El 30% de los extranjeros residentes cotiza en España
Según un cálculo del sindicato Solidaridad difundido en el debate, en 2023 solo el 30,11% de los extranjeros residentes en España cotizaron, con datos del INE. De los 6.089.620 extranjeros residentes, únicamente 1.833.396 fueron cotizantes durante ese año. La cifra, difundida en un contexto de celebración deportiva y de debate sobre la llamada «nueva España», reabre la discusión sobre la contribución fiscal de la población migrante y sobre qué relato se está construyendo alrededor de ella.
Qué dicen los datos de cotización de extranjeros en España
El dato que ha circulado con más fuerza es el del sindicato Solidaridad: en 2023, solo el 30,11% del total de extranjeros residentes en España cotizaron a la Seguridad Social. La cifra se apoya en datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) y desglosa que, de los 6.089.620 extranjeros residentes, solo 1.833.396 fueron cotizantes. Es decir, aproximadamente el 70% de los extranjeros en el país no estarían contribuyendo vía cotización.
La interpretación de ese 30% es el campo de batalla. Hay quien sostiene que el porcentaje está inflado por la economía sumergida y por la estructura demográfica: muchos residentes son menores de edad o personas inactivas que no cotizan, igual que ocurre con la población nacional. En contra pesa el argumento de que la comparación con la tasa de cotización de los españoles sigue dejando un diferencial difícil de explicar solo con esos factores.
La discusión no es nueva, pero el contexto la ha amplificado. El sindicato Solidaridad cuestionó en su comunicado la efectividad de las políticas que tanto el PP como el PSOE plantean, señalando que la escasa contribución de la población extranjera pone en duda su diseño. El dato, por tanto, no es solo una cifra: es un argumento en un debate político que va más allá de lo económico.
La nueva España y el relato de la celebración deportiva
El mensaje inicial del debate lo dejaba claro: «todos los medios de comunicación al unísono» y «poned TVE1 que están dando la celebración». La tesis que se lanza es que existe una operación coordinada para presentar una España distinta, con gente de todas las culturas, y que esa presentación no es neutral. Se argumenta que el deporte, y en concreto la selección, se usa como vehículo para blanquear la llegada masiva de inmigración africana. Una parte de los participantes lo califica directamente de «psy-op en toda regla».
La acusación no se queda ahí. Se sostiene que los medios, y en particular la televisión pública, están empujando un discurso en el que nacer en España no te hace superior a quienes llegan de fuera, y que ese discurso se está imponiendo sin haber pasado por las urnas. La frase «no por haber nacido España te hace superior a ellos» se atribuye al presentador de TVE1, y se usa como prueba de que el relato oficial ha cambiado de marco.
Hay quien va más allá y conecta este fenómeno con el feminismo: se argumenta que, igual que la igualdad se ha convertido en una doctrina que doblega al hombre, ahora la inmigración se usa para criminalizar al que disiente, tildándolo de racista. Es una comparación que aparece repetidamente y que estructura buena parte del descontento.
El punto de no retorno: «ellos han ganado»
Uno de los mensajes más valorados resume la posición dominante: «Españoles que no quieren ser españoles. Inmigrantes celebrando la victoria de España. El punto de no retorno ya se ha pasado». La conclusión que se extrae es que la llamada «nueva España» no es una hipótesis de futuro, sino una realidad ya impuesta, y que la única opción es adaptarse o quedarse fuera. «Y hagas lo que hagas, ellos han ganado», sentencia.
La idea de que el cambio se ha producido por engaño también tiene peso. Se afirma que todo se ha hecho «mediante engaños, ocultación de datos, difamación y criminalización al que disiente», y que nada de esto se expuso en ningún programa electoral, salvo con eufemismos. La consecuencia que se subraya es que España no podrá volver a ser lo que era. Es una afirmación que no se discute en términos de datos, sino de marco: lo que está en juego no es una política concreta, sino la definición misma del país.
En ese contexto, la celebración deportiva se lee como una demostración de fuerza. «El machaque permanente con Lamine y Nico es lo que busca, impulsar y blanquear la llegada masiva de inmigración africana», se sostiene. El deporte deja de ser deporte y se convierte en propaganda.
Economía sumergida y el debate sobre la contribución real
La discusión sobre el 30% de cotizantes deriva rápidamente hacia la economía sumergida. La pregunta que se lanza es doble: qué porcentaje de inmigrantes trabaja y cotiza, y cuántos millones no trabajan ni en la economía sumergida ni en la emergida. La respuesta que se da es que el dato del 30% no refleja la realidad porque hay mucha actividad no declarada.
El problema es que no hay una cifra alternativa que se sostenga. Cuando se pide el dato de la economía sumergida, la respuesta es que quien afirma algo debe aportarlo. El intercambio se tensa y no llega a ninguna conclusión operativa. Lo que queda es la constatación de que el 30% es el único número duro sobre la mesa, y que su interpretación depende de si se cree que la economía sumergida es un colchón que explica la diferencia o un problema que la agrava.
La discusión también toca el diseño de las políticas. Se argumenta que ni PP ni PSOE han planteado soluciones efectivas, y que el sindicato Solidaridad lo dice explícitamente en su comunicado. La crítica no es solo al Gobierno, sino al consenso de los dos partidos mayoritarios, que habrían coincidido en no abordar el asunto de frente.
La respuesta institucional y el papel de los medios
El mensaje inicial insiste en que los medios actúan «al unísono» y que quien no lo vea debe prepararse. La televisión pública se señala como el instrumento principal de ese discurso, y hay quien anuncia que no la pondrá «ni aunque me paguen». La desconfianza hacia TVE se convierte en un marcador de identidad dentro del debate.
Frente a eso, se reconoce que el único contrapeso posible es internet, porque los partidos que se oponen a ese discurso no tienen medios ni capacidad de disputarlo en los grandes canales. Es una conclusión pesimista: el relato se gana en televisión y se pierde en la red, donde el alcance es limitado.
La discusión también deja un poso de fatalismo. «No esperéis soluciones a estas alturas, vuestro tiempo pasó», se llega a decir. La idea de que el cambio es irreversible y de que solo queda rezar para que no haya represalias cuando los recién llegados alcancen el poder cierra el círculo. No hay propuesta, solo diagnóstico.
El dato del 30,11% de cotizantes extranjeros es el único número que resiste el intercambio. Todo lo demás —la economía sumergida, el papel de los medios, la supuesta operación de blanqueo— se mueve en el terreno de la interpretación. Con esos mimbres, el debate no avanza: se atasca en la pregunta de si el 70% restante no cotiza porque no puede, porque no le deja el sistema o porque el sistema no quiere verlo. Nadie ha dado todavía una respuesta que cuadre con todas las cifras.