es el terreno más barato. El PP ya prometió rebajas similares cuando gobernó y acabó subiendo el IVA. La pregunta que nadie responde es qué pasaría si Vox llegara a Moncloa: con el agujero actual, cualquier gobierno que baje impuestos un 30% tendría que recortar pensiones o sanidad. Y eso no lo firma nadie.
El detalle que descoloca es que
el tipo medio del IRPF en España ronda ya el 15%. Es decir, la propuesta de Vox no baja el tipo medio, lo iguala. Lo que hace es eliminar la progresividad y beneficiar a las rentas altas. Un ingeniero que gane 60.000 euros pagaría menos; un mileurista que no llega a 22.000 ya no pagaba nada. La rebaja, en términos absolutos, es un regalo para quien más tiene.
El cierre: donde el análisis se atasca
Con estos números, la rebaja fiscal de Vox es matemáticamente posible solo si alguien recorta 50.000 millones de euros del gasto. Nadie ha dicho de dónde. Ni Vox, ni el PP, ni los que aplauden la medida. El debate queda exactamente donde empezó: en el titular, no en la letra pequeña.