El empresario al que se atribuye no contratar blancos: negocio y boicot
Un mensaje que circula en redes atribuye a un empresario una declaración sin matices:
no contrata personas blancas. La frase, sola, ya basta para encender la conversación. Lo interesante llega después, cuando el caso se mira por separado en sus dos frentes: si eso es legal en
Estados Unidos y cuánto cuesta comercialmente filtrar una plantilla por raza.
La versión difundida no se queda en la negativa a contratar. Según la descripción que hace uno de los participantes en el hilo, se le atribuye también una propuesta de negocio de signo identitario:
que se compre en su empresa por ser un empresario negro y que esas compras vengan acompañadas de apoyos económicos pagados por los blancos. La economía, en esa lectura, se queda dentro de la comunidad. Es una tesis vieja con ropa nueva: el consumo como herramienta política.
¿Es legal no contratar a alguien por su raza en Estados Unidos?
No. La discriminación en la contratación por motivo de raza está prohibida por la legislación federal de derechos civiles, y protege igual al candidato blanco que al negro. La norma no distingue la dirección del prejuicio. Un anuncio explícito de ese tipo no es una zona gris: es
un supuesto de manual para una reclamación ante la autoridad laboral.
De ahí la pregunta que recorre buena parte de las respuestas: qué pasaría si el cartel estuviera invertido. Una de las respuestas sostiene que, si un empresario blanco anunciara que no contrata personas negras, el caso estaría en portada, con reprobación empresarial incluida. Esa asimetría, real o percibida, es el combustible de casi todo lo demás.
Del boicot a la burla: cómo se ha recibido el caso
La reacción más inmediata tiene forma de boicot comercial: una de las respuestas anima a los clientes blancos a hacer boicot y a no comprarle nada al negocio. Hay quien lo plantea como respuesta simétrica y quien se pregunta si el empresario ha medido el coste de renunciar a una parte de su clientela por motivos que no tienen que ver ni con el precio ni con el producto.
El segundo registro es la burla. Alguna respuesta propone, en tono sarcástico, volver a la segregación,
esta vez con un muro de cien metros. Otra se limita a preguntar si el asunto es legal en Estados Unidos. Y una tercera corriente, la más economicista, apunta a la
pérdida de talento como castigo autoimpuesto: quien descarta candidatos por su color antes de leer el currículum se está encareciendo la plantilla.
Conviene decirlo con claridad: una parte de las respuestas cruza la línea y cae en el estereotipo racial. Es material abundante y ruidoso, pero no aporta un solo dato sobre el negocio.
¿Funciona un negocio que excluye por identidad?
Como estrategia de nicho, la identidad vende. Existe demanda dispuesta a pagar por sentir que su dinero apoya a los suyos, y eso no es ninguna novedad: pasa con el
comercio de barrio, con el producto local y con la marca de proximidad. El problema aparece cuando el nicho se convierte en la única puerta de entrada.
Restringir la plantilla reduce el mercado de trabajo disponible.
Rechazar por defecto a una parte de los candidatos encarece la selección justo cuando nadie regala margen. Y la
publicidad gratuita que da el escándalo tiene fecha de caducidad: dura lo que dura la indignación ajena.
Dónde se atasca el caso
Falta el dato elemental. No hay cifras de facturación, ni tamaño de plantilla, ni una sola venta perdida o ganada que permita saber si la polémica ha sido un mal negocio o el mejor escaparate posible. Sin eso, todo se queda en el terreno de los principios, que es exactamente donde nunca se cierra nada.