La teoría de la engaña, en su versión cotidiana, dice algo muy sencillo:
nadie te engaña del todo si tú no colaboras. El engañador solo pone el cebo. El anzuelo lo muerdes tú porque quieres creer que el pez dorado existe, que el amor perfecto llega en tres mensajes, que el trabajo soñado no exige sudor y que la felicidad es un producto con código de barras.
La vida, en cambio, es bastante más honesta. No promete nada. Solo está ahí, con sus mañanas grises, sus cafés mediocres, sus abrazos imperfectos y sus tardes que a veces se ponen de verdad bonitas sin previo aviso.
El problema no es ella. El problema son las expectativas que nosotros mismos fabricamos con materiales de baja calidad: películas, redes sociales, frases motivacionales de gente que aún no ha vivido lo suficiente.
Nos sentimos engañados cuando descubrimos que el amor también discute por quién lava los platos, que el éxito a veces sabe a cansancio y que la juventud se va sin pedir permiso. Pero
nadie nos prometió otra cosa. Nosotros lo inventamos. Y luego, ofendidos, señalamos a la vida como si fuera un timador de tres al cuarto.
La culpa, como siempre, es del engañado. No por maldad, sino por inocencia voluntaria. Por querer que el mundo sea más justo, más brillante y más predecible de lo que es. Es
un error tierno, casi adorable.
La vida no te engaña. A veces incluso te regala cosas que no pediste.