La carpa de Fofito, el efecto llamada y el precio de la frontera
La solución para Ceuta ya existe y cabe en una carpa de circo. O eso sostiene la corriente más pragmática del análisis migratorio, que propone embargar la carpa del payaso Fofito y trasladarla a la ciudad autónoma. La idea, difundida a través de la prensa, se ha recibido con una mezcla de incredulidad y mofa, pero tras la carcajada asoma una cuestión incómoda: el coste y la gestión de la migración irregular en la frontera sur.
La propuesta que ni el propio circo tomaría en serio
Quienes defienden la operación argumentan que una carpa desmontable permitiría dar respuesta inmediata al alojamiento sin esperar a construir infraestructuras. Los críticos, en cambio, recuerdan que una carpa carece de lo esencial: saneamiento, electricidad, seguridad jurídica para alojar personas. Montar un circo en la frontera costaría más que alquilar un edificio, y el mantenimiento sería una factura recurrente. La comparación con un centro de acogida convencional no resiste el más ligero análisis, pero el chiste tiene su fondo: si la migración se trata como un espectáculo, alguien terminará pagando la entrada.
El efecto llamada: bulo o factura
Detrás de la chanza se esconde la vieja disputa sobre el efecto llamada. Hay quien sostiene que cualquier signo de acogida, incluso una carpa, opera como imán para nuevas llegadas; otros lo niegan, usando datos que rara vez se citan en esta conversación. La imagen del circo como atractor es una metáfora que se repite: bastaría con montar la carpa para que las llegadas se multiplicaran. En lenguaje económico, sería el equivalente a incentivar la oferta. Pero la evidencia empírica es tan frágil como la lona de un circo. ¿De verdad hay una relación causal entre una infraestructura de acogida y el volumen de llegadas? Nadie lo ha demostrado con números.
El negocio de la función
Hay otra lectura que no se hace esperar: quién sacará tajada. Si la administración decide embargar la carpa, ¿quién la gestionará? Los precedentes de las concesiones migratorias no invitan al optimismo. La pregunta flota en el ambiente: ¿supone esto la privatización del refugio? Las entradas de circo, por cierto, están por las nubes, pero el precio de la dignidad nunca se descuenta.
A corto plazo, lo más probable es que la idea se quede en un chiste, no en una política pública. Pero el hecho de que se discuta en absoluto dice más de la desesperación de la administración que de la cordura de la propuesta. Cuando el circo se plantea como solución fronteriza, la frontera ya es un circo. Esperemos que alguien se apiade de los payasos – y de los migrantes.