¿Cuál es el mejor carro de combate del mundo? La pregunta ya no tiene respuesta
¿Cuál es el mejor carro de combate del mundo? La pregunta, planteada sin más, admite tantas respuestas como banderas. Y casi todas fallan. El punto de partida es una lista de doce modelos —Merkava, Abrams, Armata, Type 90, Challenger, Leclerc, Leopard, el K3 coreano, el Type 99 chino, el MGCS franco-alemán, el KF-51 Panther— y una constatación incómoda: en los conflictos recientes los carros de todo tipo están cayendo con una facilidad que incomoda a los estados mayores. La primera respuesta sensata que aparece es que haría falta una guerra convencional donde se midieran
todos los factores, no solo el grosor del blindaje o el calibre del cañón.
El ejemplo histórico que se usa para ilustrarlo es la Segunda Guerra Mundial. Sobre el papel, un Panther alemán parece superior al Sherman o al T-34. Metidos en la ecuación la logística, el mantenimiento y la facilidad de fabricación, la jerarquía se desmorona. Y muchos acaban señalando al modelo más tosco de los tres, el
T-34 soviético, como el ganador real. No por ser el mejor, sino por ser el que más veces estaba donde tenía que estar.
El tanque como herramienta, no como icono
El argumento que vertebra buena parte de la discusión es que toda herramienta debe ser óptima para su utilidad. El Tiger I era excelente para destruir a distancia con pocas unidades, poco combustible y escasos combatientes. El Merkava se diseñó para otro entorno: terreno abrupto, amortiguación cuidada, perfil bajo en horizontes desérticos y motor delantero que protege a la tripulación. La doctrina soviética, en cambio, consistía en inundar las llanuras de Europa central con blindados por simple saturación.
De ahí sale una idea que se repite:
el mejor carro es el que puedes producir a un ritmo igual o superior al que pierdes en el frente. El T-55 con mejoras gana por coste-cantidad; el T-64, por coste-calidad; y si eres el país más rico de la tierra, el Abrams te da igual perderlo porque estás forrado. La calidad sin volumen no sostiene una guerra larga.
El misil de infantería que iguala a todos
Aquí llega el giro que domina la segunda mitad de la conversación. Un sistema antitanque ligero, transportado por dos personas en un trípode, revienta cualquier carro salvo impacto frontal. La comparación que se hace es con el final de la Primera Guerra Mundial, cuando las armas contracarro podían descubrir a cualquier blindado a nivel de pelotón. La diferencia es que entonces era a corta distancia y hoy el alcance es otro.
El blindaje superior es el punto débil real. Siempre se dijo que la parte más vulnerable era la trasera, pero es la de arriba: ahí está la escotilla, y no se puede soldar un metro de acero en una zona destinada a abrirse para dar visión panorámica al jefe de carro. Por eso los misiles de ataque vertical y los drones de bajo coste han convertido a los diseños más modernos en material
obsolescente antes de salir de fábrica. La pregunta ya no es qué carro es mejor, sino si el carro sigue siendo la respuesta.
¿Sobrevive el carro de combate a los drones baratos?
La respuesta que se impone es que su época de gloria, tal como la conocimos, ha terminado. Con unos pocos drones de coste mínimo se puede frenar o destruir un blindado de varios millones. La comparación con los acorazados aparece sola: cuando el arma barata neutraliza a la plataforma carísima, la plataforma deja de mandar. Y hay quien añade que la caballería como arma está obsoleta y que los carros actuales son ineficientes a más no poder.
La contraoferta tecnológica también está sobre la mesa: guerra robotizada, plataformas sin habitáculo ni tripulación, más compactas y con blindajes brutales precisamente porque no hay que proteger vidas dentro. Algo que vuelva a ser inmune durante un tiempo a las armas contracarro. Es la única vía que algunos ven para que el concepto sobreviva.
El factor humano que ninguna ficha técnica recoge
Hay una corriente que sostiene que el mejor carro es el que lleva la mejor tripulación. Los mismos modelos han sido destruidos con facilidad en manos inexpertas y han rendido muy por encima de lo esperado en manos entrenadas. Se argumenta que se han visto Leopard y Abrams reventados por falta de protección y de uso, mientras tripulaciones con material inferior sacan más partido al suyo. Tener el mejor carro no da la victoria; hace falta un buen carro en buena cantidad y con gente que sepa usarlo.
La otra variable es el despliegue. Sin cobertura aérea, cualquier carro es vulnerable. Y en el capítulo de comparaciones reales, la lista se reduce: el Merkava es el que más combate ha visto y con más éxito, seguido del Challenger por delante del Abrams. El Leopard 2, en cambio, es señalado como el más sobreestimado de la lista, con un uso escaso y de resultados mediocres.
La industria y el dinero que no se ve
El hilo deriva hacia el coste industrial. Se afirma que en España se ha desmantelado la industria de defensa: de cientos de empresas en los años 70 y 80 a alrededor de un centenar, con importación de casi todo y sobrecostes notables en lo que se construye. Un caso citado es el de los submarinos, con retrasos atribuidos a soluciones de ingeniería que salían mal. La conclusión que se lanza es que no habría capacidad de sostener un conflicto convencional más de dos semanas por falta de suministros.
Al final, la respuesta más repetida no es un modelo. Es una fecha de caducidad. El carro de combate sigue siendo una herramienta formidable para intimidar —nadie amenaza con sacar la artillería a la calle, se amenaza con sacar los tanques—, pero el arma que lo mata cuesta menos que el depósito de combustible que gasta. Bonita época para vender blindados.