Ahora resulta que si Estrella se encuentra a un agente forestal dentro de su parcela, el que tiene más que perder es el forestal, porque ella no sabe si es un ladrón y podría denunciarlo. Es llamativo. La muchacha se ha comprado —o se ha instalado en— un trozo de terreno y parece que, en su cabeza, acaba de fundar un microestado soberano donde las leyes se aplican según su estado de ánimo. Si aparece un agente, primero habrá que comprobar si lleva uniforme, acreditación y está haciendo su trabajo, pero de ahí a insinuar que el funcionario debería tenerle miedo a ella hay un trecho bastante considerable. ¿Qué va a hacer el hombre, pedirle permiso a la propietaria de la finca para comprobar si se está cumpliendo la normativa? ¿Tendrá que llevar tres testigos, un notario y una autorización firmada por el mismísimo rey para acercarse a la valla? Lo mejor es que confunde deliberadamente dos cosas distintas: que un agente no pueda entrar sin más en determinados espacios protegidos y que ella tenga carta blanca para hacer lo que quiera dentro de una parcela. La propiedad privada no es un territorio extraterritorial, por mucho que lo repita mirando a cámara.
Y luego viene la otra idea: que nadie tiene por qué saber qué animales tiene si son para autoconsumo. Claro, Estrella, porque en cuanto una gallina, una cabra o un […] se destinan al consumo propio, el animal se vuelve invisible para la Administración, desarrolla un sistema inmunitario infalible y queda automáticamente excluido de cualquier obligación sanitaria. ¿De verdad cree que la sanidad animal funciona como una declaración de la renta en la que puedes ocultar una parte porque es para uso doméstico? La cuestión no es si te comes tú los cigot o si te preparas un guiso con el animal, sino que la tenencia de determinadas especies puede estar sujeta a obligaciones de identificación, registro, vigilancia sanitaria y otras exigencias que dependen del animal y de la normativa aplicable. Y hay una razón bastante evidente para ello: los animales no viven aislados del resto del planeta. Pueden entrar en contacto con fauna silvestre, compartir agua, transmitir […] o participar en la propagación de enfermedades. No significa que cada gallina escondida vaya a provocar una epidemia, naturalmente, pero precisamente para detectar y controlar riesgos sanitarios existen normas que no desaparecen porque alguien decida llamar «autoconsumo» a lo que hace.
Y ahora parece que también quiere meter caballos. ¡CABALLOS! ¿Pero esta mujer ha echado alguna vez las cuentas de lo que bebe un caballo al día o está montando una granja imaginaria en la que los animales se alimentan de buenas intenciones y beben de los vídeos de YouTube? Un caballo adulto puede beber aproximadamente entre 20 y 50 litros diarios en condiciones habituales, dependiendo del tamaño, la alimentación, la temperatura y el ejercicio. Con calor intenso o trabajo, esa cantidad puede aumentar considerablemente. Hagamos una cuenta sencilla: dos caballos pueden necesitar entre 40 y 100 litros diarios; tres, entre 60 y 150. Y eso sin contar el agua que se desperdicia, la limpieza de los bebederos y cualquier otra necesidad de la explotación. En un mes, dos caballos pueden consumir del orden de 1.200 a 3.000 litros de agua, y en un año hablamos de decenas de miles de litros. ¿Y esta muchacha quiere meter caballos sin tener agua? ¿Cuál es el plan, llevarles una botella de litro y medio a cada uno y decirles que administren bien los recursos hasta el próximo vídeo?
Porque el agua de un caballo no es un capricho ni algo que puedas resolver improvisando sobre la marcha. Necesita disponer de agua limpia de forma regular y suficiente, especialmente durante el verano. Si no hay suministro, pozo autorizado ni una solución fiable de abastecimiento, primero habrá que resolver eso y después plantearse los animales. No al revés. Y un pozo tampoco aparece por arte de magia porque uno se declare autosuficiente: hay que estudiar si es viable, qué trámites corresponden y si se puede extraer agua legalmente en esa ubicación. Además, tener un caballo no consiste únicamente en conseguir que beba. Hay que alimentarlo, disponer de instalaciones y cercados adecuados, retirar el abono, atender a un veterinario, mantener los cascos y afrontar cualquier enfermedad o lesión. Un caballo puede vivir muchos años; no es una maceta que dejas de regar cuando te cansas de ella.
Imaginemos la escena en agosto, con treinta y cinco grados, la finca seca como una mojama y tres caballos mirando el horizonte con la lengua fuera mientras Estrella graba un vídeo titulado «Aprendiendo a vivir sin depender del sistema». En la descripción explicará que está conectando con la naturaleza, que el agua es un recurso valioso y que hay que aprender a vivir con menos. Mientras tanto, alguien tendrá que conseguir los cientos de litros que pueden hacer falta, transportarlos, almacenarlos de forma segura y asegurarse de que los animales no se quedan sin suministro. La naturaleza es muy espiritual hasta que tienes que acarrear agua para un animal de varios cientos de kilos en pleno verano.
