JAJAJAJAJAJA, ¡PROYECTO INATO! El nombre ya parece el resultado de una reunión de tres horas para bautizar una empresa que todavía no ha facturado un euro. Tenemos a Estrella, 23 añitos, que ha decidido reinventar la civilización desde un antiguo establo y convertir su vida privada en una serie documental sobre cómo escapar del mundo moderno. Su gran proyecto consiste en vivir en el campo, levantarse de madrugada para hacer sus necesidades en plena naturaleza y contarnos la experiencia a través de internet. Es maravilloso. Miles de años de evolución humana, agricultura, saneamiento, medicina, ingeniería y organización social para que, en pleno siglo XXI, llegue una muchacha con una cámara y descubra que hacer pis entre los arbustos es una forma revolucionaria de recuperar la libertad. ¡Que alguien le dé el Premio Nobel de Arquitectura Rural! Mientras tanto, el resto de los mortales seguimos pagando facturas, trabajando y utilizando un cuarto de baño sin necesidad de grabar un documental sobre nuestras deposiciones.
Pero esperad, porque el proyecto INATO tiene una nueva aventura: ¡no tiene agua y quiere hacerse un pozo! JAJAJAJAJA. Es decir, se instala en una finca, empieza a organizar su nueva vida autosuficiente y después descubre que para vivir hace falta agua. ¿Quién podría haberlo imaginado? Ahora toca investigar cómo conseguirla, cuánto cuesta perforar, si hay agua suficiente y qué permisos necesita. Porque un pozo no es un agujero mágico que haces en mitad de la parcela y del que empieza a brotar agua cristalina mientras suena música de relajación. Puede que encuentres agua a una profundidad razonable, puede que tengas que perforar mucho más, puede que el caudal no sea suficiente o puede que la calidad requiera análisis y tratamiento. Y todo eso cuesta dinero. Además, la posibilidad de construir y utilizar un pozo depende de las condiciones del terreno y de la normativa aplicable, incluidas las exigencias relacionadas con el dominio público hidráulico. Antes de ponerse a perforar alegremente, convendría consultar a la autoridad competente y comprobar qué autorizaciones son necesarias. La autosuficiencia empieza a ponerse interesante cuando descubres que ni siquiera puedes dar por hecho que tendrás agua por el simple hecho de poseer una parcela.
Lo que me llama la atención no es que una chica de 23 años quiera vivir en el campo. Faltaría más. Puede intentar llevar una vida sencilla, rehabilitar una construcción, cultivar un huerto y reducir sus gastos. El problema es presentar esa aventura como si bastara con tener cuatro paredes, un trozo de terreno y muchas ganas para haber resuelto todos los problemas de la existencia. Porque una cosa es pasar una temporada en una finca y otra muy distinta establecer allí tu residencia permanente, mantenerte económicamente y cumplir con las condiciones legales que correspondan. Si la construcción no tiene autorizado el uso residencial, reformarla y colocar una cama no convierte automáticamente el establo en una vivienda legal. La situación concreta depende del planeamiento urbanístico, de las características del inmueble y de las autorizaciones aplicables. Precisamente por eso resulta tan llamativo que alguien convierta una situación potencialmente compleja en una bandera de libertad personal sin explicar siquiera qué trámites ha realizado o qué limitaciones tiene el inmueble.
Porque, vamos a ver, Estrella: tienes 23 años, toda la vida por delante y puedes construir un proyecto interesante, pero ¿cuál es exactamente el plan económico de INATO? ¿De qué vas a vivir dentro de cinco años? ¿De las visitas, de las suscripciones, de vender algún producto o de trabajar fuera de la finca? ¿Has calculado los gastos anuales, las reparaciones, el transporte, la alimentación y los imprevistos? ¿Has averiguado qué uso legal puede tener el establo? ¿Qué ocurre si mañana deja de funcionar el canal? ¿Y cuánto dinero tienes reservado para conseguir agua? Porque una cosa es comprar una finca y otra descubrir después que necesitas financiar la infraestructura básica para vivir en ella. Puedes tener unas vistas espectaculares, una estufa de leña y un gallinero de postal, pero si no tienes agua suficiente y segura, el proyecto se complica bastante. No es un detalle decorativo: es una necesidad diaria para beber, cocinar, lavarte, limpiar y, si tienes animales, atenderlos adecuadamente.
Y luego está la fantasía de la autosuficiencia permanente. Otro concepto que se ha puesto de moda entre los nuevos exploradores de YouTube. Parece que basta con instalar unas placas solares, criar gallinas, plantar cuatro tomates y conseguir una cabra para independizarse de toda la sociedad. Pero ¿qué pasa cuando se avería el sistema eléctrico? ¿Quién paga el veterinario? ¿De dónde salen las herramientas, los repuestos y el combustible? ¿Cómo se financia una reparación del tejado? ¿Qué haces cuando una mala cosecha coincide con un gasto inesperado? ¿Y cuánto cuesta mantener el vehículo necesario para desplazarte a comprar lo que no produces? Ahora añadimos la perforación de un pozo, las posibles autorizaciones, el análisis del agua y el mantenimiento de la instalación. De repente, aquella bucólica vida autosuficiente empieza a parecerse a una lista interminable de inversiones. La autosuficiencia absoluta y permanente es extraordinariamente difícil; lo habitual es combinar producción propia, compras, servicios e ingresos externos. Incluso las explotaciones rurales tradicionales dependen de una economía mucho más amplia de lo que sugieren esos vídeos bucólicos en los que todo parece resolverse con una cesta de cigot y una puesta de sol.
