Es un círculo vicioso. La natalidad se desploma, la esperanza de vida crece de manera significativa y la población, por lo tanto, envejece. Eso provoca que cada haya una demanda creciente en el sector servicios, con más trabajos de poco valor añadido, caiga la productividad y el crecimiento, en última estancia, se estanque. Es la trampa en la que ha caído España, que aboca al país a un estancamiento secular, a destinar una cantidad creciente al pago de pensiones a costa de la Educación o la Investigación, y que, además, ahuyenta los grandes flujos de inversión internacional que buscan economías más jóvenes, tecnológicas y productivas.
«Cuando hay una mayor proporción de personas de mayor edad, el crecimiento se parece más a esa parte de la población. Y cuando hay más jóvenes, se parece más a los jóvenes. Y lo que sabemos, con la experiencia de muchas décadas, es que la productividad crece mucho más en los primeros años de tu edad. En cambio, con una población envejecida, el crecimiento agregado de la productividad es menor», explica Juan Francisco Jimeno, doctor en Economía por el Massachusetts Institute of Technology (MIT), asesor de la dirección general de Economía y Estadística del Banco de España y uno de los firmantes del extenso documento La economía española ante el reto demográfico que Funcas publicó la pasada semana.
«Y hay un segundo efecto que es todavía más interesante y problemático: en sociedades más envejecidas, con un mercado de trabajo más envejecido, el crecimiento de productividad de los jóvenes es menor. Con menos salario, menos emprendimiento y menos innovación», incide Jimeno en conversación con EL MUNDO.
Lo que dicen los datos es que la tasa de fecundidad en España es de apenas 1,3 hijos por mujer, la segunda cifra más baja de Europa según las cifras de la ONU, también uno de los números más bajos del mundo y, muy importante, un dato que se queda muy lejos de los 2,1 hijos de media que las mujeres españolas afirman que les gustaría tener. Y aquí, el documento de Funcas mira al mercado laboral como una clave para que la primera cifra se acerque a la segunda y atajar la compleja situación descrita.
Medidas concretas: reducir las jornadas partidas, que «desincentivan la natalidad entre las mujeres, con un mayor coste de oportunidad de abandonar el mercado de trabajo». Más. Tratar de contener la alta temporalidad así como el propio desempleo, variables que ofrecen muy poca estabilidad, seguridad y renta disponible para las trabajadoras y también para los trabajadores más jóvenes.
Y, por supuesto, elevar el desembolso en políticas familiares. «El gasto público en esta partida es del 0,5% del PIB, por debajo de la media del 0,7% de la OCDE. Además, la mayor parte de los gobiernos realizan tras*ferencias a las familias con hijos, en España, un 1,3% del PIB, frente al 2,3% de la OCDE», explica el mencionado informe en un capítulo firmado por Virginia Sánchez Marcos, catedrática de la Universidad de Cantabria.
Pero para cualquiera de estas medidas, así como para posibles incrementos en los beneficios fiscales que ayuden a fomentar la natalidad, se antoja fundamental una voluntad política. Un pacto de Estado, incluso, que permita que las medidas que se apliquen vayan mucho más allá de la alternancia en el poder. Y que se desarrollen inmediatamente, porque serán necesarias décadas para que comiencen a surtir efecto.
Pero un repaso a los programas electores de los partidos que se presentan a las elecciones del próximo domingo deja claro que esto está lejos de ocurrir. Muy lejos. PP y PSOE contienen algunas medidas, sí. Por ejemplo, los populares quieren que «España sea un buen lugar para nacer», esbozan alguna medida fiscal y hablan de «conciliación». Y los socialistas apoyarán «a las familias y desarrollar marcos profesionales y vitales que favorezcan la natalidad, la flexibilidad y la conciliación de la vida profesional y laboral». Insuficiente, en cualquier caso, dado el reto.
«El cambio de Gobierno, si se produce, no solucionará nada. Los que entran son igual de inútiles en este ámbito que los que salen porque tienen los mismos parámetros de solución. Existe una total falta de perspectiva», afirma Sergi Jiménez, catedrático de la Pompeu Fabra y responsable de otro de los capítulos del documento de la Fundación de las Cajas de Ahorro. «No hay solución demográfica porque, aunque lleguen pagapensiones que trabajen y coticen, no vas a revertir la pirámide demográfica de golpe», añade.
Su pesimismo es compartido por Jimeno, que lamenta que «estamos condenados a vivir con el envejecimiento de población, con la tendencia demográfica». «Esta situación es muy similar a lo que se denomina como estancamiento secular. Un país que entra en un régimen de poco crecimiento demográfico y poco crecimiento de productividad», subraya.
El caso contrario de lo que ocurre en España podrían ser, por ejemplo, los países bálticos, con poblaciones más jóvenes, tecnológicas y productivas. Jimeno advierte de que el envejecimiento no es algo que sólo afecte a España, sino que se extiende por todo Europa y por el conjunto del planeta. «El único continente que va a crecer en población en el presente siglo es África, según Naciones Unidas. Es una tendencia global», incide.
Pero sin duda, España es un paradigma de esta situación que, además, se produce después de un periodo muy próspero, de gran crecimiento económico y que no hace más que agudizar las diferencias entre lo que fue el país y lo que está abocado a ser. «Las generaciones de los baby boomers [y parte de la generación X] tuvieron la suerte de haber experimentado un periodo, quizá el único, de fuerte crecimiento. Además, se ayudaron a sí mismos, a través de políticas fiscales que redistribuyeron recursos sustanciales a su favor, en detrimento de las generaciones jóvenes y futuras: deuda pública, pensiones, jubilación anticipada», sentencia el capítulo que lidera José Ignacio Conde Ruiz, catedrático de la Complutense y subdirector de Fedea.
«Los baby boomers deberían tratar de cambiar su actitud hacia los jóvenes: menos ayudas dentro de la propia familia, dirigida solo a los propios hijos, y más oportunidades de crecimiento, más enfocar el gasto público hacia las políticas que favorecen a los jóvenes, que son, además, las que favorecen el crecimiento a largo plazo y la productividad», añade. Y ofrece un dato muy elocuente: el gasto en Protección Protección Social, partida en la que tiene un peso fundamental las pensiones, repuntó en un 3,6% del PIB entre 2008 y 2019 en España, mientras que el desembolso en Educación retrocedió un 0,2% en el mismo periodo.