¿Cuánto cuesta ver a Oasis en directo? En Ámsterdam, la cifra ronda los
480 euros. Hace veinte años, el tope para una banda de rock apenas llegaba a los
100 euros en las localidades premium. Y en 2011, la última visita de los Gallagher a España dejó entradas a
60 euros. Entre una cifra y otra no ha habido inflación que lo justifique. Lo que ha habido es un cambio de modelo que nadie firmó.
De 50 a 480 euros: lo que el IPC no explica
La aritmética es tozuda. Si a finales de los 90 una entrada de rock costaba 50 euros y hoy se piden 480, el multiplicador es de casi diez. El
lomo bajo del Lidl se ha llevado su parte: de 4 euros a 8 en cinco años, un
100% de inflación, que ya es decir. Pero ni el aceite, ni los huevos, ni el alquiler se han multiplicado por diez. Hay quien lo resume con retintín: se habla de la burbuja del bitcoin, de la bolsa, de la vivienda… y nadie mira la de las entradas.
El negocio ya no son los discos, son las entradas
Aquí está la clave que suele quedarse fuera del titular. Hace dos décadas el negocio de una banda eran los discos; el concierto era el escaparate para que compraras el CD. Hoy la música se escucha
tirada de precio en cualquier plataforma de streaming y el disco físico es objeto de coleccionista. El ingreso se ha desplazado entero a la taquilla. Las canciones gratis son el cebo; la entrada es el producto. Cuando lo único vendible es el directo, el precio no lo fija el coste: lo fija lo que el mercado aguante.
Por qué siguen llenando estadios a precio de abono
La defensa del precio es siempre la misma: se paga, luego hay más demanda que oferta. Y hay un argumento que no es despreciable: Oasis y las bandas de los 90 son
los últimos rockeros que quedan en activo, y verlos empieza a ser cuestión de tiempo antes de que sea una visita con audioguía. En contra juega lo obvio: 480 euros no los paga un sueldo medio, ni holandés ni español. El circo de élite se vende ya por regiones, pensando en el público de varios países vecinos más que en el vecino de al lado. Mientras el estadio se llene, nadie baja el cartel.
Puede que el precio sea el de mercado y que el mercado sea una barbaridad. En ese caso el problema no es la banda: es haber aceptado que ir a un concierto sea un gasto de lujo mientras el sueldo se queda en clase media. Al menos, el lomo del Lidl no pide butaca numerada.