Las chabolas vuelven a Barcelona: la historia se repite
¿Chabolas en Barcelona otra vez? La pregunta suena a déjà vu histórico, pero las imágenes que circulan estos días muestran asentamientos de chabolas en el área metropolitana y la comparación con las «villas» de Argentina ya no parece exagerada para parte de la opinión pública.
Aunque no hay cifras oficiales actualizadas, los testimonios recogidos sitúan el fenómeno en varios puntos de la ciudad y su periferia. El asentamiento de Can Cervera, entre Hospitalet y Esplugues, es el precedente que muchos recuerdan: cerca de un centenar de chabolas, con bares y pequeños negocios informales, que estuvo activo durante una década antes del desalojo. Aquello terminó con vecinos manifestándose para pedir «solución habitacional», una reivindicación que hoy se repite casi palabra por palabra.
El espejo de Montjuïc y la erradicación de los años 90
No es la primera vez que Barcelona convive con el barraquismo. En Montjuïc hubo barracas antes, durante y después de los Juegos Olímpicos de 1992. La versión oficial sostiene que los JJ OO limpiaron la montaña; quienes la conocen de cerca aseguran que los asentamientos se trasladaron y nunca desaparecieron del todo. En los años 90 el chabolismo se dio por erradicado en muchas ciudades gracias a la entrega de vivienda pública, y numerosos barraquistas de Barcelona recibieron VPO en ese proceso.
El recuerdo de Vallecas en Madrid funciona como contrapunto: las chabolas se veían desde la carretera, y la televisión de la época las convirtió en escenario de series y sucesos. Aquello se superó, o eso se creía. La diferencia ahora es que el contexto económico es otro: la vivienda en Barcelona ha alcanzado precios que expulsan a rentas medias, no solo a las más bajas.
Del piso a 5.000 euros al suelo ocupado
El dato que circula como ejemplo del mercado barcelonés es demoledor: pisos en alquiler por 5.000 euros al mes. Ante esa realidad, la chabola aparece como la única solución de vivienda para quien no tiene acceso al mercado ni a un alquiler social. La paradoja es que el terreno ocupado suele ser público, lo que convierte a los ocupantes en infractores y a la administración en un gestor de emergencia que no termina de aparecer.
Aquí se cruzan dos lecturas. Una sostiene que el problema es de política de vivienda: sin oferta asequible, cualquier persona con ingresos bajos acabará en un asentamiento informal. La otra apunta a la presión migratoria y a la saturación de los servicios públicos como detonante, con el argumento de que la llegada masiva ha superado la capacidad de absorción del sistema. Ambas corrientes coinciden en algo: el modelo actual no funciona, y el desenlace —pisos sociales, desalojos o permanencia de las chabolas— depende de una decisión política que no se ve venir.
El precedente de la DANA y la memoria de la M-30
La reaparición de chabolas en Barcelona ha reactivado comparaciones con lo ocurrido tras la DANA de Valencia, donde también se vieron asentamientos improvisados. Y en Madrid, la construcción de la M-30 obligó a desalojar a gente que acampaba en suelo público, un episodio que una película reciente ha rescatado. La historia demuestra que el chabolismo no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de la inmigración: en los años 60 fueron los migrantes andaluces quienes levantaron barracas en Barcelona y Madrid. La diferencia es que entonces la respuesta fue vivienda pública y hoy ni siquiera hay consenso sobre el diagnóstico.
Mientras tanto, la ciudad que presume de modelos urbanos punteros vuelve a tener chabolas. Y el discurso oficial sigue empeñado en decir que son una anécdota. Hasta que la anécdota ocupa un parque.