El foro pasa de la estadística al negocio: «Todo es un puto negocio»
El hilo ha girado. Ya no se discute si el 85% es real o si los hombres se conforman. Ahora la conversación va de dinero: de lo que cuesta un divorcio, de quién se lucra y de si la planificadora es una aprovechada o una profesional. La estadística ha quedado atrás.
Qué se ha sabido
En este tramo no se ha aportado ningún estudio ni fuente verificable. Los enlaces que circulan son a artículos de El Mundo:
la entrevista que originó el debate y
otro reportaje sobre planificación de divorcios. También se enlaza el perfil de la autora, Mar Muñiz, y un artículo de 2025 sobre el mismo tema. Nadie los comenta en detalle; solo se pegan.
Las cifras que aparecen son inventadas o hipotéticas.
jeiper enumera tres profesiones: «1. Wedding planner 2. Divorce planner 3. Prostitute planner».
napobalo suelta «Filipinas 0 (oficialmente)» sin más contexto.
Heconomista sostiene que los abogados cobran un porcentaje de lo que la parte contraria pierde, aunque no aporta ninguna fuente.
Típico Catalán Agarrao afirma que el negocio del divorcio tiene «más potencial» que el de las bodas.
Dónde está la bronca
La discusión se parte en tres frentes. El primero es el de los que ven en la planificadora un negocio montado sobre la ruptura ajena.
Remero premium lo dice así: «Piscólogos y abogados de familia, búscando carne muerta o moribundos, para hacer negocio».
Demonio de Tasmania sentencia: «Este bufete apesta».
Galvani se burla de la profesión: «¿Que mierda es esa de planificadora? Vaya puestos de pinta y colorea».
El segundo frente es el de los que defienden que el método tiene un fondo sensato.
Genis Vell sostiene que el discurso de Elena Martín es «mucho más exigente» que el feminismo actual y que, bajo su vocabulario, defiende principios que muchos hombres críticos suscribirían.
Otzi_Reloaded pide leer la entrevista y destaca que la planificadora propone «dejar de llorar por la pensión y enfocarse en crecer».
unmindundi incide en que les pide a las clientas «hacerse responsable de sus decisiones».
El tercer frente es el de los que discuten si el conformismo masculino es virtud o miedo.
Discordante invierte el argumento: «¿No sera que los hombres son realistas?».
Chichimango defiende que conformarse no es malo: «la fórmula de la felicidad, si existiese, sería básicamente esa: aceptar lo que tienes».
McNulty lo atribuye al temor legal: «No es conformismo, es miedo a las leyes feminazis».
Otrasvidas añade que, si los hombres se divorcian, se quedan «MÁS SOLOS QUE LA 1».
La bronca también toca el coste económico.
Heconomista sostiene que el divorcio encarece la vivienda porque «donde antes se vivía una familia entera ahora hacen falta 2 casas».
Josillo afirma que «siempre la mujer gana, incluso en reparto de bienes o gananciales», y menciona a empresarios y abogados como los que «despluman bien».
Escaramuza plantea un escenario hipotético: si los hombres se quedaran en el piso familiar, «cuáles serían las estadísticas».
Qué cambia respecto a antes
El foco se ha movido de la estadística al negocio. En el tramo anterior se discutía si el 85% era creíble o si los hombres se sacrificaban por los hijos. Ahora se da por hecho que el divorcio es un mercado y se discute quién gana con él. La predicción de que el hilo se partiría entre justificadores y críticos se ha cumplido, pero con un giro: la crítica ya no va a la estadística, sino a la cuenta de resultados. También entra un asunto nuevo: el efecto del divorcio en el precio de la vivienda, que nadie había mencionado hasta ahora.