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Madmaxista
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Ucrania y su inteligencia militar alertan de la llegada de otros 10.000 soldados de Corea del Norte al frente y de preparativos norcoreanos para un combate a gran escala. En paralelo, Rusia ha intensificado los ataques contra la infraestructura energética y logística ucraniana, y Moscú ha reaccionado con indignación a los comentarios de la OTAN sobre Kaliningrado.
La alarma no es nueva, pero el número ha vuelto a subir. El Gobierno de Ucrania y su inteligencia militar sostienen que otros 10.000 soldados de la República Popular Democrática de Corea, es decir, Corea del Norte, podrían incorporarse al frente para combatir contra las fuerzas ucranianas. La cifra procede de fuentes ucranianas y no equivale a un despliegue confirmado por todas las partes. Esa cautela importa: en una guerra, las cifras de tropas extranjeras se usan tanto para describir una realidad como para mover la opinión pública y presionar a los aliados.
Volodímir Zelenski ha puesto el foco en esa posibilidad. También lo ha hecho Kyrylo Budanov, jefe de la inteligencia militar ucraniana. Según su versión, Corea del Norte no se limita a prepararse para un combate a gran escala en Ucrania: también estaría avanzando en el terreno. La diferencia entre prepararse y avanzar no es menor. Prepararse puede significar instrucción, suministros, transporte, doctrina. Avanzar implica presencia física, mando, coordinación con unidades rusas y, si se confirma, bajas. Ucrania quiere que sus socios vean ese supuesto movimiento como una internacionalización del conflicto, no como una ayuda marginal.
El analista Stanislav Copivnik, exoficial del ejército de Estados Unidos, sostiene que la relación entre Rusia y Corea del Norte es una alianza militar estricta. Su tesis es que un ataque contra uno es un ataque contra el otro. Esa fórmula, que se usa en tratados de defensa mutua, no se aplica igual en todos los casos. Rusia firmó y ratificó el acuerdo con Pyongyang, según su relato, mientras que Irán no llegó a ratificar un texto equivalente cuando se le propuso. La consecuencia práctica es que Corea del Norte no actúa como un proveedor lejano de munición, sino como un socio con compromiso formal. Si eso se traduce en más tropas, el frente ucraniano deja de ser solo una guerra entre Rusia y Ucrania con apoyo occidental. Pasa a ser un tablero donde varias capitales prueban hasta dónde pueden empujar sin chocar de frente.
La otra mitad del cuadro es la campaña rusa contra la retaguardia ucraniana. La BBC informó de que Rusia lanzó su mayor ataque contra la infraestructura energética de Ucrania desde la primavera. El dato no es un detalle: la electricidad mueve trenes, talleres, bombas de agua, hospitales y sistemas de comunicación. Cuando se ataca la energía, no se destruye solo una central. Se obliga al rival a repartir generadores, a racionar combustible y a improvisar. Ucrania ha vivido varias campañas así desde 2022, y cada una ha obligado a reconstruir la red con parches. La red eléctrica ucraniana ya sufrió embates masivos en los inviernos de 2022-2023 y 2023-2024, y cada reparación compite por recursos con el frente.
En el relato de Copivnik, la escalada tiene una secuencia política. Marco Rubio dijo, según su versión, que se estaban llevando a cabo ataques en profundidad dentro de Rusia para llevarla a la mesa de negociación. Después intervino Donald Trump y resumió la idea con una frase: «Estamos escalando para desescalar». La respuesta rusa, siempre según esa reconstrucción, fue que contraescalaría a un nivel más alto del que Occidente puede alcanzar físicamente. No hay que tomar esa frase como un parte militar. Es una forma de describir una lógica de presión mutua. Pero ayuda a entender por qué Moscú presenta sus ataques como represalia y por qué Kiev los presenta como castigo a la población.
Los objetivos que se mencionan no son solo centrales eléctricas. Se habla de almacenes, puertos y ferrocarril. En esa línea, Copivnik afirma que Occidente destruyó 3,5 millones de metros cuadrados de espacio de almacén y que Rusia construye 5 millones de metros cuadrados al año. La comparación que hace es brutal: lo destruido equivaldría a medio año de construcción rusa. A partir de ahí, sostiene que la respuesta rusa ha dañado el 90% de los almacenes de Kiev y alrededor del 60% de los almacenes de toda Ucrania. Son cifras atribuidas a fuentes ucranianas, no a un organismo independiente. Conviene leerlas como parte de una contabilidad de guerra, no como una medición auditada.
