«Madrid no puede tener grandes nevadas»: el pronóstico que Filomena desmintió
Madrid no puede tener grandes nevadas. La orografía lo hace inviable, los modelos las descartan y el relato oficial exagera cada copo. Ese pronóstico se sostuvo con insistencia en los días previos al
7 de enero de 2021. Después llegó Filomena: la nevada del siglo, la capital colapsada y la primera declaración de zona catastrófica en la historia de Madrid. La predicción no falló por poco. En algunas calles se midieron
40 centímetros.
Hubo un aviso previo que casi nadie discutió: el temporal se anunciaba con
cinco días de antelación, y en ese plazo, se argumenta, la predicción meteorológica es imprecisa «siempre». Con esa coartada, la nevada quedaba descartada de antemano. La realidad se encargó de lo contrario.
Por qué nieva tan poco en Madrid
El argumento geográfico era simple. La meseta interior no es alta en términos alpinos —
600 metros en amplias zonas, 900 en Burgos, León o Soria—, pero el aire húmedo atlántico llega ya exprimido. La Cordillera Cantábrica y el Sistema Central actúan de filtro antes de que las nubes alcancen Madrid.
De ahí salía un techo presentado como físico: en Madrid no pueden caer más de
15 o 20 centímetros, porque su orografía y el movimiento de los centros de acción en la península lo hacen «inviable». El escenario teórico alternativo era otro: sin esas dos cordilleras, la capital acumularía
dos metros de nieve al año y la meseta se parecería a Fargo. Con ellas en medio, el resultado es un clima seco y frío, pero rara vez blanco.
La objeción técnica llegó pronto. El
efecto foehn consiste en aire cálido y seco que desciende por la ladera de sotavento tras descargar la humedad, pero la meseta norte está más alta que Asturias, así que el mecanismo no encaja igual. En León o Palencia no hay foehn: llegan borrascas atlánticas con dirección norte-sur y el resultado es frío y agua —o nieve—, no sequedad. No llueve tanto como en Asturias, sí, pero por
efecto barrera, que no es lo mismo. Confundir ambos conceptos cambia el diagnóstico entero.
En la periferia apareció además un supuesto «evento Carrington climatológico», una mezcla de tormenta solar y glaciación comprometida sin respaldo en la literatura científica. Sirvió, sobre todo, para subir el tono.
El día 7: los modelos se vaciaron y la nieve llegó
Las últimas salidas de los modelos recortaron la precipitación sobre Madrid hasta dejarla en «cuatro copos de alguna nube suelta». El escenario alternativo situaba la nevada en Albacete, con
25 centímetros, presentados como algo «normal» para esa provincia. La predicción se daba por cerrada.
El día 7 rompió el guion. La nieve cayó durante horas sobre la capital. En algunos barrios los vecinos organizaron guardias espontáneas con palas y sal, convencidos de que la
UME no llegaría a tiempo a sus urbanizaciones. El nivel de paranoia que describían quienes lo vivieron desde dentro se quedó corto.
Luego llegaron los partes reales.
40 centímetros en la calle, que «parecía Moscú». Muy por encima del techo que se había dado por insalvable.
¿Cuándo nieva de verdad en Madrid?
La explicación más sólida no tiene nada de esotérico. Primero tiene que entrar
aire frío y seco del norte, que enfría las capas bajas y las deja pegadas al suelo. Después llega viento húmedo del sur. Si ese viento no sopla con fuerza, el aire frío no se remueve y la nieve cae en cantidad. Si sopla de más, se lo lleva todo.
Ese cóctel es infrecuente, no imposible. La diferencia entre «raro» y «no puede pasar» es exactamente toda la diferencia. Y esa confusión —tomar una probabilidad baja por una imposibilidad— es la que convirtió un pronóstico discutible en un titular.
El método del pronóstico contrario
Sobre esa base se construyó un método reconocible: apostar por lo contrario del relato dominante. El historial acumulado es largo: el ébola que iba a acabar con todos, la gasolina a 3 euros, el volcán de La Palma, la guerra de Ucrania que no llegaría, el virus del mono, el huracán de septiembre de 2022.
El atractivo del método es que nunca se equivoca. Si acierta, acierta; si falla, era una advertencia, una broma o una forma de tentar al destino.
Los relojes parados dan bien la hora dos veces al día, zanjaba la discusión una respuesta muy repetida. Con esa coartada, la contradicción se convierte en coherencia superior y el error en método.
La paradoja final es que el pronóstico agorero terminó funcionando como señal inversa. Hubo quien, al leerlo, empezó a aprovisionarse para la nevada. Si el gafe anuncia calma, prepárate.
Dos años después, cada aniversario reabre la comparación entre lo que se dijo y lo que cayó. Si alguien vuelve a asegurar que en Madrid no puede nevar, conviene recordar dos cosas: la última vez sí nevó, y las predicciones con más de cinco días de antelación son, como mínimo, discutibles. Puede que la próxima acierte. También puede que no.