Dos Españas en taquilla: 'La bola negra' contra Torrente
El
cine español vuelve a partir al país en dos. A un lado, una película de autor sobre la Guerra Civil con proyección internacional y respaldo institucional; al otro, una saga de humor grueso que llenó cines sin pedir permiso a la crítica. La discusión, que ha ocupado decenas de mensajes a lo largo de casi una semana, no va de fotografía ni de guion: va de qué España merece subvención y cuál merece taquilla.
El planteamiento inicial es una tesis de sociología exprés. La primera cinta representaría «la España de la cultura, la sensibilidad, la abstracción, la proyección internacional, el IQ», asociada al centro y a la izquierda. La segunda encarnaría «la España de la cagalera mental, la cutrez ordinaria, el bajo desarrollo intelectual, la endogamia», ligada a la derecha. Dos películas, dos países, una misma cartelera.
Qué películas son y por qué se comparan
La primera es una producción de autor ambientada en la Guerra Civil, con una relación sentimental entre dos personajes del mismo sexo en bandos enfrentados. La segunda es la entrega más reciente de una saga de humor que acumula seis títulos y cuya fórmula se ha exportado a varios países, según se recuerda en la conversación.
La comparación no es casual. Ambas se estrenaron con aparato promocional, ambas generaron conversación pública y ambas acabaron convertidas en símbolo. Una parte del análisis sostiene que la cinta histórica es «una más entre mil películas malas de la Guerra Civil», mientras que la comedia de acción tendría un mérito objetivo: seis entregas, taquilla y adaptaciones fuera de España.
El argumento que nadie se pone de acuerdo: ¿de qué lado está cada una?
Aquí empieza el lío. Hay quien defiende que la comedia de Torrente es en realidad una sátira de la derecha casposa, una caricatura del votante que se quiere ridiculizar. Otros replican que eso es precisamente lo que la izquierda cree que es la derecha, y que la película se ríe de un arquetipo que no existe. La fecha importa: se recuerda que en 1998, cuando se estrenó la primera entrega, gustaba a los progresistas y quien no la defendía era señalado como cercano al PP.
Con la película de la Guerra Civil pasa lo simétrico. Unos la leen como propaganda ideológica con bandos maniqueos; otros señalan que retrata la homofobia dentro de ambos ejércitos y que, por tanto, no es tan simple. La conclusión que se repite: cada bando proyecta en la pantalla lo que quiere ver.
Subvenciones: el dinero que nadie quiere soltar
El punto donde más coinciden voces distintas es el económico. Se afirma que la comedia también intentó recibir ayuda pública, y que prácticamente nadie en el sector arriesga capital propio sin red institucional. «Donde hay un político detrás, hay monserga política», resume una intervención. La crítica no distingue ideologías: el problema sería el modelo de financiación, no el color del gobierno que firma el cheque.
Sobre la cinta histórica pesa además la acusación de promoción institucional masiva en el extranjero y de compra de críticas afines. No hay verificación posible en el material, pero la sospecha circula y alimenta el cabreo. El cálculo completo de cuánto cuesta cada modelo de producción, desglosado, daría para otro artículo.
El público que no va al cine pero paga la factura
Aparece una figura recurrente: el contribuyente que financia ambas películas sin haber visto ninguna. «El verdadero problema es que estoy pagando ambas sin haber visto ninguna», se lamenta alguien. La queja no es estética, es fiscal. Y conecta con un argumento más amplio: el cine español como sector subvencionado que genera audiencia por motivos ideológicos ajenos a su calidad.
Frente a eso, la defensa implícita de la comedia es su éxito comercial sin depender del favor institucional. La defensa de la cinta histórica es su proyección internacional y su presencia en festivales. Dos métricas distintas, dos públicos distintos, una misma caja pública.
La grieta que no cierra
La conversación deriva hacia terrenos más ásperos: comparaciones con el cine épico americano, lamentos por las películas que no se hacen sobre los Tercios o las rutas comerciales, y una pregunta de fondo que nadie responde del todo. ¿Por qué el cine español solo parece capaz de mirar la Guerra Civil y el coste de producción ajeno?
Con estos mimbres, la taquilla debería decidir. Pero no decide: la cinta histórica tendrá una décima parte de espectadores que la comedia, según un cálculo que circula, y aun así seguirá siendo la película importante. ¿O no?