Ben Shapiro, la imagen con IA y el doble rasero del USS Liberty
La propaganda de guerra ya no resiste cinco minutos de verificación.
Ben Shapiro, una de las voces más reconocibles del conservadurismo estadounidense, difundió sobre el conflicto de Gaza material que fue rebatido casi al instante, y la corrección ha derivado en algo más grande: una revisión del relato oficial, de sus portavoces y de quién sostiene a sus altavoces. Se han abierto tres frentes a la vez. Una imagen generada con
inteligencia artificial. Una cifra de bebés decapitados que se desinfla. Y un barco, el
USS Liberty, que reaparece cada vez que alguien pregunta por qué unas memorias se conmemoran y otras se archivan.
La imagen con IA y los dedos que no cuadran
La imagen fue el detonante. Según la versión que circula, se intentó usar como prueba gráfica de una atrocidad y el
original apareció a los pocos minutos. El detalle delator está en una mano: se ven cuatro dedos y el quinto queda oculto tras una postura forzada. Quienes llevan tiempo trasteando con generadores de imágenes sostienen que ese tipo de error anatómico es habitual; la réplica contraria apunta que cada herramienta falla a su manera y que un fallo de render no invalida el conjunto. La atribución del archivo añade otra capa: hay quien afirma que llegó por manos del
primer ministro israelí, extremo que no ha quedado confirmado. Lo que sí quedó claro es que la pieza se movió por redes como si fuera documental.
¿Se sostiene la cifra de los cuarenta bebés decapitados?
No hay imagen ni vídeo que la respalde. El número circuló en medios internacionales y después se matizó; según se recoge, fuentes militares llegaron a decir que no les constaba semejante episodio. El recorrido es el clásico de toda campaña: un dato brutal entra en portada, la rectificación entra en una nota a pie y la cifra se queda en la cabeza del público. Frente a eso se alza el argumento más repetido desde el otro lado: si el número era exagerado, ¿qué se hizo con los niños que sí murieron? Es la pregunta incómoda que la corrección factual no responde y que cualquier portavoz usa para recentrar el asunto.
El USS Liberty y por qué unas memorias pesan más que otras
Shapiro, según las citas que se reproducen, describió el ataque al
USS Liberty como un episodio de hace cincuenta y dos años causado por «errores de comunicación» y se preguntó por qué hay tanta obsesión con él. Las cuentas del otro lado son distintas: el Memorial del Holocausto se conmemora
ochenta años después, con presencia incluso en videojuegos como
Fortnite, mientras el buque estadounidense se aparta del relato. Ese contraste —qué se recuerda sin fecha de caducidad y qué caduca a los cincuenta y dos años— ha encendido la conversación más que cualquier fotografía. Hay veteranos citados que piden verdad y vindicación, y análisis que consideran la comparación una cortina de humo.
La otra versión: fuerza militar, Hamás y el cálculo del rédito
No todo es descrédito. La defensa se articula en tres piezas: superioridad militar y económica, uso del sufrimiento propio como herramienta de captación internacional por parte de Hamás, y el respaldo estadounidense como paraguas último. Se argumenta que en un lado se respetan derechos básicos y que en el otro no hay libertades ni se permite la entrada de cristianos o judíos. Enfrente aparece el dato que rompe la simetría: el ISIS es suní e Irán es chií, de modo que el grupo yihadista combatió a aliados de Teherán y en Siria le convenía a Israel dejar que se desgastaran. Sobre todo ello sobrevuela la equiparación de Hamás con el ISIS, que varios consideran directamente falsa porque son organizaciones con enemigos y padrinos distintos.
De qué vive el altavoz
El otro filón es el dinero.
Sammy Ofer, naviero, amasó una fortuna cercana a los 10.000 millones de dólares partiendo de una agencia marítima; su hijo ronda los 18.000 millones, según las cifras que se manejan. Sobre
Bar Refaeli pesa desde finales de 2015 una acusación de ocultar millones de shekels de ingresos anuales, con un patrimonio estimado de 20 millones de dólares. Se sostiene que carreras como la de Shapiro no se explican solo por mérito ni por audiencia, y se menciona a Alan Dershowitz y su defensa de reivindicar sin complejos la presencia judía en la vida pública. Es la parte más resbaladiza: una porción de la discusión se va por ramas conspirativas sobre el poder financiero que no cuentan con ninguna prueba, y otra se queda en la crítica política perfectamente legítima.
La verificación como industria del descrédito
Cada bulo desmontado alimenta un doble mercado. Por un lado, quien verifica gana velocidad y se convierte en contrapoder de facto de las redacciones; por otro, la rectificación se usa como prueba de que todo es falso, incluido lo que sí ocurrió. El resultado es un ecosistema donde
la primera versión siempre gana la portada y la segunda vive en un pantallazo. Ese es el terreno de juego, y ninguna de las partes tiene incentivos para abandonarlo.
Si el patrón se mantiene, cada nueva atrocidad vendrá con su imagen generada y su cifra redonda, y el desmentido llegará igual de rápido. Lo razonable es esperar que la próxima corrección también se convierta antes en meme que en noticia. Que eso cambie el criterio de alguien es otra cosa. Quien se informa por estas vías ya no viene a verificar: viene a confirmar.