Los puertos son otro punto crítico. Según esa misma versión, Rusia ha golpeado siete puertos ucranianos, algunos pequeños. Si eso fuera así, el efecto no sería solo militar. Ucrania exporta grano y aceite de cocina por mar. Cualquier buque que entre o salga asume un riesgo enorme. El seguro se encarece, los fletes suben y los compradores buscan otro origen. Copivnik va más lejos y dice que Rusia y partisanos rusos han destruido más de 500 locomotoras. La cifra, de nuevo, procede de su intervención. Si se acerca a la realidad, el sistema ferroviario ucraniano tendría dificultades para mover combustible, grano y material militar. Ucrania ya depende de camiones y rutas alternativas, más caras y más lentas.
El capítulo agrícola es el que más afecta a los hogares fuera de Ucrania. Copivnik afirma que la cosecha de patata ha caído alrededor de un 30% y que la calidad es muy baja. Añade que el valor de mercado de los futuros de la patata se disparó un 80% en la última semana. Su previsión es que hacia mediados de primavera, más o menos en abril, no habrá patatas ni otras verduras a la venta en la Unión Europea, salvo para quien pueda importarlas de países ricos. Es una predicción, no un dato consumado. La UE produce buena parte de sus verduras, y una mala cosecha de patata no implica automáticamente desabastecimiento general. Pero sí puede encarecer productos básicos y castigar a las rentas bajas. En un contexto de inflación alimentaria, ese es el tipo de detalle que decide elecciones.
También hay una guerra contra los centros de datos. Según Copivnik, Rusia ha atacado instalaciones que no solo sirven a redes de telefonía móvil. Menciona dos centros principales, Data Room y Denova, asociados con Palantir. El software de Palantir, dice, se usaba allí para procesar el vídeo de los drones que Ucrania lanza contra Rusia. La idea es sencilla: cada dron graba mientras vuela, para orientarse y buscar objetivos. Esa grabación vuelve a un centro de datos. El sistema detecta cambios, como un camión aparcado donde antes no había nada, y genera listas de objetivos. También calcula rutas seguras para la siguiente oleada. Si los centros de datos se caen, ese ciclo se ralentiza. Copivnik añade que esas instalaciones ya iban saturadas y que la solución que se propone es comprar más chips de Nvidia. Puede sonar a detalle técnico, pero resume una realidad: la guerra moderna se libra tanto con proyectiles como con electricidad, datos y semiconductores.
Mientras Ucrania cuenta tropas norcoreanas, Moscú ha puesto el grito en el cielo por Kaliningrado. Kaliningrado es un territorio ruso separado del resto del país, encajado entre Polonia y Lituania, con salida al mar Báltico. Durante la Guerra Fría fue una base militar cerrada. Hoy alberga la flota del Báltico y sistemas de misiles. Cualquier mención a su aislamiento suena en Moscú a preparativo de bloqueo. La OTAN ha comentado recientemente sobre esa región, según la versión recogida en el análisis, y Rusia lo interpreta como una señal de que la Alianza podría estar preparándose para aislarla.
La indignación rusa no es solo retórica. Kaliningrado depende de rutas terrestres que pasan por Lituania y Polonia, ambos miembros de la OTAN. Si esas rutas se cierran, el abastecimiento tiene que llegar por mar o por aire. En un conflicto abierto, eso sería un punto débil evidente. Por eso Moscú considera cualquier discusión sobre el corredor de Suwalki, el estrecho paso entre Bielorrusia y Kaliningrado, como una amenaza existencial. No hace falta invadir nada para que la tensión suba. Basta con maniobras, declaraciones y cambios en el control aduanero.
Copivnik enmarca todo esto como una escalada que ya está en marcha. Su frase es que Occidente cree que Rusia está contra las cuerdas y que basta con subir un poco más la apuesta. Esa lectura puede ser discutible. Lo que sí es verificable es que la retórica de ambos lados se ha endurecido. La OTAN insiste en que no busca guerra con Rusia. Rusia insiste en que responderá a cualquier intento de aislamiento. En medio queda Ucrania, que necesita armas, dinero y atención. Y queda Kaliningrado, un punto donde un error de cálculo tendría consecuencias inmediatas.
No hay confirmación independiente de que la OTAN prepare una operación para aislar Kaliningrado. Lo que hay son declaraciones, filtraciones y análisis. En una guerra híbrida, eso también es munición. La diferencia entre una advertencia y un plan operativo se mide en intenciones, y las intenciones no se ven por satélite. Por eso conviene tratar la palabra «aislar» con pinzas. Puede describir desde sanciones económicas hasta un bloqueo naval. No es lo mismo.