Imaginemos que cada propietario rural pudiera decidir por su cuenta qué animales declara, cuáles identifica y qué controles sanitarios considera oportunos. Tendríamos a miles de personas criando animales sin conocer su situación sanitaria, moviéndolos de un sitio a otro y entrando en contacto con explotaciones vecinas o con fauna silvestre. Después aparece un brote y todo el mundo se pregunta cómo se ha propagado. Pues quizá porque la sanidad animal no se puede gestionar con el argumento de que «son mis animales y me los como yo». Las enfermedades no entienden de propiedades privadas, canales de YouTube ni discursos sobre la libertad individual. Y si se produce un problema sanitario, las consecuencias pueden alcanzar a otros ganaderos, a la fauna silvestre y a la propia persona que cría los animales. La libertad de tener animales implica también asumir responsabilidades.
Pero lo verdaderamente interesante de todo este discurso es la impresión de que Estrella se está construyendo una especie de escudo mediático. Como si, por tener una cámara delante y una audiencia en Internet, la Administración fuera a pensárselo dos veces antes de actuar. Quizá imagina que ningún organismo se atreverá a sancionar a una youtuber porque la noticia correría como la pólvora y entonces todo el mundo descubriría que existen construcciones, instalaciones o actividades rurales sujetas a requisitos legales. Y de ahí, en su razonamiento, pasaríamos directamente a la liberación de los suelos y al fin de las restricciones. La chica habría descubierto el arma definitiva contra el urbanismo: abrir un canal, grabarse viviendo en una finca y conseguir suficientes suscriptores para que el planeamiento municipal se derrumbe por vergüenza.
¿Pero de verdad piensa que las administraciones funcionan así? Una eventual actuación dependerá de los hechos, de la normativa aplicable y del procedimiento correspondiente. Que una persona sea conocida en Internet no convierte automáticamente una posible infracción en legal, aunque la repercusión pública sí pueda influir en cómo se percibe un caso. Tampoco significa que la Administración vaya a sancionarla necesariamente: primero habría que conocer la situación concreta y qué requisitos se están incumpliendo, si es que se incumple alguno. Lo absurdo es dar por hecho que la popularidad proporciona una especie de inmunidad preventiva. Si mañana miles de personas se ponen a construir o a utilizar edificaciones rurales al margen de los requisitos aplicables, ¿qué hacemos? ¿Legalizamos todo porque una influencer lo ha grabado en vídeo? ¿O aceptamos que las normas deben aplicarse con criterios generales, sin privilegios para el que tenga más seguidores?
Y aquí está el problema de fondo: una cosa es defender que la normativa rural necesita reformas, que hay requisitos desproporcionados o que debería facilitarse la rehabilitación de edificaciones existentes, y otra muy distinta es transmitir a la gente que puede ignorar las reglas porque vive en el campo, tiene animales para autoconsumo y considera que su parcela es asunto exclusivamente suyo. Se puede criticar la burocracia sin fingir que no existe. Se puede reclamar más libertad para rehabilitar una casa sin asegurar que nadie puede inspeccionarla. Y se puede defender la vida rural sin convertir cada obligación sanitaria o urbanística en una conspiración contra los que quieren vivir en paz.
Lo que me preocupa de estos gurús rurales de nueva generación es que venden una imagen de autosuficiencia que parece consistir, en buena medida, en no dar explicaciones a nadie. Todo muy bonito mientras se graban vídeos, se habla de libertad y se enseña un rincón idílico de la finca. Pero la vida rural real también incluye registros, veterinarios, mantenimiento, gestión de residuos, agua potable, seguros, impuestos, permisos cuando corresponden y responsabilidades frente a terceros. No todo es plantar cuatro verduras, criar unas gallinas, anunciar que vas a tener caballos y ponerse delante de la cámara a explicar que el Estado no tiene nada que hacer en tu terreno.
Y lo de ponerse chula con un agente forestal tiene bastante gracia hasta que uno comprende que la persona que está viendo el vídeo quizá no conoce la diferencia entre una vivienda legal, una construcción auxiliar, una explotación ganadera y una parcela rústica. Si alguien sigue sus consejos y acaba metido en un procedimiento administrativo, el problema no lo resolverá diciendo que una youtuber aseguró que nadie tenía derecho a saber qué animales tenía. La influencer seguirá con sus vídeos y sus suscriptores; el que tendrá que resolver el problema será el propietario.
En definitiva, Estrella parece estar confundiendo tener seguidores con tener razón, la privacidad con la ausencia de controles y el autoconsumo con la exención de responsabilidades. Y si realmente pretende convertirse en un símbolo de la resistencia contra las restricciones rurales, haría bien en empezar por explicar con precisión qué puede hacer legalmente, qué obligaciones tiene y qué reformas considera necesarias. Porque si su argumento es que la Administración no se atreverá a actuar por miedo al escándalo, no está demostrando que tenga razón: está apostando a que la popularidad la proteja. Y esa es una apuesta bastante distinta de conocer la ley. Una parcela puede ser privada; la normativa no desaparece cuando se cierra la cancela. Y los caballos, por mucho que crean en la libertad individual, siguen necesitando beber todos los días.