Ponte en medio del Pacífico, en un cascarón y sin conocimientos teóricos de matemáticas, física, astronomía... A ver si llegas a Manila.
Ya no te digo hacer el tornaviaje, desde Manila a Acapulco y unir dos continentes hasta entonces desconectados, digo simplemente llegar a Manila.
A ver si te crees que si las demás potencias europeas no se adentraban en el Pacífico, al que llamaban el Lago Español, era por capricho.
Y que los españoles navegaban olfateando el horizonte o improvisando a ver por dónde venía el viento.
Inglaterra aún no era capaz de cruzar el Atlántico norte cuando nosotros ya habíamos dado la vuelta al mundo, al mundo.
España era el país más avanzado de su tiempo y por eso hizo lo que hizo.
La leyenda zaina, sin embargo, lo achaca a la casualidad.
Por casualidad, desde luego.
Después están Newton o Darwin, quienes usaron estudios españoles precedentes para elaborar sus teorías. De hecho Darwin lo reconoció en la primera edición del Origen de las Especies, pero luego lo suprimió. A los católicos ni agua.
España reformó el calendario actual, usado hoy en día en todo el mundo, colaboró en la medición del meridiano terrestre y en el establecimiento del sistema internacional de medidas. Escribió la primera gramática de una lengua moderna, incluso escribió gramáticas de lenguas americanas antes que los ingleses hicieran la suya.
Llevó la banderilla de la viruela a América y Asia, con Balmis, salvando cientos de miles de vidas, mientras en Europa la gente se moría.
Leyes, derecho, arquitectura...
Pero nada, luego sale Donald Trump a dar un discurso de 5 minutos sobre la trascendencia de la llegada de Colón a América sin mencionar a España.
¿Para qué mencionar al enemigo?
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