El frente norcoreano no se entiende sin Irán. Copivnik sostiene que Ucrania debería preocuparse más por un hipotético envío de 100.000 soldados iraníes que por los 10.000 norcoreanos. Su argumento es que Teherán tiene cuentas pendientes. Según su relato, Zelenski atacó un barco iraní en el mar Caspio, luego pidió disculpas cuando Irán amenazó con declarar la guerra, y después se atacaron camiones iraníes en la frontera entre Rusia y Bielorrusia. Son afirmaciones que no están confirmadas por fuentes independientes. Pero explican por qué Moscú presenta su alianza con Pyongyang como parte de un bloque más amplio.
Ese bloque, dice, ya incluye a Rusia, Bielorrusia y Corea del Norte. La fórmula que usa es la de una alianza militar estricta: un ataque contra uno es un ataque contra el otro. Irán fue invitado a firmar algo parecido, pero en su momento no ratificó el texto. Rusia sí lo hizo. La diferencia importa. Un acuerdo ratificado obliga más que una declaración conjunta. También envía una señal a Washington y a Bruselas: si el conflicto se amplía, no se limita a Ucrania. El tratado de asociación estratégica integral entre Rusia y Corea del Norte se firmó en junio de 2024 y fue ratificado por Moscú en noviembre de 2024. Ese es el marco que convierte la ayuda militar en algo más que un intercambio comercial.
En paralelo, Corea del Norte vive un cambio económico que sorprende a quien solo la recuerda por las hambrunas. Copivnik afirma que Rusia levantó las sanciones que aplicaba en nombre de Estados Unidos, abrió el país al colectivo de Asia Central y que ahora se abren restaurantes y centros comerciales. Describe su sistema como una monarquía hereditaria con economía de capitalismo de Estado, no como un comunismo clásico. La industria pesada sigue en manos del Gobierno, pero se permite actividad a empresas más pequeñas. Es una descripción discutible en los matices, aunque coincide con algo que los analistas llevan años señalando: Pyongyang nunca fue una economía totalmente planificada al estilo soviético. El mercado informal siempre existió.
El otro actor es Corea del Sur. Copivnik recuerda que tiene la tasa de natalidad más baja del mundo. Sin niños, dice, no hay trabajadores, no hay contribuyentes y no hay demanda. Su conclusión es que Corea del Norte no necesita invadir Corea del Sur: le basta con esperar diez o quince años. Es una provocación retórica, no una previsión demográfica seria. Corea del Sur tiene un problema demográfico enorme, pero también una economía avanzada, inmigración y reservas. Aun así, la tasa de natalidad surcoreana es un dato que aparece en todos los informes de población. En 2023 se situó en 0,72 hijos por mujer, la más baja del mundo. Y el envejecimiento pesa sobre las pensiones y el gasto público.
En ese contexto, Copivnik menciona que Corea del Sur tiene alrededor de un 50% de pensionistas y que Ucrania también. La cifra es suya y no está desglosada. Lo que sí puede decirse es que Ucrania afronta un problema demográfico agravado por la guerra: millones de personas han salido del país y muchas no volverán. El Gobierno ucraniano ha recurrido a reclutamiento forzoso y a medidas para limitar la salida de hombres en edad militar. Eso genera tensión social. También explica por qué Kiev mira con lupa cualquier movimiento de tropas extranjeras. Cada soldado norcoreano que llegue al frente puede significar una rotación menos para una unidad ucraniana agotada.
Hay un episodio que Copivnik usa para acusar a Ucrania de buscar una provocación en la península coreana. Dice que Zelenski entregó a Corea del Sur dos prisioneros de guerra norcoreanos que había capturado, algo que, según él, no tenía derecho a hacer según el derecho internacional. Añade que Corea del Sur los mantiene en secreto y que, en la práctica, actúan como una red de secuestro. Es una acusación grave. No hay confirmación independiente en su relato. Lo único claro es que cualquier transferencia de prisioneros de guerra está regulada por los Convenios de Ginebra y que los Estados tienen obligaciones sobre su trato y su destino. Si Ucrania y Corea del Sur han hecho algo así, la legalidad dependerá de las circunstancias. Como esto toca derecho internacional, conviene no dar por probado ningún extremo sin documentos.
La foto final es la de un conflicto que se ensancha por varios frentes. Ucrania alerta de 10.000 norcoreanos. Rusia golpea energía, puertos y almacenes. La OTAN discute Kaliningrado. Corea del Norte e Irán aparecen como piezas de un tablero. Cada actor tiene su relato. Unos hablan de defensa, otros de escalada, otros de disuasión. Lo que no cambia es el coste humano. Las cifras de tropas y de almacenes destruidos son importantes, pero no son el final de la historia. Detrás de cada número hay unidades sin relevo, ciudades sin luz y familias que esperan noticias. Y en ese terreno, la propaganda funciona mejor que cualquier misil. Nada de lo aquí expuesto sobre intenciones militares, alianzas o despliegues debe tomarse como un hecho confirmado si no aparece atribuido a una fuente concreta.
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