Además, si Estrella decide convertir la finca en una actividad ganadera, apícola o comercial, tendrá que informarse sobre los requisitos correspondientes. Criar animales no significa necesariamente tener que convertirse en una explotación ganadera profesional: las obligaciones dependen de la especie, el número de animales, su finalidad y la normativa aplicable. Lo mismo ocurre con las abejas, cuyo mantenimiento puede exigir registros, condiciones sanitarias y otras obligaciones según el caso. Y si alguna vez recibe una inspección, tendrá que atender los requerimientos que legalmente procedan, como cualquier otra persona. La naturaleza no concede una amnistía administrativa por tener buenas intenciones, y los animales tampoco funcionan con un contrato ideológico de libertad. Una cabra no entiende de proyectos personales: necesita alimento, agua, cuidados, instalaciones adecuadas y atención sanitaria. Y si decides enseñar al público cómo mantenerla, lo mínimo es distinguir entre lo que haces tú, lo que permite la normativa y lo que recomendaría un profesional.
Pero lo mejor es el posible choque con la realidad laboral. Imaginemos que pasan dos años, las visitas bajan, los ingresos no cubren los gastos y la finca sigue necesitando dinero. Entonces aparece el plan B: buscar trabajo. Y resulta que el empleo está a treinta kilómetros, hay que utilizar el coche y una parte del sueldo se va en combustible, mantenimiento y desplazamientos. Esa es precisamente una de las trampas económicas de vivir en lugares aislados: puedes ahorrar en determinadas cosas y, al mismo tiempo, gastar mucho más en transporte. Si trabajas fuera y necesitas desplazarte todos los días, la ubicación de la vivienda puede convertirse en un gasto fijo considerable. Si trabajas desde casa, necesitas una actividad que genere ingresos suficientes. Y si pretendes vivir exclusivamente de las redes sociales, tienes que aceptar que los ingresos pueden ser irregulares y que la audiencia no tiene ninguna obligación de seguir interesada en tu vida durante décadas.
Lo verdaderamente irónico sería que Estrella empezara queriendo escapar de la rutina convencional y acabara descubriendo que tiene que levantarse antes del amanecer para trabajar, mantener la finca, producir vídeos, editar, publicar y contestar comentarios. Eso sí, con una diferencia: en lugar de cobrar una nómina estable, dependería en parte de que la plataforma recomendara sus publicaciones. El día que un vídeo funciona, la vida alternativa parece una genialidad; el día que no lo ve nadie, toca revisar las cuentas. Y cuando los ingresos digitales no bastan, aparece el mercado laboral de toda la vida, ese invento tan poco romántico en el que hay que cumplir horarios, desplazarse y cobrar por realizar un trabajo. Entonces quizá descubra que el problema nunca fue únicamente el sistema, sino la dificultad de conseguir ingresos suficientes para mantener el estilo de vida que uno desea.
Y aquí es donde me parece que estos canales deberían hacer un esfuerzo por ser más honestos. No hace falta ridiculizar a quien intenta vivir de otra manera, pero sí conviene enseñar la letra pequeña. Si el proyecto se sostiene gracias a las visitas, dilo. Si necesitas otro trabajo, dilo. Si la finca tiene limitaciones legales, explica qué has averiguado y qué queda pendiente. Si no tienes agua, explica cuánto cuesta conseguirla y qué permisos necesitas antes de presentar el pozo como la solución definitiva. Si no sabes cómo resolver un problema, reconoce que estás aprendiendo. Eso sería muchísimo más útil para los jóvenes que se plantean comprar una ruina y marcharse al campo que venderles la fantasía de que basta con romper con la sociedad para que desaparezcan las obligaciones económicas.
Porque, al final, INATO puede ser un proyecto interesante si se convierte en algo concreto, legalmente viable y económicamente sostenible. Pero si consiste principalmente en grabar la propia intimidad, publicar escenas de la vida cotidiana y esperar que las visitas paguen la aventura, entonces la pregunta es inevitable: ¿estamos viendo un proyecto de autosuficiencia o un canal de entretenimiento ambientado en un establo? No son lo mismo. Y si mañana se agota el interés del público, la finca seguirá ahí, las reparaciones seguirán costando dinero, habrá que resolver el suministro de agua y habrá que encontrar una forma de pagar las facturas.
A los 23 años se puede experimentar, equivocarse y empezar de nuevo. Precisamente por eso convendría utilizar esa edad para aprender un oficio, adquirir experiencia, calcular los costes y construir una base económica antes de presentar una improvisación como si fuera una alternativa definitiva al modo de vida de los demás. No hace falta vivir en una ciudad, comprar una casa convencional ni renunciar a la naturaleza. Pero tampoco hace falta fingir que el trabajo, las obligaciones y la economía son inventos de una sociedad malvada que puede abandonarse simplemente cruzando la puerta de un establo.
Y esa es la gran paradoja de INATO: puede que Estrella quiera demostrar que se puede vivir de otra manera, pero para demostrarlo tendrá que resolver exactamente los mismos problemas que resolvemos todos los demás: cómo obtener ingresos, cómo mantener un hogar, cómo conseguir agua, cómo afrontar los gastos y cómo cumplir las normas aplicables. Si consigue hacerlo, estupendo; tendrá un proyecto digno de explicar. Si no, tendrá que modificar sus planes, buscar trabajo o encontrar otra fórmula para sostenerse. Porque el nombre puede ser muy original, los vídeos pueden quedar preciosos y las mañanas en el monte pueden tener una luz espectacular, pero la libertad también necesita un plan económico, y las facturas no se pagan con planos cinematográficos.