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Dejemos ya de una vez de decir que los forasteros deben integrarse.
¡A ver!, ¡se trata de que se asimilen, no de que se integren meramente! Pas pareil !!
¡A ver!, ¡se trata de que se asimilen, no de que se integren meramente! Pas pareil !!
Vídeo del 18 de octubre del 2026. Traducción del minuto 1:30 al minuto 5:03.
—Ellos no se sienten franceses.
—¿Por qué?
—Enarbolan banderas palestinas, argelinas, ingenieros… Yo nunca enarbolo una bandera de un país extranjero. No se sienten franceses. Francia, para ellos, la nacionalidad lo es solamente para tener los papeles, para recibir beneficios sociales, etc., pero su país de corazón es el país de sus padres. Incluso yo diría que esto resulta evidente para la mayoría. Sí, claro, siempre hay excepciones, y yo conozco un caso; pero, globalmente, podemos decir que es este el problema y además es precisamente esta la cuestión.
—¿Y de quién es la culpa? ¿Hay quienes dicen que se trata de años de fracaso, de años de «comprar» soluciones en lugar de haberlos integrado o asimilado realmente?
—¡Ah!, de entrada, no es lo mismo. Si me sacan el tema, lo primero que diría es que el error fundamental fue pedir la integración en lugar de la asimilación. Ese es el pecado original. Porque cuando uno pide todo, obtiene algo; cuando no pide nada, no obtiene nada. La integración no es nada: significa trabajar y respetar la ley, que es lo mínimo. Cuando uno quiere convertirse en francés, debe asimilarse. Eso significa volverse igual a los demás. Volverse igual significa apropiarse de la historia del país, adoptar sus costumbres, ponerles nombres franceses a los descendientes, etc.
—Pero hay muchísimos que hacen eso. ¿Acaso piensas que son solo excepciones?, ¿no están orgullosos de ser franceses, orgullosos de la bandera francesa...? En realidad, hay muchísimos casos de éxito de personas de origen forastero. Resulta difícil sostener que se trata solo de excepciones.
—Bruno, te digo que no lo creo. Me vas a hablar de personas provenientes de la inmi gración árabo-musulmana (no me refiero a personas de origen asiático) que les ponen nombres franceses a sus descendientes, ¿verdad? Conozco un caso: Jamel Debbouze. Y, por cierto, lo explicó muy bien, de una manera bastante conmovedora y a la vez bastante graciosa: llamó a su descendiente Léon porque el padre de su esposa se llamaba Léon. ¿Y sabes qué le dijo su propio padre? Él mismo lo cuenta: «Yo nunca lo llamaré Léon; lo llamaré "Ali"». Y, de hecho, le puso «Ali» como segundo nombre. Me parece muy bien (que le llamase Léon). Es exactamente lo que yo propongo. Pero solo hay uno.
—Éric Zemmour, volveremos al núcleo del asunto, pero usted considera que todo está relacionado. Nos explicará exactamente cómo. ¿Acaso el hecho de no poner a los descendientes nombres franceses —o nombres que figuren en el calendario, digamos, cristiano— constituye una ofensa a Francia? ¿No cree que hay muchos ciudadanos y ciudadanas —quizás incluso la persona que tiene delante— que eligen ciertos nombres para sus descendientes debido a historias familiares muy distintas, que tal vez usted desconozca, y que aun así aman a Francia como nadie más la ha amado?, ¿incluso más que algunos de esos franceses a quienes usted llama «de pura cepa», quizá? Y, dado que es imposible escrutar lo más profundo del corazón y el alma de cada uno… a veces sucede que se lleva a Francia muy adentro del corazón.
—Le diré una cosa, Sonia: el problema no es el amor; hay que dejar eso ya.
—¿Las pruebas?
—Hay miles de millones de seres humanos en todo el mundo que aman a Francia. Los estadounidenses aman a Francia, los italianos aman a Francia, los ingleses…
—Quienes han destrozado no aman a Francia.
—Pues precisamente, ya ve, pero esa no es la cuestión (que baste con «amar»). La cuestión es: ¿se está uno apropiando de la historia de Francia a través de todos los medios posibles? Los nombres de pila es solo uno de los puntos, pero hay más. También están las costumbres, también está la valoración de la laicidad…