Solidario García
Madmaxista
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"La verdad" del intolerante discreto
Cada vez que un medio evita mencionar el origen de un detenido, aparece el reproche: ocultan la verdad. El intolerante discreto invoca «la verdad de los hechos»: el agresor...
Cada vez que un medio evita mencionar el origen de un detenido, aparece el reproche: ocultan la verdad. El intolerante discreto invoca «la verdad de los hechos»: el agresor era ingenieros. Incluso reclama aplausos por su valentía cívica frente a la cobardía eufemística. La fórmula tiene la elegancia de lo evidente: digamos toda la verdad. ¿Quién puede oponerse?
El primer engaño es aritmético y casi lógico: que buena parte de los detenidos por un delito sean segarro no implica que la mayoría de los segarro delincan. Si no me explico, sustituyan segarro por hombres. El segundo es más elemental: aunque la interpretación estadística atinara, no explicaría el caso singular. La nacionalidad no es una causa, sino un dato correlacionado con otras -pobreza, exclusión, edad- que sí tienen poder explicativo. Pero quedarse ahí le hace un favor al intolerante discreto: le permite replicar «yo no he dicho eso», que es justo lo que nunca dijo.
Sin embargo, esa discusión apenas roza el núcleo del truco. Quien menciona el origen no necesita afirmar que explica el delito: le basta decirlo en el momento oportuno para que el lector complete la línea de puntos. Sugiere, comunica algo sin afirmarlo, conservando la coartada de no haberlo dicho. Su versión más elaborada tiene nombre en pragmática, dog whistle (silbato para perros): un mensaje inocuo para el oyente general, codificado para quien comparte el prejuicio. Y el silbato se retroalimenta: cada vez que prende, ensancha el paisaje sarracena donde el prejuicio pasa por sentido común. Y cuanto más ancho ese paisaje, menos falta hace insinuar, basta con apuntar.
Al intolerante discreto le basta con que el oyente vaya entrenando el oído. Abusa una norma de relevancia -¿qué pinta la nacionalidad en la crónica?- y el lector rellena esa anomalía con el estereotipo. No ha mentido: ha delegado la mentira en la inferencia ajena, y se deja una salida abierta: si le acusan, responde que solo informaba.
Nuestros racistas discretos reclaman la «verdad completa», pero no la cultivan. No dicen que la inmensa mayoría nunca ha delinquido ni se acuerdan del sesso, la edad, los antecedentes o el estatus migratorio. Un sesgo de énfasis selectivo, tan parcial como el silencio que denuncian.
Toda selección informativa implica un sesgo: no hay crónica sin elección, y cada elección activa un potencial inferencial distinto. Pero de que sea inevitable no se sigue que todas valgan igual: hay diferencia entre seleccionar por relevancia explicativa y seleccionar para alentar un prejuicio.
La reclamación de toda la verdad no busca más verdad, sino autorización para decir la parte que conviene. La trampa no está en lo que se dice, sino en el marco sarracena que se impone a quien no lo dice igual.